Lo
difícil es hundir la cucharita. Romper la monotonía negra espumosa, cruzar el
charco oscuro, siguiendo las leyes de la química moderna (que por moderna es
nueva) pero sin transvertir los reglamentos de la cotideaneidad. ¿Permitirse una
pizca de curiosidad que desvíe la atención?
Uno
y la soledad innegable de un cuerpo inanimado de acero inoxidable golpeado,
forjado en frío con sudor aceitoso, piel embutida, tersa y expandida en algo
convexo, o cóncavo; como para no permitirnos dudar si todo depende de dónde nos
coloquemos para observar.
Sería
más simple, tal vez, dejar la cucharita quieta y abanicar la taza convidándole
un vaivén semierótico, sin pensar demasiado aquello de que la dulzura no deja
dividendos, y lo fácil vendrá luego; llevar la taza a los labios y que caiga en
la lengua.
La
cucharita se marea y vomita espuma de café. La pupila te engaña y no tiene
memoria, o tiene una memoria ingrata que apenas te dice que es solo un café
más. ¿Si fuese el último? La pupila no advierte de los dolores insoportables
que has tenido que sufrir con los anteriores. No recuerda el retorcer del
tripaje, ni de las diminutas personitas que saltan en la lengua y lastiman las
papilas cuando se los rocía con una lluvia ardiente. Pupila; traición.
Dios,
doy gracias por el acero, doy gracias a quienes lo utilizan y maldigo a quienes
manufacturan las cucharitas de plásticos. Porque el miedo le da cuerpo a la
ira, endurece el pulso, y es capaz de hacerlas trizas.
Debe
haber barrios donde el café no se revuelve y deben ser barrios confundidos, que
aceptan las cosas como vienen. En cambio hay otros que necesitamos condimentos
para lo que viene luego. Y eso que uno no piensa demasiado en tomar un café en
el cual el azúcar permanezca en el fondo de la taza, como una arena densa y
espesa inamovible. Es en ese punto es posible separar el azúcar del café, pero
uno rebeldemente imbécil, como siguiendo los pasos determinados, sumerge la
cucharita y luego procede. Y en la sumatoria de las cosas, lo ingerido sería lo
mismo, lo que cambia es la densidad.
Y
luego lo fácil; sentarse impávidamente a tomarse cinco minutos y dedicárselo al
café, mirando de reojo la cucharita, tan soberbia ella, que tiene platito,
simplemente, para poder apoyarla. Sin dedicarle pensamientos a la escasez de la
azúcar, ni si las damas confundidas se detienen frente a la taza con un terror
enajenado, lleno de copas de nieve blancuzca, que les impide determinar el
sentido correcto de giro de la cucharita.

Lo
difícil, sostengo, es sentarse contra la taza y sentir que la cucharita te
mira, y vos pensás que la estás usando a ella, pero no, es ella la que te usa,
la que te ayuda a cambiar el gusto de las cosas.