No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



lunes, 12 de marzo de 2012

Hormigas.


Hay que hacerse cargo de las hormigas. ¡Qué la gente piense lo que quiera! Me duele un tanto el índice, como para andar señalando, pero, a veces, creo que soy el único que las ayuda, a mover su cuerpo desbalanceado. ¿No habrá llegado a este punto de su vida, y descubrirse pensando que las hormigas van solas, y nadie las ayuda, ni las anima a mover su cuerpo curvoso? ¡Acaso no ha meditado sobre el mundo y sus cosas! Las cosas del mundo. Y el mundo de las cosas que hay sobre ellas.
¿No se ha tomado tiempo, entonces, para prestarles atención?
A mirarlas y pensar:
¡Vamos hormiga!
Anda, de tu casa a la planta,
que tu cuerpo no te impida,
Esquivar piedras y patas.
¡Vamos hormiga!
Mantente alerta,
Porque llegará el día,
En el que podrás quedarte en tu hormiguero
Y gritemos: ¡Evolución! ¡Evolución!
No todo será trabajo y muerte.
Gritaremos: ¡Evolución! ¡Evolución!
Y habremos evolucionado tanto,
Que solo habrá hormigas bellas.
Evolucionadas y bellas.
Porque si lo pensamos fuerte (con las manos agarradas a la sien), nadie las ayuda, ahí van, con su cuerpo culón. Confiando en que la propia evolución, y el tiempo las va a salvar, y poner en su lugar.
Nadie sabe, de que esta rellena una hormiga, y por eso, las aplastamos contra piso, para ver que sale, para sentir ese crujir hormigoso, en la suela, y que ella nos diga, a que se escucha una hormiga aplastada. Y ahogar esa necesidad de pasar la lengua por el piso, y sentir que gusto tiene una hormiga aplastada.
¡Me tratan como a un loco por hacer esto! Se piensan que este mundo gira y que gira y que nada tienen que ver las hormigas. Me tratan como a un loco, porque se piensan que estoy haciendo idioteces, perdiendo el tiempo y ¡no! ¡qué no! Estoy defendiendo a las hormigas. Yo me hago cargo de la parte del mundo que me tocó o elegí. Yo defiendo a las hormigas tanto como usted defiende a la porción de torta que esconde en el refrigerador, atrás de las plantas de lechuga y los tomates. Pensando que si usted la escondió le pertenece y usted tiene derecho de propiedad, más derechos que quien la encuentre, aún a costa de haber sido tan tonto para decidir un escondite vulgar. Sepa que la mayoría de la gente busca entre la lechuga y los tomates, para ver si encuentra algo. No me sorprende, no me sorprende, usted no ha de ser como yo, que aún con mis dolores, con mis uñas de la mano derecha larga, me tomo mis minutos, y todas las tardes, entre las cinco y las seis, me tomo diez minutos, y corro en dirección hacia el este, para que ese impulso, y ayude a la tierra a girar. Y si usted me mirase desde un punto fijo en el  espacio, me vería correr aún más rápido que la Tierra. ¿Qué hace usted por este planeta? Usted debe andar por ahí, pisando hormigas o ignorándolas o dejando a las tortugas boca arriba. Porque la maldad, la que carece de todo sentido, es la peor de la acciones que un hombre puede cometer.
 No sea mala gente, piense en las hormigas, como si fuesen nuestras hermanas, o amigas. No vaya a ser cosa que un día de estos, nos despertemos, con la angustia negra, o roja, en el cuerpo, y nos veamos al espejo, y no seamos más que hormigas.

sábado, 10 de marzo de 2012

De la bitácora de Salgraño, el capitán (qué abandono el barco).

Yo me sabía la formación de todos los equipos de la primera división, todos. Mientras más raros eran los nombres, mejor me los acordaba. Y, a pesar de que luego las estadísticas me aburrieron, en aquel momento, sabía, además,  otros datos increíbles e inútiles. Como la cantidad de goles que había metido Arsenio Erico en los campeonatos argentinos, o Guillermo Stabile en el mundial del 30 o la delantera del Racing de Córdoba del 82`. Y datos raros más raros aun, siempre hay que recordar esos, para impresionar al mundo, ignorante de datos tontos: como que el trinche Carlovich pudo haber sido el mejor jugador del mundo, o que en el 78, el club Piraña ganó el campeonato de la divisional D, y al año siguiente le ganó a J.J. Urquiza la final, ganando el campeonato de la C.
Es que a mí también me gustaba el futbol. Maradona, me parecía más grande que los Beatles, y por lo tanto que Jesucristo. Es que el mundo, se parece a una número cinco. Me obsesiona lo redondo. Nada más sano que competir corriendo atrás de una número cinco y gritar: ¡Orsai¡ ¡orsai! Como ley de último recurso, sin tener la menor idea de que quiere decir. Ahí esta bien el futbol, porque no vale pararse al lado del arquero, y esperar que venga una pelota furtiva para mandarla adentro, hay que moverla, moverla hasta que se de la oportunidad para embocarla al arco.
He pasado por todos los estados del jugador de futbol. Desde el que no puede parar una sola pelota, y es malo, muy malo, hasta el que tiene clase y te cuelga la pelota en el ángulo en un tiro libre. Porque Salgraño, supo tener dominio, era capaz de clavarte un gol desde un corner. De defensor férreo, seguro y con responsabilidad, al delantero que es capaz de meter un gol de chilena. Porque hubo una época, en la que era capaz de tirar esa acrobacia en cualquier parte de la cancha, y todos estaban pendientes de eso. ¡Salgraño! ¡La chilena! Y yo les respondía, saltando, y elevando mi pierna derecha por los aires, calculando el momento justo para pegarle un latigazo a la redonda y que vaya para donde tenga que ir. La costumbre de la chilena, la abandoné por cuestiones físicas, porque luego del impacto, Salgraño caía pesadamente sobre el césped, y vaya si duele. Gente temeraria los chilenos, con mucha resistencia al dolor.
Me acuerdo de aquel día de gloria confusa, íbamos perdiendo por goleada,  cinco a uno. Hasta que pasa. Atacábamos por la izquierda, y me mando por el medio. Cuando mandan el centro, me dí cuenta que ya estaba pasado. Y lo pienso. ¡Y sí! Me doy vuelta lento, y mirando la pelota, me inclino hacia atrás, y cuando la siento en el lugar justo, salto, y le meto la chilena a la pelota. No la agarré del todo bien, la roce con la punta del botín, pero fue suficiente para cambiarle la dirección, que se eleve y caiga como un globo, por atrás del arquero, adentro del arco. ¡Gol de Salgraño! Y levantamos, pensamos que se podía. Usted nos hubiese visto. Parecíamos unos locos que no entendían lo que era competir, gritando un gol que nos ponía cinco a dos abajo. Como aquel primer gol de un equipo argentino ante los inventores del futbol, los ingleses, que para festejar, pararon el partido y se metieron en un bar por unas copas. Al regreso, siguieron el partido, con la diferencia de 10 goles abajo. Aquel gol de chilena, era la defensa del buen futbol, del buen jugar. Después de ese impulso, levantamos, empezamos a rodar la pelota, pero no hubo caso, nos embocaron dos más y terminamos siete a dos abajo. Pero en el aire, quedó una sensación de falso triunfo. A pesar de las ganas, no se atrevieron a cargarnos, porque Salgraño, les había clavado un golazo de chilena, los había humillado. ¡Empate moral!
Pase momentos de futbol compulsivo, en que solo me importaba que jugar, y era capaz de improvisar un partido de tres contra tres en el living de una casa, rompiendo adornos y vidrios, o levantarme temprano un sábado para jugar un campeonato insufrible. Porque Salgraño, ha sido capitán de su equipo, aunque nunca supo bien, si elegir saque o arco.
Todavía no peino canas, pero, a veces, el espejo me devuelve una, y yo me pongo un poco romanticón, (como la mirada de la Condesa d`Haussonville, o cuando la libertad guía al pueblo),y las pienso que son como recuerdo por cada uno de los labios de señorita, que maleducadamente me dijo que ¡no! ¡no! ¡no! E incluso me amenazó de muerte genital si no quitaba mis labios de ahí. Y yo aquí, tan sin ellas, que nunca  pude dedicarle un ¡gracias! Para qué quisiera yo una señorita que me ande diciendo que saque los labios de aquí o de allá, no logro entenderme, no logró entender, para que quisiera yo una cana como recordatorio. Y entonces, me la arrancó, con fuerza, tirando seco, sabiendo que luego volverá. Como vuelven los recuerdos de las mujeres. De las malas, porque las buenas uno las olvida rápido. Mi abuelo decía: La donna è come un coltello, y a pesar de que tuve que recurrir a un diccionario italiano-castellano, es cierto;  si sirve, te corta y te deja una marca, una cicatriz, y si no sirve, no te deja nada.
Ahora, ya no pienso que Maradona era tan grande, pero me sigue gustando esa historieta, me gusta. Porque en el fondo, me hubiese gustado ser Maradona, y tomar cocaína, pero, de cagón, de cagón que soy, ni pruebo. O meterles un gol a los ingleses y decirle: “¡Toma! ¡Acabo de devolverle el equilibrio al mundo! ¡Vos te quedaste con las Fuckland y me mataste cientos de compatriotas, pero perdiste la copa! Ahora sí que la guerra tuvo sentido”.
Porque ahora, me pudrí del futbol, todo es comercio. Y todo es agresivo. Y no importa que ruede la pelota, y se mueva, y se mueva. Salgraño, defiende el valor de la pelota al piso, y a tocarla y tocarla, lujo, taco, gambeta, caño. Y ganar, pero ganar jugando bien. Menotista de alma.
Hemos perdido el romanticismo del juego. Y el juego del romanticismo.
A Salgraño, le parece, que, a veces, se usa el futbol como descarga, y que lo que importa no es la pelota. Pero, en definitiva, siempre es así, porque uno no se enoja con nadie, más que con uno mismo. Y entonces, necesita descargar. ¿Lo habrán pensado? Lo que necesita el futbol, es poner el ojo en la pelota, y no en la camiseta. Poner el ojo en la pelota, y no en la camiseta. Cuando pase eso, vamos a tenerlo de nuevo con nosotros, porque esto que veo, no es futbol. Parece, es muy parecido, pero no lo es.
Lo lamento, lo lamento en mi alma, menotista, pero Salgraño, el capitán, abandona este barco. Así, no va, así, no. Me duele que llore la redonda, me duele.
Y nos olvidamos de la pelota, que parece un mundo abandonado y triste, aunque igual la seguimos cagando a patadas. Porque tiramos una línea en el medio, y nos ponemos de un lado, o del otro, y nos puteamos, nos maldecimos entre nosotros. Parecemos políticos. Qué somos mejores, que ellos son peores, que ellos esto, que aquellos. La olvidamos, y cuando la olvidamos, nos descuidamos a nosotros mismo.
Adios.
Salgraño, abandona.

domingo, 4 de marzo de 2012

lunes, 27 de febrero de 2012

Las cosas que pasan.

Lo había escuchado Alicia aquello que las cosas pasan por algo. Una, dos, tres, y a la cuarta, perdió la cuenta, como quien lo intenta con las estrellas de algunos cielos. O los trocitos de mosaico del Park Güell. Tanto usted como yo, terminaríamos tropezando con uno de aquellos trocitos: y mirar, mirarlo, sin saber si lo habíamos contado o no. La curiosidad del tiempo libre, supongo, o la necesidad de encontrar la trampa. De saber si primero pegó los mosaicos y luego le dio martillazos, o ya eran pequeños cuando los pegó.
Las cosas pasan por algo. Y que sí, piensa Alicia, que claro. Aquella excusa de Newton de la acción y reacción, y la necesidad de las explicaciones. Cómo si en esta vida, todo tuviera su porque irrenunciable, y tuvieran todos la necesidad de andar buscando respuestas, sin entender demasiado las preguntas.
¿Habrá dos clases de personas –piensa Alicia- las que se hacen preguntas y las que buscan respuestas? ¿O habrá algunos que buscan, también preguntas, no propias, sino ajenas, del inconsciente colectivo?
Y piensa Alicia, y descubre, que aquella frase puede interpretarse: para lo pasado y para lo futuro. Pero se pone en situación, se pone a recordar, y cada vez que la escuchó, sintió que se referían al futuro, y se permitió reformarla, para no confundirse: Las cosas pasan para algo. Porque vio obvio que de llegar ahí, hasta ese punto, ella era responsable. Y ahí pensó, que era lógico que las cosas pasan por algo, pasan por lo que uno ha hecho. Y que la omisión, también es acción.
Y pensó también, en el “para”. Y se sentó en el pasto.
-Las cosas pasan para nada. Solo pasan. Uno les da el sentido luego, de acuerdo a lo que quiera hacer. Porque las cosas pasan por algo. Y ese algo, somos nosotros. Las cosas pasan por nosotros. Aquello que pasa, no tiene sentido sin nosotros, porque nosotros somos lo que hacemos para que pasen las cosas. Si aceptase que las cosas pasan para algo, estaría aceptando que no tenemos acción sobre lo que pasa. Que somos más espectadores que actores. Que hay una fuerza, un azar imperceptible que ordena el universo, con acciones, intentando poner justicia. Y no, las acciones no tienen sentido sin nosotros. Nosotros nos definimos por lo que hacemos. Pero lo que hacemos, no se sostiene sin nosotros. Y siempre es un desafío. Porque mañana, hay que seguir, y tomar la decisión de sostenerlo o dejarlo caer.
Y se levantó Alicia, y se fue: a hacer cosas, a ver que pasaba luego. Sintiendo que el olor de la derrota, también se parece demasiado al olor de un triunfo que recién se empieza a gestar. Porque, sea trágica o cómica, al final, bien al final, lo único que podemos hacer, es reír, solo reír. Lo único sobre lo que tenemos total y entera libertad.

sábado, 25 de febrero de 2012

Cosas que pasan en este mundo.

Estaba en una entrevista de trabajo para un puesto bastante importante. “Con proyección internacional”, diría, como se dicen de algunos jugadores de futbol.
Supongo que en ese momento, todavía aceptaba la mayoría de las reglas de este mundo, como quien acepta que el sol está en el cielo, o el sur queda para abajo. Como algo que vino así de fábrica, y no con esta sensación que para cambiar esas cosas, las que no te hacen sonreír, por las que uno pone cara de estar comiendo una galletita húmeda, primero hay que encontrar las otras, las que sí te hacen sonreír.
Fue una entrevista grupal, entre ocho o diez jóvenes talentos, o al menos así reclamaba el aviso. Había contadores, administradores de empresas, algún ingeniero. Todos con algún posgrado, algunos en el exterior, en universidades Bélgica o la de Texas. Todos observados por otro grupo (tal vez, cuatro o cinco, no lo recuerdo con claridad) de psicólogas.
Con el tiempo termine de entender, que lo que se busca en esas oportunidades es observar los comportamientos. Si uno observa con claridad, es posible ver los rasgos generales de las personas, en forma muy fácil. Y en definitiva, una empresa, debe funcionar en grupo. Por lo tanto, el valor del comportamiento de cada uno, y la forma en que se relaciona con los demás tiene la misma importancia que los conocimientos técnicos. La famosa inteligencia emocional. E incluso, es más fácil entrenar los conocimientos técnicos que los otros, que responden a variables y aprendizajes muchas veces innatos e involuntarios, de acuerdo a la forma que uno tenga de ver el mundo.
La primera parte de la entrevista consistió en una presentación en inglés de cada uno, y luego pasamos a realizar un trabajo separándonos en dos grupos.
Ese trabajo consistió en el estudio de un caso, muy al estilo de las escuelas de negocios. Por lo general, este tipo de estudios, se basan en casos reales, aunque no se cuenta con todos lo datos, para aproximarlo a la realidad, donde no siempre cuentan con toda la información, y aún así, se deben tomar decisiones.
Poco recuerdo de aquello, algo así como un ejecutivo que debía afrontar la posibilidad de cerrar la filial de la empresa que se había abierto hacia muy poco tiempo en algún país árabe, debido a estar afrontando grandes perdidas. Como dificultades: tenía un lazo casi de amistad con la persona al mando y el cierre generaría el desempleo de varios miles de personas.
Lo que sí recuerdo, y muy bien, es a él. Corpulento, profesor de alguna arte marcial, bastante calvo, vestido en forma informal, y con una actitud de seguridad que intimidaba. Era supervisor en una empresa petrolera. Y dijo:
“Sí algo aprendí, que estas cosas no hay que tomarlas en forma personal. Lo mejor es cerrarla la filial, atendiendo a los resultados, que son lo importante en una empresa. Repito, no es algo personal, son números, y es simple, si no sirve, no sirve”.
Y lo sigo pensando, y todavía pienso, que algo de razón debe tener, algo, tal vez. Aunque me siga generando el mismo revoltijo de estómago. Cosas que uno no puede manejar, supongo. Cosas de este mundo, que se organiza para que algunas personas, no te puedan ver más que como un número.
Pues entonces, temblemos un poquito, más que de costumbre, si vemos un empresario cerca del poder político. Las naciones no son empresas, por más que tengan presupuesto, balance y estado de resultados. Las naciones somos nosotros, los que estamos adentro. No soy yo, ni vos, ni algunos, ni los otros, ni ellos, ni aquellos. Somos todos, pero todos juntos, no por separado.
Aquella entrevista la superé. También la siguiente. Y terminé bastante cerca de ser uno de los tres seleccionados. Pero no, finalmente quedé afuera.
Por lo pronto, pasa, la vida, y hay que seguir agarrados al número que nos toca. Mi duda, a veces, es si agarrarme más fuerte aún o simplemente soltarme, y ver que pasa.


viernes, 24 de febrero de 2012

El amor en tiempos de diarios.

Mudémonos juntos, – dijo ella – es sentido común. ¿Te das cuenta la plata que nos ahorraríamos? Viajes, Comidas. Pagaríamos un solo alquiler. Compraríamos un solo diario.
¿Y qué diario compraríamos?- preguntó, contagiado por una sonrisa.
¡Clarín! – respondió.
Se separaron, en ese mismo instante. A partir de ahí, se negaron, se ignoraron, se desconocieron, para siempre, por siempre.
El sentido común sirve para otras cosas. Es amor, o nada.


martes, 21 de febrero de 2012

Libre albedrío.

Yo me sentaba, triste, a pensar que había alguien que me estaba tratando de frenar. Como aquel ejercicio físico de fuerza, en el cual te agarran de la cintura, y uno tiene que forzar, intentar correr. Que cuando tenía que ser el momento, todo se desvanecía.
Cómo si me hubiese tomado un tiempo, en el pasado, para hundir la mano firme en la arena, y cerrarla. Tan fuerte que habría podido aprisionar la mayor cantidad que me hubiese sido posible. Y ahora, solo era un puñado pequeño, lo que apenas había podido conservar. Y yo miraba ese puño cerrado, sin poder determinar si mi pasado, era lo que había perdido o lo que quedaba ahí; encerrado entre mis dedos y mi palma. Desconociendo, si acaso mi futuro dependía de aquel puñado. O si podía dejarlo de lado, como otras cosas que he dejado, y hacer algo totalmente independiente. Sin conexión a lo que encierra mi puño con fuerza en este momento, aunque lo levantase alto, eclipsando el sol, y dejase a mis ojos un poco de oscuridad, y otro poco de luz, como para confundirme. Para seguir desconociendo si ese puño en alto significaba resistencia, o renuncia. Desconociendo, si debía, aún, apretar el puño, o simplemente abrirlo, para terminar esta historieta de seguir siendo un hombre con un puño en alto, y resignarme, simplemente, a sentarme. 
Porque uno se sienta, cuando las cosas andan; un poco mal, otro para atrás, y se acuerda de Dios, y le pregunta, y le habla. Como si Dios fuese la solución de los problemas. Pero en el fondo, uno termina dándole a Dios, un lugar culposo, de responsable. Y se compara, con otros, y siente que ellos van, andando de la mano de alguien que los ayuda.
Pienso. En algún punto, Dios nos ha de soltar la mano, debe ser cuando nos ve preparados, como para andar por ahí, solos, viendo que pasa.
¿O será que a Dios no le alcanzan las manos para agarrarnos a todos? ¿Será por eso que existe tanto Dios sobre esta tierra? ¿Será por eso, que los indios, o mejor dicho los hindúes, tienen a Visnú? Aquel dios que se separó en tres luego de crearlo todo, y que tiene cuatro manos.
Supongo que debe ser eso que le dicen libre albedrío. Supongo. Le preguntaría a Dios, pero intuyo que me responderá con una metáfora o silencio raro, que no me de certeza, ninguna, como siempre.

martes, 14 de febrero de 2012

Cosas que te hacen sonreir II.

La revista Periplo ha decidido editar un texto que escribí. :)
Si gustan, pueden entrar al link, bajarse la revista de Febrero y leerlo (página 79, particular). Periplo tiene una temática por volumen, en la edición de Febrero fue “números”.


También pueden ver y bajar los números anteriores. Está buena y sobretodo: está hecha con mucho esfuerzo y dedicación.
Este trapecista defiende todo impulso artístico, por lo tanto, no puede más que defender a Periplo, con todo el fervor y sentimiento de “hacer algo”. De eso se trata el arte, supongo.

Ahí, atrás del mercadito II.

Y yo sabía, en sus ojos, había dolor, pero también felicidad, como en el verde hay amarillo y hay azul. Podía darme cuenta, pero no podía verlos por separado. Había un color diferente, que no se les parecía, a pesar de estar formado por ellos.
Pensé en lo sublime, en lo que es tan bello que puede destruirte, que puede angustiarte. Pero tal vez, era solamente la forma de ver las cosas, pues estamos definidos por nuestras acciones. Somos lo que hacemos, lo que sentimos. Somos lo que vemos, lo que descubrimos. Somos a lo que le sonreímos, pero también lo que odiamos, detestamos.
Porque al fin y al cabo, tan duro parece, pero habrá algo de cierto en lo siguiente: nos sueltan, nos dejan en el mundo sin que  comprendamos con precisión los porques. Absurdo buscar las respuestas, porque ni siquiera hemos entendido las preguntas. Somos libres, en ese sentido al menos, para decidir.
Y ella contaba que desde que su marido se había muerto, había podido ordenar la casa. Que no me imaginaba lo que era antes. Aquel patio, que le servía ahora para mojarse con una manguera, que tenía plantas y una tortuga dando vueltas, era un chiquero, un verdadero almacén de basura. Que lo que no servía, lo que no sabía donde ponerse, iba al patio. Y la cocina: estaba toda envuelta en grasa, los azulejos. Y ella quería cambiarlos, pero no. Él siempre se negaba porque había que picar toda la pared. Y cuando él se fue, pudo hacer un revestimiento de madera, que dejó a la cocina, prácticamente nueva.
Y sonaba extraño, porque la casa, humilde y modesta, estaba en un estado correcto. Era una casa atendida.
Y ella seguía con su vaso, y dijo que nadie la quería. Pero se contradijo al instante, porque sus vecinos la querían. Incluso la semana pasada había estado en un casamiento de unos de ellos. Unos “gays”, y que a pesar de haber estado toda la noche atenta, no se había podido dar cuenta quien hacia de “él” y quien de “ella”. Pero que lo había pasado divino, y que ellos eran dos amores de personas. Y luego se le iluminó el rostro, como se le ilumina una habitación cuando el sol entra lento por una ventana y dijo:
-A mí me amaron. Nadie me amó como él. Mi marido. Todos lo días me lo decía. Te amo viejita. Siempre. Y él era maravilloso, siempre contento, siempre te hablaba despacio, lento. Nunca me levantó la voz. Nunca. Lo extraño.

domingo, 12 de febrero de 2012

Ahí, atrás del mercadito.

Ahí vive ella. Atrás del mercadito que atiende, en una esquina de Rosario. Cerca de una de esas calles con boulevard, tan típicas de los rosarinos.
Y levantaba el vaso corto de cerveza, casi caliente, en el patio de su casa. Y confesaba que cerraba el mercadito a las ocho y media y se sentaba ahí, y si hacía calor, se quedaba en corpiño y bombacha, a la ceguera de los vecinos o de quien pasará, y se tiraba agua con una manguera.
“C`est la vie” pensé, deseando poder decir más que una o dos frases en francés, sin que fuera demasiado triste, ni demasiado alegre. Seguí callado.
Seguía, con el vaso, se ría, me miraba, me hablaba, y me creía por callado: bien educado o corto de palabras. Hacía un chiste, largaba una puteada y contaba que se levantaba temprano para recibir las entregas; el pan, las facturas, los lácteos, y algo más, y ahí nomás abría.
En este barrio, decía, todos la conocen, y sabían, que de nueve a nueve y cuarto, había una pausa: diez minutos para desayunar y otros cinco para ir al baño.
Decía que lo único que tenía, eran ellos, sus vecinos, sus amigos, porque sus nietos y sus hijos no le llevaban el apunte. Porque ella, tan trabajadora de lunes a sábado, tenía la costumbre, indestructible, de no trabajar el domingo, de no abrir el mercado, pase lo que pase. El domingo no se vendía, nada. No se vendía una vela aunque se hubiese cortado la luz, ni yerba para algún uruguayo con síntomas de abstinencia. Y contaba que esos domingos, no la visitaban, ni sus nietos ni su hijo. El domingo se la pasaba entre vecinos. El único momentito que le dedicaba su hijo, era durante la semana, cuando le dejaba el pan, casi sin prestarle atención, como si fuera un cliente normal.
Siguió levantando el vaso, con la tranquilidad de quien tiene tiempo para beber, y contó, que la convencieron y la llevaron a una iglesia evangélica.
-Ayer fui a la iglesia, a la evangelista, con Susana, la vecina. Y lo escuchaba al pastor, y pensaba: ¡Cuánta razón tiene este hombre! Y dijo: “Hoy agarren a la persona que más quieran y denle un abrazo, y díganle: te doy un abrazo para alargarte la vida”. Y yo pensé, ese abrazo, se lo tengo que dar a mi hijo. A la mañana siguiente lo agarré, le abrí los brazos anchos, como para abrazarlo todo, y le dije: “Este abrazo que te voy a dar es para alargarte la vida, hijito”. Y él me miró, sin llevarme el apunte, y se dio vuelta y se fue, balbuceando algo mientras se bajaba la bragueta para entrar al baño. Y ahí nomás sentí la voz de otra persona que me dijo: “Dámelo a mi viejita, que a mi me hace falta”. Y le dí un abrazo enorme. Era el repartidor de gaseosas. 

lunes, 6 de febrero de 2012

Alicia y las nubes.

“A los que contemplan la luna,
las nubes a veces ofrecen una pausa”.
Matsuo Basho.
Mira Alicia, allá, alto y arriba, como se van deformando, de a poco. Es aleatorio. Un mar blanco, casi de leche, casi de espuma, que se mueve, en la tranquilidad.
Son frías, piensa Alicia, cuando debieran ser templadas. ¿Hará frío allá arriba? El calor trae alegría, recuerda haber escuchado; como si la felicidad dependiera del clima. ¿Qué le queda al frío? El frío debe ser algo más quieto. ¿O no? O tal vez, más sereno, más calmo.
Alicia las piensa frías, pero las piensa sin certezas, porque vale andar pensando en lo que uno no sabe. En lo que se desconoce totalmente, e imaginarlo, adivinarlo, con razonamientos entorpecidos de inocencia y trucos de libertad plena, que no obliguen a la mente a entender que uno más uno es dos sino a aceptar, sin más obligación que la de rendirse ante la belleza de las cosas, sin cuestionarse si el cielo es azul o celeste o el mar es verde o azul.
Y sabe Alicia, que si cuenta lo que imagina, puede pasar por tonta, o por viva. Y puede despertar risa, o indiferencia. Y vale la pena, por esa risa. Pero también, por la indeferencia, para saber que la próxima será mejor regalar un poco de silencio o hablar de lo que vio en la televisión la noche anterior.
Piensa Alicia en un pingüino, y en un panda. Un pingüino va de etiqueta. ¿Y el panda? No. Y tal vez, no tiene que ver con lo que otro podría ver: allá, alto y arriba. Pero piensa en lo blanco, y se da cuenta porque se deforma lo que imagina. Porque, un poco, ese mar blanco tiene forma de pingüino, y otro poco de panda, y otro poco de árbol coposo. Y le da la forma que quiere.
Alicia piensa, y dice, me dice, te dice, nos dice:
-Las nubes son el algodón de Dios.
El resto, va por cuenta de nuestra imaginación, pura o no.






PD: Las fotos son de los caminos de Jujuy y Salta. Argentina.

domingo, 5 de febrero de 2012

Caes.

Caes,
una y otra vez,
Caes despierta,
y caes dormida.

Te duermes entre tus aires de madera.
De madera de barcos que encallan.

Y son las olas que juegan,
Que llevan.
Que traen.
Pero no arrastran a los barcos.
Barcos cansados .

Y creo:
son las olas las que te dan movimiento.
Aunque estés quieta, se mudan las olas
Se mudan gota a gota
Mientras caes dormida y hundes barcos.

Hundes barcos con tus gotas de mirada.
A cuenta gotas miras, mientras te caes,

Despiertas casi dormida, y arrastras
Y arrastras los ojos como olas.

Dormida o despierta,
Eres ese pequeño círculo de belleza.

Sé que lo sabes,
y casi te ríes de eso…

sábado, 14 de enero de 2012

Instrucciones para desamar a Esther.

Se había cansado tanto Ortamendia, de escuchar a sus amigos, de que le llenaran la cabeza de los tenés-que, los para-mi-que y algún ahora-agarra-y.
Les hubiera dicho que no le vengan con instrucciones para desamar a Esther. Si no había instrucciones para amarla, menos habría para olvidarla, para hacerla un bollito, como si fuera una factura de teléfono. Era similar. Aquel jueguito tonto entre poder y deber. Poco importaba si se podía o no podía, debía o no debía, hacer un bollito con Esther y tirarla, arrojarla lejos, alto, con torpeza, como se tiran los bollitos de papel, que son tan livianos que no planean, se caen a tan pocos metros que termina uno por sentirse un anémico. De igual forma que la factura de teléfono, podía transformarla en un bollito pero terminaría siendo un bollito a pocos metros de él.
Si fuese astuto iría hacia el balcón y simplemente lo dejaría caer. Pero sería momentáneo. Bastaría con que pasasen unos días, para que volviera aparecer, otra vez. Esta vez con unas letras enormes en rojo, casi recordando que no se puede olvidar lo que se ama. Ortamendia no iba a poder olvidar a Esther. Lo que se ama, no se desama porque simplemente se haya ido.
Ortamendia lo recordaba. Amar a Esther era correr descalzo en un pasto verdoso, con el riesgo de que alguna ramita filosa se le clavara en la planta del pie pero sintiendo el vaivén de un pasto acolchonado que cede, se entrelaza y se apelmaza. Y era casi tan lindo como sentirse  despejado, liviano, libre, sin la necesidad de pensar que hora era, ni cuanto faltaba para irse a dormir. Amar a Esther; era estar descalzo, descubriendo que lo más lindo de la vida pasa cuando uno está sin zapatos.
¿Para qué le servía el recuerdo? Porque el amor terminaba por escaparse de ese agujero hondo que Ortamendia había cavado en el centro de su pecho. Como si cavar un agujero en el centro, y no en otro lugar, lo volviese una persona centrada, capaz de dar un giro sobre su eje y volver a ser el mismo.
La mayoría de los miedos son tontos, son boberas que uno se inventa. Solo se conoce el miedo verdadero cuando la imagen de la mujer que se ama intenta desvanecerse, confundirse con el resto. Con las otras, las que son  vulgares, las que se pintan los labios para poner distancia en los besos, por las que uno se da vuelta solamente para ver el contorno de unas carnes simétricas.
Pero no, el recuerdo de Esther estaba, tenía fuerza, voz y olor.  Era lo más parecido a salir a la calle sintiendo en el pecho una ventolina que se hace luego viento, y luego hondadas de aire, que golpean.
No le hacia ninguna gracia. Porque en definitiva, aquel golpe de aire que le inflaba el pecho a punto de sentirlo tan inflado como si tuviese un valor repentino, un poder instantáneo de poder volverla a la vida. Y tenerla ahí; cerca, tan solo para silbarle una cancioncita, tonta y absurda, en el oído, o morderle el lóbulo de la oreja con la mordida más eróticamente cargada de inocencia y sin más intenciones que disfrutar de esa carne suave, dócil y tierna.
Ahí van los tontos. Podía sentirlos Ortamendia. Ahí van, al costado de él, viviendo su vida prestada. Tan prestada que ni cuenta se daban que se levantaban a la hora que les indicaba el reloj, almorzaban a las doce del mediodía y hacían el amor a la noche si no había nada entretenido en la televisión, siempre en la cama. Tan prestada que no podían hacer lo que se les viniera en mente, sino lo que les estaba preestablecido con tanta elegancia y disimulo que parecieran sus propias decisiones.
Porque ellos también podían morder la oreja de una mujer, pero sabía él, que solo la mordían para ver la sucesión de los actos que desencadenaban. Como si estuviesen siguiendo un manual, aburrido, tonto, repleto de puntos seguidos y apartes, que indicaba los pasos para amar. Un listado con números hacia el margen, seguidos de un paréntesis.
Pobres aquellos que creían que aquellos actos formaban parte de las pautas de le bon vivre. Ortamendia defendía la carencia de todo instructivo o reglamento para amar. El libre albedrío. La improvisación.
Pobres. Los pensó pobres, de portadores de pobrezas. O tal vez, por pensarlos tan vacíos de cosas valiosas. Los pensó mordiendo una oreja porque así está estipulado en ese manual de amantes perfectibles. Y no, por esa compulsión caníbal de querer disfrutar del lóbulo de una mujer. Del lóbulo de Esther, en su caso. Solo el miedo de dejarla sin lóbulo, de lastimarla, le impediría ser violento, y arrancárselo.
Porque aún la amaba. La amaba como se aman las nochecitas de enero. Porque era así. Amar sintiendo que uno debe esperar arrancándose las uñas con los dientes, o simplemente no amar. Los términos medios, los que no son ni muy ni poco, no sirven. ¿A quién le sirve caminar de frente al sol, tapado o cubierto de una crema bloqueadora? Amar era salir a caminar, con el riesgo de que el sol le quemase la frente. Valientes los calvos que caminaban sin gorro, sabiendo que a mitad del camino les ardería la cabeza. Así era amar a Esther.
Amar a Esther. Sentía que habría que entender tan poco de este mundo, conservar un visión tan absurda y obtusa, para no amarla. Había que ser un tonto para querer desamarla, para querer olvidarla, como se olvida uno las llaves apoyadas en la mesa de una café o el número de la cuenta del banco. La falta de atención, era también, una falta de elegancia. Es vivir porque te tocó en suerte, sin respetarse.
Dudo Ortamendia. ¿Sería el único que amaba a Esther? ¿Sería el único sobre esta tierra, qué había podido advertir las líneas de sus labios? Quiso ser tan egoísta. Tanto, como para guardarse a Esther en un bolsillo, y no dejarla asomar. Para no tener que convidarle de la esencia de Esther a nadie. Cuando se ama, hay que ser egoísta. Al menos cuando se ama a Esther.
¿Sería tan difícil comprender? ¿De qué forma podía sentirse si apenas él, tan pequeño a comparación del mundo que lo rodeaba, podía amarla? Dudo Ortamendia nuevamente, ¿podía equivocarse? Dudo: ¿de qué permanecía enamorado aún? ¿Del recuerdo de Esther, inmóvil, seducida ante una mordida de lóbulo? ¿O de Esther, de toda ella? Tan Esther, de cabeza a los pies. Con sus uñas pintadas de negro y su lunar en forma de uva en el costado derecho, justo debajo de sus costillas.
Recordó Ortamendia la lengua de Esther. Sabe Dios porque decidió darnos a cada uno una lengua inmutable y única. Tan única como para no poder confundirla con otra. Por más esfuerzo que hagamos. Mente traicionera, que nos permite imaginar lo más impensado, pero es incapaz de hacernos confundir un beso de la mujer que se ama, con otro, de una mujer del montón.
Era tarde. Y la aleatoriedad de los surcos de la lengua de Esther se había perdido lo suficiente para describirlos a la perfección, eran parte de una descripción vaga y confusa que pendía de los hilos de su mente, caprichosa, que se daba permisos burocráticos, para recordar lo que quisiese de ella. Su olor, que sería, tal vez, el olor de mezclar nueces, almendras y flores. El sabor de su cuello y lo estrecho de su cintura bañada con su cabello morocho, negro, negrísimo.
Pensó Ortamendia; debería haber un puñado de instrucciones válidas para desamar a Esther, tal vez. Y se sintió tan compungido por no conocerlas, tan lleno rabia, ira, por perderse la posibilidad de obviarlas, de ignorarlas, hacer completamente lo contrario. Simplemente, se conformó con no seguirles la corriente a quienes le indicaban que debía hacer esto, o aquello.
Había que estar loco para desamar a Esther. Casi tan loco como para no amarla.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los portadores de pecas IX: Circular Nro II del Sindicato del Pecoso

El Sindicato pone en conocimiento los siguientes sucesos acontecidos hace unos días, cuando uno de sus integrantes, despertase con el encendido de la tele, con la desgracia de haber encontrado en la pantalla, un abogado hablando.
Dijo él, sin sonrojarse:
“Hay tres tipo de verdades:
  • ·  La que pasó.
  • ·  La que se puede probar.
  • ·  La que te crean”.

El Sindicato adhiere a cualquier manifestación poética, literaria, y/o artística, que utilice estos lineamientos.
El Sindicato, manifiesta que este lineamiento debiera utilizarse sin fines estratégicos, solamente por rigor artístico. ¡Un fin inútil y bello!
El Sindicato puede hacer “la vista gorda” si el fin es seducir a un pecosa, siempre y cuando se tengan “fines nobles, románticos y auténticos”.
El Sindicato se niega a dar demasiadas explicaciones acerca de los “fines nobles, románticos y auténticos”, porque tampoco se puede andar explicando todo. Pero confía en el criterio de los portadores de pecas. Sin criterio, somos inútiles, porque imposible saberlo todo. Para eso sirve el criterio, para decidir sobre lo que uno no conoce demasiado.
El Sindicato defiende el derecho a la imaginación y llama a la reflexión: “Que ser sincero, no sea no tener imaginación”.
El Sindicato advierte, la imaginación también es una obligación, como tal, debe usarse con responsabilidad.
El Sindicato pone un ejemplo; si te digo que “esas pecas brillan como brillaba la luna de París en tus ojos”, puede que, en rigor de verdad, no sea cierto. Pero, ¿si nos lo creemos? ¿Quién se atrevería a decir algo? Si hacemos de algo, en rigor falso, tan nuestro, tan fuertemente imaginado, ¿no debería formar parte de la verdad? ¡Si es inútil! Nadie va a tomar ventajas de eso. ¿Y si lo puedo probar? Si pudiese probar que tus pecas brillan como brillaba la luna de París en tus ojos, Dios me concedería la inmortalidad.
El Sindicato defiende el derecho a la subjetividad. Cada cual que crea lo que quiera. Lo que le toque en gracia, de acuerdo a lo que intentaron enseñarle, a lo que pudo aprender y lo que desea que sea mundo.
El Sindicato del pecoso, duda. (Y ahora se viene la parte guerrera y combativa). No cree que aquel abogado haya hablado de “la verdad” en forma poética, sino con la suspicacia de quien quiere interpretar la ley para defender una infamia.
Así no, mundo. Cuando el Sindicato se pronuncia a favor de la subjetividad, habla de otra cosa.
Rara la justicia. Difícil. Compleja. Empiojada.
El mundo debería tender a volver obsoletos a los abogados, y no tan necesarios como para sentir que el mundo no puede dar un giro sin ellos. (¡Oh! Voy a hablar con mi abogado).
Si pasará eso, supongo que una mitad haría cosas como, cantar, reir, pintar murales en las paredes, escribir poesías y la otra mitad, podría irse bien al carajo.
Ha de haber abogados que formen parte del Sindicato, aún sin saberlo. Pero los otros, los que no, los que interpretan la verdad, los que acomodan los hechos para que lo justo tengo olor rancio, sepan: No los necesitamos, nos arruinan el mundo, y el mundo lo podemos arruinar nosotros solos. Al fin y al cabo, es nuestro, no de ellos.


Atte.
El Sindicato del Pecoso.

PD: El Sindicato está seguro que el Sr Quino debe haber dibujado alguna tira, muy a su estilo, acerca de los abogados. Solicitamos nos contacten en caso de hallarla. Nos fue imposible. Gracias.

sábado, 7 de enero de 2012

Dudario II.


“Everyone has the right to be in doubt,
but this is not a duty”.
Art. 15. Constitución de Uzupis.

Ahora, que la duda resulta, escribo, que nos resulta a los dos. Porque ni vos, ni yo, estamos tan seguros, como para entender que lo más lindo que nos puede pasar, es esto: una duda profunda, abstracta, intransferible. Y no una certeza absoluta, objetiva y aburrida que nos llevaría a tocarnos, a abrazarnos, besarnos como si hubiese un reglamento gris y polvoriento que nos diría que primero deberíamos hablar de cómo estuvo el día, hacer referencias al clima y luego besarnos con los labios cerrados con candados.
Esta duda que resulta, que se arrastra, por no saber si Dios te inventó con belleza, o fue la belleza misma la que te inventó. De pensar que tal vez te dudé en forma unilateral hasta hoy.
¿Me habrás dudado en silencio? ¿O te habrás dejado llevar, por la necesidad del ahora-esto? Sin dejarte, apenas un espacio, para un y-si.
¡No huyas cobarde! Dudemonos, juntos. ¡Qué crezcan las dudas de cómo será luego! ¿O has visto alguna vez alguna uva con la certeza de que tan buen vino será?  Dudame en la cabeza, completo. Al menos, ahora, que somos dos dudas, dos signos de interrogación, que intentamos cerrarnos sobre la misma pregunta. Y nos contestamos, rompiendo las reglas ortográficas. Empezando con minúsculas, con una letra pequeña, casi como un mamarracho de líneas de birome, atolondradas, superpuestas, sin espacio entre una y otra.
Somos tontos, tan dudosos, que nos respondemos nuestras dudas propias, con más preguntas, en lugar de dejarlas de lado. De escribir con signos de admiración.
Vos ahí, con tu all you need is love, y yo sintiendo más un this bird has flown, pensando que si pudiese, yo también encendería aquella madera, no tan noruega, tal vez un poco irlandesa, hasta que se queme todo. Todo por ese miedo de desdudarnos un rato, por el miedo a que la duda próxima nos de ganas de ponernos cara de dolor de codo.
Desdudémonos juntos. Arrancame las dudas cansadas de la espalda, de los hombros, de la cintura, de las caderas. Dejame desdudarte los botones del pantalón, que luego se atora en tus piernas mientras tironeamos juntos para distinto lado, como siempre.

jueves, 5 de enero de 2012

Puff, llego la hora de uno de esos post emotivos.

Ya comenzado el 2012, no tengo más que agradecer, que decir gracias, muchas gracias, a los que pasaron, a los que leyeron, a los que lo intentaron, a los que les gustó un poquito, a los que se hicieron seguidores, a los que se lo pasaron a algún conocido, a los que mintieron y tiraron buena onda, a los que tiraron buena onda, solo por eso, por tirar buena onda, a los que hicieron comentarios, a los que repostearon, a los que respondieron mails, a los que se bancaron las mails de “propaganda”, a los ayudaron incluso estorbando poco, a todos y todo lo que me dan ganas de seguir escribiendo, de seguir contando historias, que de eso se trata: contar historias, de la mejor forma que uno pueda. ¿Para qué? ¡Para contarlas! Simplemente, para eso.
Hace unas semanas (varias) me crucé algunos mails con una amiga. Hacía unos días, había renunciado a mi trabajo y nos puteamos, porque ella había empezado a trabajar pocos días antes (luego también, de renunciar), y no pudimos combinar ni siquiera hacer un viaje corto, aprovechando nuestro estado de desempleados, no sé, ir a ver las ballenas o algo así.
Ella se quejó de que yo había tardado demasiado. Me acusó de haber dado vueltas tres semanas. Terminamos hablando de lo que yo llamo “síndrome de clavadista” que es lo que sufre el tipo que se tira de cabeza al primer charquito de agua que ve, sin importarle nada.
-It´s no better to be safe than sorry – me dijo ella.
Interpreté la frase como aquella que dice que es mejor arriesgarse y pedir disculpas que no hacer anda y pasar por dormilón. Y le dije que no me cierra, y le dí un ejemplo.
“Si salgo a tocar tetas, de 30 tetas que toque, medio de sopetón, supongamos que ande con suerte, y 4 me vaya bien. Y al resto le pida disculpas o perdón.
Pero ¿el durante? Seguro de las 30, algunas eran desagradables como tocar una bolsa de basura, otras chiquitas como botoncitos y alguna que otra este buena. De las 4 que me fueron bien, dudo alguna que este buena. Porque la teta buena hay que ganársela con esfuerzo, no sólo con el riesgo de poder pedir disculpas después.
Hay que buscar la teta que a uno le guste, y ganársela de la forma que uno se sienta bien. Como para después contar una linda historia.
Porque lo importante son las historias, y más que las historias, la forma en que se cuentan. Sino, agarra Rayuela de Cortázar y trata de contar la historia vos. Una cagada.
Y en el durante, aprovechar las tetas que se presentan como oportunidad, como para no olvidarse como es tener una teta.
Reemplaza "teta" por lo que quieras, (trabajo, marido, dinero, amigos, etc...) y adecua un poco las formas y los verbos, y tendrás una frase de un libro de autoayuda, como los de Osho o José María Domínguez, cierta como que después del domingo viene el lunes”.
Pensé: No vale la pena ir tirándose a la pileta todo el tiempo, porque se pierde el foco. Hay que ir viendo cuando vale la pena y cuando no.
Me cuenta que se incomodó cuando reemplazo teta por marido.
Le contesté:
“No tenés que buscar marido, tenés que buscar una historia, una que te guste e ir contándola de la forma que te sientas cómoda. No importa que sean un par de renglones, lo importante es lo que se cuente. Y cuando se termina, la archivas. Así, hasta encontrar una historia que este demasiado buena para terminarla.”
Lo que importa, es ir viviendo, por la curiosidad, buscando historias, para poder contarlas. ¿Qué quisiera yo de mi vida? Ser eso, un contador de historias. El resto, va, pasa, aunque duela, o no. ¿A quién le importa, en tal caso, mientras haya una historia, linda, para contar?
Sin más, adjunto el regalo más simple y lindo que me hicieron en estas fechas.



Por un 2012, muy "escribido", bien o como salga…como dice alguien: ¡SALÚ!
En breve, me tomaré unas vacaciones por lo que puede que se interrumpan momentáneamente las entradas, pero volveré, con más, por más, ¿por qué no?