No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



miércoles, 19 de diciembre de 2012

Deshojando margaritas.


era linda piba, estaba sentada en un banquito de plaza, deshojando margaritas con la angustia de quién tiene que decidir entre dos cosas.
Retiraba un pétalo y afirmaba: “Me casaré por amor”, luego retiraba otro y se corregía: “Me casaré por interés”, así sucesivamente.
Me dio pena, demasiada,sí; me invadió ese animal absurdo de lentes que come zanahorias crudas. Entonces me le acerqué y me permití darle un consejo.
-Discúlpeme, pero si tiene que decidir entre dos cosas; le conviene tirar una moneda. Deshojar margaritas es muy lindo como imagen poética pero es agresivo contra la naturaleza. Es lento y requiere mucha atención. ¿Pensó en la cantidad de margaritas que arrancan por año las damas dudosas? ¿Pensó en la cantidad de tiempo que se pierde entre la duda y la acción?
Luego me fui, con pasos de murga. Creo que ella se enojó y me insultó, imposible no poner aquella cara y no desearme otra cosa más que una lluvia de soretes de punta. Suele pasarme, aún no comprendo si es la forma o el contenido de lo que digo, pero sostengo que son ellas las que me malinterpretan.
El amor es una mierda y mucho peor es la duda, en cambio el azar…ah…eso es lo único que me puede salvar... 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Incerteza.


En una de esas, si me pongo en un maceta y me tiro tierra encima, me transformo en planta.


A lo mejor, si me visto de blanco y pego un salto bien alto, me convierto en nube.


Consideró que si me pongo al final de una fila de hormigas y saco el culo para afuera, a la 
larga me aceptaran como una de ellas.


Supongo que si en pleno ensayo de quietud, alguien me da una mano de pintura, me convierto en pared.


Quién te dice, puede que vos no te parezcas a las rosas, sino que ellas te imiten constantemente.


Hace un tiempo que me aburre dar por cierto algunas recetas, prefiero mirarlas con una poco de desconfianza. 

sábado, 1 de diciembre de 2012

Pero el amor. (Hojas sueltas del diario de una galeanista).

Ay, pero el amor. Por lo general me gusta empezar a así, cuando no tengo nada para decir. Me gusta aquello de quejarme de lo bueno. Es como una forma de alejarme, de sentarme en una silla que no me pertenece. Andar por el mundo, pensando: “Mi culo no es digno de este asiento”. La dignidad es un asunto de dos o más cosas, me niego a usar mi raciocinio para determinar si es mi culo quien merece mejor asiento, o todo lo contrario, este asiento, puto y de madera, merece un culo mejor. 
Ay, pero el amor. El amor es como un pasaporte. Pediría un número capicúa, porque mi querido lector, oportunista como todo lector, todo se organiza alrededor de números. Sin números no existimos. Un amor o dos. Quince, veintialgo.
Ay, pero el amor. Caprichoso, desagradable, totalmente olvidable. Te amo amor, y te odio, que es lo mismo pero aún con más intensidad.
Ay, pero el amor. ¡Escribo del amor perro! Babosa, peludo. Amores que muerden las tapas de las biromes y mis zapatitos de mujer. Amores que despedazan las tapas de los diarios que quisimos leer para comprender la realidad.
Ay, de este amor. Un amor sin realidad, amor de locos, un amor que se viste con camisas de fuerzas y se aprieta las tiras. Un amor loco, y por loco, libre. Locura y libertad que creemos sinónimos.
Ay, de este amor, que es limpio, sea como sea, por naturaleza. Porque ella es limpia. Un árbol veteado de tierra, telarañas y rastros de alas de mariposas es natural, no es sucio. Sin embargo, un auto dominado de cenizas y polvillo está sucio

sábado, 24 de noviembre de 2012

Franco compensatorio. (Hojas sueltas del diario de una galeanista).


Lo que hacemos en nombre del amor, ¡lo-qué-hacemos!
A veces pienso eso y me doy cuenta que lo grave no es hacer en nombre de, lo grave es lo que nos dejamos hacer en nombre del amor.
Cuando empecé a salir con Franco todavía salía con Juan Pablo. Salía en el sentido formar, hacía un tiempo largo que emocionalmente no nos conmovía nada uno del otro. ¡Tanta costumbre que podíamos darnos besos a la mañana sin lavarnos los dientes! Ni por asomo nos dábamos cuenta de las bacterias putrefractas que adornaban nuestras encías, de los restos de comida que se escondían bajo las fundas y coronas, en los intersticios molares. El simple hecho de besarnos era un mecanismo de defensa hacía cualquier otro intruso que pudiese desarmar aquello que habíamos construido.
Tan bien lo habíamos construido que nadie podía darse cuenta. Debía generar un terrible miedo meterse con nosotros. Las parejas ignoran lo que reflejan, ignoran la envidia que generan al resto de las personas. Hay gente en este mundo que se dedica a robar. Uno roba lo que desea del otro, no tiene mucho sentido la simple malicia del robo sin sentido. Cuando aprendemos a desear lo ajeno, nos transformamos en ladrones potenciales, sí, a partir de ese momento, y no antes. A partir de ahí somos criminales distraídos hasta que la oportunidad golpea nuestra percepción, y las cosas, así como están dadas, simplemente se vuelven estúpidas e insostenibles. Entonces, nos tomamos el segundo de imaginarnos como sería si…
Tomamos lo ajeno, tomamos lo que no nos pertenece, y nos excita, nos conmueve, nos alegra, porque es ponernos una máscara que nos arregla los defectos, y enaltece las virtudes.
Si Franco me hubiese visto con Juan Pablo, nunca se habría acercado a mí. Sospecho. No tiene el “physic du rol” de quien busca tormento. El amor y el masoquismo son caminos alternativos que nos conducen hacia el mismo lado, el sexo. Y cuando éste se convierte en un acto mecánico, en un acto que se establece siguiendo cinco o seis pautas nos convertimos en nuestros propios asesinos. Cuando sabemos como empieza y exactamente, como acaba, se muere.
¡Ay de mí! Si fuese poeta, diría que cuando sabemos como empieza y como acaba el sexo, un ángel se pega un tiro en las bolas. Pero soy tan mala para decir las cosas, tan mala que no lo intento. No me llevo bien con las rimas, las odio.
Hoy salí de aquello, y estar con Franco es como un saquito en primavera. Es útil, pero al llegar el verano terminará en el suelo. Es como un franco compensatorio.

jueves, 15 de noviembre de 2012


Estamos llenos de instrucciones, reglamentos, leyes para convivir. Recetas que nos indican qué debemos hacer, para suavizar de nuestros instintos, para que todo no sea una sucesión de hechos improvisados, imprevisibles.
Pero a lo mejor, no todo tiene un libreto, no todo puede planearse, no todo tiene una forma definida, no todo puede agruparse con datos estadísticos.
A lo mejor, hay algo, algo que no comprendemos, ….algo tan grande que se nos escapa, algo que no puede seguir leyes o instrucciones. Algo inmanejable.
Mientras tanto, vivimos así, aferrados a lo que recordamos, a lo queremos, a lo que pensamos que podemos llevarnos y va a estar con nosotros siempre…..
A la larga nos damos cuenta; no somos cajas de caudales, puertas oxidadas, o luces invencibles, inmutables. Somos frágiles, somos los instantes que recordamos, los que podemos enumerar. Los instantes que nos dejan narrar. Somos momentos superpuestos con intereses yuxtapuestos que tironean los cordones de la camisa de fuerza del mundo.
Hasta que un día el tiempo se cansa de nosotros, y entonces abrimos los brazos, sin temer a nuestro instinto, y somos capaces de usar palabras que nos acercan, y eso que buscamos, simplemente; aparece. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

¿Para qué nos vamos a mentir en el amor?

Señorita 1    El amor es una mierda.
Señorita 2      ¿Cómo dice eso? (Reflexiona). Bueno, sí, es una mierda. ¿Para qué nos vamos a mentir en el amor?
Señorita 3      Parece el título de una novela pelotuda, o un poema insoportable; ¿Para qué nos vamos a mentir en el amor?
                     ¿Para qué?
                    ¿Para disfrazarnos de hojas tristes?
                    ¿Para jugar a los abanicos mientras la noria del tiempo nos sucumbe, nos maltrata con ires, y venires absurdos, mientras intenta que seamos tierra de la tierra que fuimos, y que irrenunciablemente seremos?
                     ¿Para conjurarnos un futuro incierto, donde la realidad se conmueve con el mismo reglamento que lo visual? ¡Por qué solo amamos lo que vemos! ¡Por qué solo somos lo que vemos! Lo que los ojos nos traducen en realidad.
                     ¿Para que nos vamos a mentir en el amor?
                     Si los resultados serían los mismos que ahora.
Una casa triste, una sonrisa caída, un domingo aburrido, un dolor en el pecho, y la angustia, bella y pálida dama que nos domina, nos silencia, a los dos.
Señorita 1      (Aplaude). Bello, bellísimo. ¿Es de usted?
Señorita 3      Sí...no sé, estaba mandando fruta....

viernes, 26 de octubre de 2012

La Paranoia III. (Hojas sueltas del diario de una galeanista).


Qué linda soy, sí.
Me miro al espejo desnuda y me asombro. Me miro las curvas leves y me gustan. También me gustan las otras, las más angulosas y nerviosas, que presagian el destino de las miradas vergonzosas, pero también aquellas consumidas por la lascivia visual.
Eso es la belleza; sentirse totalmente complacida con la imagen que devuelve el espejo. La realidad, pues, sigue los mismos lineamientos que el ojo. Si soy linda, vale la pena entonces la realidad, que por momentos también es otro espejo. Nada más suave y lindo que abrir los ojos, y ver pura belleza, verdadera.
Pero sucede que cuando me asomo al balcón de los narcisos, disfrazo mis sentires de tragedia griega, y este vestido alargado comienza a incomodarme, a ser una parte inconexa de mi ser-yo-bella. Me desdoblo en ropa y en ser.
¿Y si simplemente he aprendido a disfrazarme de linda? Pienso; he aprendido a mover el pelito, acomodármelo, a levantarme un poco las tetas, y maquillarme alguna que otra arruga. A montar la trampa del delineador, el perfume erótico y la risa ronquera.
¡Todos usamos máscaras! Trucos, maquillajes que nos alejan. (Supe tener un amante que disimulaba la escasez bajo sus pantalones, abultándose con una media. Lo único que supimos ganar, fue un insoportable olor a pata al momento de entregarnos al acto sexual).
Hubo un tiempo que los flacos se volvían más loquitos. Se les alargaban las vocales cuando me hablaban, se les dibujaba una mandíbula larga y desacomodada. ¡Sentirme posible presa, es lo único que puede hacerme mantener la frente alta! Ser un objeto de deseo, es  una ostentación de poder.
Creo que sí. Antes era más linda. Tan linda que en los días de lluvia las baldosas me respetaban, apenas si podían conmigo, se atemorizaban de levantar el agua y humedecerme las medias y los zapatitos. La historia del crimen se confunde cuando hablo de mi caminar y mi forma de arreglarme las cejas y los párpados.  La historia del crimen se desplaza de los homicidios a la simple y común envidia.
Era tan linda, que no había forma de parecer trola, trolita, putita. Hacía cosas que podrían hecho ver como una idiota a cualquier otra, pero eran gestos permitidos para mí, posturas seductoras. Lo sensual y lo ridículo comparten en el mismo sistema digestivo, pero con resultados diferentes.
Que soy linda y loca, no quedan dudas. Que soy loca, independientemente de mi belleza, tampoco. A veces soy loca linda, y otras; linda loca. Presagio un futuro de adjetivos confundidos, de sustantivos que se adueñan de mi cuerpo, de mis espejos, de mis realidades.
Ver el espejo, y solo ver mi imagen. Me olvido de lo que me rodea. Entonces el universo se reduce a lo visual, a lo tangible, a lo que puedo desear.
Pero si no estoy atenta, si no presto atención, entonces me deformo. Me transformo, me desfiguro. Los párpados se me vuelven lunas, las cejas se me despeinan, la alergia me humedece la nariz. Soy un monstruo nuevo, y las máscaras ya no bastan, no alcanzan.
Y los espejos se vuelven incorruptibles. Inobjetables. Les lloro lágrimas de rímel y tapa ojeras, y ellos insensibles. Y yo me envuelvo en trajes pálidos, mientras no logró discernir si lo que ocurre de lo que imagino, y se apagan mis velas al viento.
La paranoia me consume, y yo la consumo. A veces nos vemos al espejo, y solo vemos eso; un miedo que lo resquebraja todo en un silencio abrumante…

lunes, 22 de octubre de 2012

Los relojes.


(...)
Cualquiera te regala un reloj. El banco, una empresa, una tía, una madre o una novia. Y no caen en cuanta que quién regala un reloj, también regala la angustia de poder visualizar que el tiempo avanza. El mundo funciona como una balanza en la cual no es posible sumar un segundo, sin restar otro.
Hay que tenerles idea a los relojes, desconfianza, porque en cuanto uno les deja espacio, todo se hace a su orden y antojo. Uno termina volviéndose un autómata dispuesto a cumplir las órdenes que le silba el reloj. Termina siendo una persona lejana de todos los lugares que uno quiere. Porque el tiempo es la distancia más lejana entre dos lugares.
Goyeneche tuvo un impulso, tomó el despertador y lo estalló contra la pared. Y por algunos minutos fue libre. Exactamente diez minutos, cuando miró el reloj de pared de la cocina.

martes, 16 de octubre de 2012

La paranoia II: los verbos irregulares. (Hojas sueltas del diario de una galeanista)


Me cuesta tanto la conjugación de verbos irregulares. Me asustan, no los entiendo. Sospecho que son trampas. Baldosas sueltas del piso que sobrepasamos. Guiños del idioma que intenta sobrepasarnos, no dejarnos dormir. Fallas en la receta que nos indica, ordena y predispone para que el resultado sea el esperado.
Cuando una estudia otro idioma, comienza con el verbo por excelencia: “ser”, y luego pasa a los verbos regulares, aquellos a los uno que puede predecirles el curso. Aquellos que uno puede agrupar y adivinar cómo será su conjugación a futuro y cómo fueron en sus pretéritos.
Entonces me invade una paranoia azul, detenida, dormida. Porque los intuyo. Sé que van a aparecer, como aparece a veces la muerte; vestidos de negro, con puntas filosas y máscaras huesudas. Me rompen los esquemas porque me anticipan un error que no me permite sostener los dichos, las conversaciones, las comunicaciones.
 No pretendo un mundo donde pueda ser que yo cabo, condují u oleo. El hecho de que todo se asemeje, que todo siga la misma regla de acuerdo a tres modelos, también me genera una paranoia pelotuda.
Sostengo una arraigada búsqueda de la irregularidad, descubrir las asimetrías para comprender los caprichos de lo marginal, de lo que nos distingue, nos separa. Pero tengo el temor violeta de que un día voy a quedarme con la total certeza roja, que incluso los más irregulares, los asimétricos, ellos también construyen sus reglas; sólidas, propias y absurdas.

lunes, 8 de octubre de 2012

La paranoia. (Hojas sueltas del diario de una galeanista).

La paranoia, pecado capital ignorado, es mi favorito.
Me pasaba desde chiquita. Mi mamá me torturaba con que los pajaritos le contaban cosas, y yo tan ingenua que pensaba que ella era bilingüe o yo una idiota que no sabía hablar con ellos, que me faltaba tanto de esta vida para poder andar por ella con los hombros llenos de galardones de batallas, sin importar si eran por triunfos o derrotas, porque a los derrotados también se los premia.
Porque lo intentaba, me sentaba, ponía el culo en el pasto, miraba las ramas verdes y les decía cosas. Esperaba un “pío-pío” como para sentirme que estaba viva, porque la única forma de sentirse viva es cuando a una la escuchan.
Pero el silencio también es respuesta, a veces la más cruel, otras la más cómoda y convincente. Y entonces comenzaba a perseguirme, a sentirme una paranoica que, por una razón que desconocía, no era digna de conocer la verdad de los pajaritos. Era indigna de sus secretos, de lo que veían del mundo. ¡Cómo si el mundo se viera de forma diferente cuando una puede verlas de arriba! ¡Si una está arriba; no forma parte! ¿De qué manera puede el observador saber más que el observado? Supongo que existe una manera; para hacer hay que saber observar.
A veces me paseaba como una idiota por debajo de los árboles, abriendo de par en par mis brazos, simulando ser un avión para el resto de los humanos, pero con la esperanza de que ellos me mirasen como un par. Que se dieran cuenta que estaba simulando el vuelo de un pájaro, queriendo levantar vuelo, queriendo que el viento me de dirección.
Pero nada, y entonces las noches eran la sucesión de sueños con aves y los días, la obsesión de abandonar toda actividad por no poder concentrarme: andar con la cabeza llena de pájaros, imaginarios, con alas suaves, coloridas. ¡La niña de los pájaros en la cabeza! Y soportar a mi madre diciéndome: “Vos tenés pajaritos en la cabeza. Pronto no vas a saber si vas o venís”.
Hoy en día tengo una vista espléndida desde el ventanal de mi trabajo, y a veces, me quedo mirando a los pajaritos y digo en voz alta: “qué animal pelotudo”, procurando que mis compañeros me oigan, para intentar disimular este traje rosa pálido que me desnuda cuando me detengo demasiado en ellos y la paranoia comienza a piarme cerca de la oreja izquierda.
Porque me pregunto si ellos comprenden todo, si me están observando con esos ojitos pequeñitos de semilla. Entonces abro la ventana, intento acercarme y los miro con atención. Les muevo la mano y les digo cosas, pero no se inmutan. Y yo atino a decir: “Qué pajarito de mierda”, para ver si reaccionan…
Temo, sí; tengo miedo. Una día está paranoia va a marcharse, y todo será mucho más difícil.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Siameses.


…y lo que resta entonces es configurarse de formas extrañas, nocturnas. Unirnos en algo parecido a una ceremonia o a caer en un pozo profundo, tan profundo que no importe donde caigamos sino el acto de caer juntos.
¡Qué nos tengan miedo! ¡Qué se crucen de vereda al vernos! ¡Qué el terror, hijo mudo de lo nuevo y por ello desconocido,  los invada y les paralice los dientes! ¡Qué se rompan la cabeza pensando, decidiendo cuántos somos! ¡Qué los empleados del Registro Civil malgasten su tiempo debatiendo si deben darnos uno o dos documentos de identidad!
Porque ellos dudan creyendo que el mapa es territorio, desconocen los procedimientos que hemos establecidos por el cual este hombro es mío, ese ojo es tuyo y este pecho es solo un campo de batalla. Y lo interesante son los momentos en los que los olvidamos y vos miras con mis ojos, yo toco con tu mano, y ambos caminamos con nuestros pies.
Somos monstruos. Somos tan monstruosos así; juntos, siameses, pegados, en esta negociación constante de decidir de quién es este corazón estúpido y tonto que compartimos; y, a veces, ninguno de los dos quiere hacerse cargo…

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Serenata de Alicia y la almohada. (III-Ejecución).


Alicia baila y amasa la almohada. La arropa y confía.Y entonces la vida es calor, es tener una almohada donde poner la cabeza y hablarle, contarle. Alicia le cuenta historias de cosas que no han pasado.
Alicia ha aprendido que el silencio también habla. Que el silencio también crea, deja lugar y entonces ya no se muerde los labios si no que los relaja. Y lo que espera no son las respuestas de un puñado de plumas y el único miedo es darse cuenta de que ella puede pensar de forma oscura y tenebrosa, porque el resto del mundo también puede hacer lo; y entonces la inocencia se vuelve el platito de la taza de té de una abuela, que lo ve, lo siente, lo usa, pero lo ignora, simplemente no le presta atención.
Alicia ejecuta su serenata, como todas las noches. Canta suave y luego todo es sueño para afuera, pero para adentro es otra cosa. Te lo explicaríamos camarada, te lo explicaríamos, pero, por ahora, somos celosos de nuestra revolución, la cuidamos tanto que es casi un secreto…tampoco es tan fácil andar de palabra en palabra contando lo que Alicia siente.
Alicia se alivia. Camarada, parece que andamos solos, parece, sosteniendo esto tan grande que le decimos mundo. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Serenata de Alicia y la almohada. (II-Llenando el pentragrama)


Alicia y yo a veces nos confundimos, afirmamos que la violencia de género es pegarse con almohadas. Romper lo inmóvil, ceder ante el elogio de la docilidad de una almohada y largar el juego.
Y luego nos ponemos serios, nos dedicamos al rigor académico, a la definición de quienes saben decir, y concluimos entre pipas de tabaco y licores que la violencia contra las almohadas es la única violencia lógica. Violencia amenazadora, intimidatoria. Concentrarse en la violencia del puño, ahorcarlas.
Nos ponemos tan académicos que nos olvidamos de los hechos, de los actos, de las acciones, y conformamos un mundo que se sostiene en palabras donde cada paso puede ser repasado una y otra vez. Explicado hasta el aburrimiento, construido ladrillo a ladrillo para presuponer lo pasado y futuro. Pero hay un momento en que nos miramos profundamente porque nos damos cuenta que aquellas palabras se quedan cortas, nos falsean la mirada.
Sucede que Alicia tiene miedo de las almohadas, porque se pregunta (cuando el terror empieza a estirar los brazos como si se levantase de una siesta): ¿Quién rellena nuestras almohadas? Llámenla paranoica pero yo también lo he pensado: desconocemos las intenciones de los fabricantes de almohadas. Desconocemos si sus fines son solo capitalistas. Desconocemos si utilizan artefactos que controlen nuestros sueños o nos susurren barbaridades cuando entramos en la etapa r.e.m. Y simplemente nos dedicamos a apoyar nuestras cabecitas, confiados. Le entregamos un tercio del día reposándonos inocentes en la cadena de consumo.
Y la violencia se entiende lógica porque Alicia le ha contado tantas cosas, ha ido tan confiada por sus sueños y, sobretodo, ha esperado sus contestaciones. Mundo cruel Alicia, que ni siquiera nos permite la dialéctica entre persona y almohada. Tesis, antitesis y síntesis como forma de entender el mundo, de darlo vueltas y vueltas. Alicia se vació de preguntas y respuestas que salen disparadas a toda velocidad y se chocan contra la pared de tela.
Y entonces; la locura es romper almohadas, romperlas con bronca, para ver de qué están rellenas. Desafiar a Antoine de Saint-Exupéry, ver la esencia de las cosas, ¡con los ojos1. Y luego quedarse tonto, abrazadito a las partes rotas, con los oídos con signos de pregunta, como siempre. Viendo lo que cada uno es capaz de romper. Ver Alicia arrodillada frente a sus pedazos de almohada.
Y después lo que sigue, como si el amor fuese una coreografía de la cual no conocemos los pasos y la improvisamos, a riesgo de mezclarnos los pies, porque nunca ponemos atención. Y Alicia busca una almohada nueva y la abraza, como si el amor se renovase, como si hubiese entendido la coreografía, y nuevamente comenzará a mover los pies.
Y a la larga, todo es ir por un pentagrama, desordenado, improvisando, borrando, pero todo está ahí, con su ritmo, con sus pausas, con sus indicaciones.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Serenata de Alicia y la almohada. ( I - Pentagrama vacío)


Algunas conversaciones debieran hacernos sentir un poco locos, presupongo. Digo conversaciones por tener que catalogar. Debiera existir una palabra que no nos deje dudas. No tenemos en nuestro vocabulario una palabra que nos indique un diálogo donde ninguna de las dos personas se presten atención, o donde solamente una de las personas hable. Tal vez existe, y yo no las conozcan.
¿De qué forma puedo confiar en un mundo que no está dispuesto a enseñarme todas las palabras? ¿De qué manera se puede aceptar un mundo en el cual no nos permitamos el derecho de inventar una palabra que defina inequívocamente algo nuevo, o algo a lo que nadie le ha prestado demasiada atención? En resumen solo existen dos tipos de personas: aquellas que están dispuestas a abandonarlo todo, y aquellas que no, que prefieren conservar todo tal cual es, tal cual está. Lógico; porque sacando todos los tamices, solo tenemos dos acciones: retener o abandonar, dejar ir.

martes, 21 de agosto de 2012

La almohada.


y luego todo lo que sigue es preguntarse, hablar en sueños raros, con códigos absurdos. Aceptar que una flor crece en un lugar ajeno a las flores, que crece en los pastos de los ladrillos. Y desconfiar de la paciencia de la flor para crecer, así, floreciendo, pasando el otoño, sintiendo cada fin de verano que el próximo será el último, pero no. Pasa el otoño, y por leve, comienza a preocuparse uno por el invierno. Y advierte a quién quiera oírlo: “¡No sé cómo pasaré el invierno!”.
Hablaré con mi almohada sobre todo esto y sé que no obtendré ninguna respuesta. Mi almohada es tan cobarde, casí tanto como las flores que apenas se muestran, que apenas nos dejan intuir la profundidad de sus raíces. Intentaré ahogarla, axisfiarla con el peso de mi cuerpo, o poniéndola entre mis rodillas y apretar.
No debiera confiar en mi almohada. No debiera. Parece muda, sorda, ciega. Simplemente no me habla, pero mi mayor miedo es lo que guarda, lo que encierra, lo que podría contarle al resto del mundo, al otro mundo….


martes, 14 de agosto de 2012

Como si hablásemos de amor.


-Son notas pequeñas, delicadas-pensó.
Claro qué era así. Cartesiano por intuición, sin demasiadas explicaciones. Ordenar la cabeza, ordenarla de a pasos, para comprenderlo todo en su plenitud, y repasar lo comprendido hasta estar seguro de no haber dejado algo sin ver, sin analizar.
Le miró los ojos de cerezas oscuras, de bosques de sombras verdosas y marrones, de aguas calientes que sirven infusiones misteriosas y adictivas, y comprendió.
-Cada nota aparte de la su predecesora y su consiguiente carece de importancia. Cada nota se debe a su duración. - le dijo casí en voz baja.
Imaginó entonces, la sucesión perfecta, de negras, corcheas. Las pudo dibujar en su mente, en su pentagrama mental, pensando que ella también era música, era su música, la que dibujaba de a poco. Traducción simultanea.
Sonrió entonces, se sintió feliz, se sintió músico, pero ignoró que aquel pentagrama creado no era música aún. Sería música cuando alguien la ejecutase, silbándola bajo un árbol o con una orquesta en un teatro lujoso. Cuando esa representación pase del papel a cobrar vida gracias a las formas, al proceso de traducir las emociones.
Casi como si hablásemos de amor…

domingo, 12 de agosto de 2012

Periplo - Agosto

Este mes la revista Periplo trata acerca de la creación.

Allá por las últimas páginas encontrarán los textos que escribí.

http://issuu.com/revistaperiplo/docs/periplo_agosto_12dr

"La creación es un combate".

domingo, 5 de agosto de 2012

Ignorancia


Acaso si habrán de pasarme cosas terribles, sospecho que será culpa de la ignorancia. Aunque esa sospecha es por la simple deducción de lo acontecido hasta hoy.
He intentado en vano comprender la realidad. He intentado convencerme que esta podía atarse a un plan único e ineludible, de tal forma que siguiendo tal o cual receta, se llegaba a un resultado esperado. Ignorando que la realidad es como un ajedrez donde uno apenas conoce los movimientos permitidos, e incluso es posible realizar movimientos por fuera del reglamento con la posibilidad de no ser descubierto, y aún siendo descubierto, es posible que se lo permitan.
Supongo que hay cosas que ignoro por corto tiempo y otras que nunca descubriré que ignoraba. Incluso debe haber alguna que conozco de forma equivocada. Pero ya no les tengo miedo, es simple, he comprendido algo; lo que debía comprender para despegarme de ese miedo.
He comprendido parte del mundo, tal vez migajas o algún fragmento más considerable. Funciona de esa forma; fracciones mínimas a las cuales uno no presta atención hasta que se manifiestan en algo ineludible. Los huracanes nacen en pequeños vientos, el otoño nace en un puñado de hojas que se secan y la primavera rompe la represión de los colores marrones con un diminuto brillo de flor amarillenta, y otras veces verde.
Ignorarlo no es grave por el hecho en sí, es grave y preocupante porque significa no prestar atención al mundo y sorprenderse con la total consumación. Sorprenderse por hechos comunes, lugares conocidos, actitudes esperadas.  
 Me preocuparía perder la sorpresa, pero me sugiero que no ha de pasarme a mí. No por ser poseedor de un don especial. No he descubierto dones especiales o naturales, al contrario, los he trabajado incluso a costa de que me mantengan sobre una línea delgada que me impide definirme como tal o como cual.
Aún procuro sorprenderme con los glaciares que se derriten en los vasos, con los brillitos que sueltan algunos libros, con los juegos que producen los puntos y las comas, tener miedo (porque alguien debe tener miedo en Buenos Aires), adivinar lo que escondemos. Porque procuro que un día no seremos cajones cerrados con llaves diminutas, ni intentaremos comer flores secas.
Lo procuro con unas ansías casi pornográficas.
¿Usted se hace o es? Las respuestas suelen ser más calificativas que las preguntas. Pretendo que se me califique por mis preguntas. Responder, responde cualquiera, incluso los ignorantes.

lunes, 30 de julio de 2012

Las quejitas.


Alguien se quejó: ¿Cuándo voy a aprender que la gente no cambia?
Si fuese así, si la gente no cambiaría, tampoco cambiaría la persona que escribió, por lo tanto; nunca lo aprenderá.
Pero si la gente cambiase, la que escribió aprendería; por lo tanto también habría cambiado. Por lo tanto, se puede afirmar que la gente cambia.
He aquí un pequeño dilema, o una simple mentira. Uno aprende lo que quiere.

domingo, 22 de julio de 2012

T.O.C. II


Camina desnudando al misterio, dejándolo como una pareja sorprendida en plena acción romántica bajo un puente por una manada de turista. Cualquiera adivina qué está haciendo. Camina eludiendo las líneas de las baldosas. Por loco, por loquito. Le pasan las señoras a su lado y lo miran raro, le miran los pies machucados de bailarina de asfalto que se desforman y amoldan a un trayecto poco claro que se improvisa paso tras paso.
Hasta aquí la versión oficial, la que se presenta en las tapas de los diarios que la gente lee para evitar poner atención al mundo, para convencerse de que la realidad es una partecita, es el té sin el saquito que se seca al costado. Aquellas que ignoran la labor de Rolando, o en su defecto, lo tildan de loquito. Rolando evita las líneas de las baldosas porque supone reacciones terribles si acaso él las tocara.
Rolando cree que a cada línea de baldosa que toca una peca deja de alunar una cara, un bichito de luz apaga su culo, las enredaderas se ponen lisas, las metáforas se escriben con signos de pregunta, un poeta se vuelve político, o un economista utiliza la ley de la oferta y la demanda para explicar la pobreza.
Este mundo está sostenido por pequeñas acciones, pequeñas manías, pequeños sueños, de tipos que pasan desapercibidos o que muchos tildan de gente rara. Incluso de aquellos que cuentan las palabras de este texto, y si es un número par, suspiran aliviados…

lunes, 16 de julio de 2012

T.O.C.


Todas las mañanas Rolando prende la radio, toma mate y mira por la ventana. Entre cebada y cebada mueve la bombilla. La da vuelta para hacer durar la yerba. En realidad lo hace para seguirse el juego.
El juego que realiza es el siguiente; calcula a ojo la cantidad de agua que pone en el termo para que la cantidad exacta de mates sean dieciocho. Ni uno más ni uno menos. Por lo general gana, pero a veces se queda corto y otras se pasa. Algunos días se enoja con lo que escucha en la radio, se desconcentra y rebalsa varias cebadas, haciendo peligrar la legalidad del juego. Cuando termina, sin importar el triunfo o la derrota, hincha sus pulmones de aire y luego suelta un suspiro fuerte que se transforma en un soplido, en un huracán bebé verdoso y húmedo.
Rolando cree que ese huracán bebé sigue su rumbo y es lo que hace girar el mundo. Luego se marcha, se pierde entre el resto de la gente que ignora su labor y lo empuja en el subte o le pide un moneda. 

sábado, 14 de julio de 2012

Las canas.


Todavía no peino canas pero, a veces, el espejo me devuelve una y yo me pongo un poco romanticón (como la mirada de la Condesa d`Haussonville) y las pienso que son como recuerdo por cada uno de los labios de señorita que maleducadamente me dijo que ¡no! ¡no! ¡no! E incluso me amenazó de muerte genital si no quitaba mis labios de ahí. Y yo aquí, tan sin ellas que nunca  pude dedicarles un ¡gracias! Para qué quisiera yo una señorita que me ande diciendo que saque los labios de aquí o de allá, no logro entenderme, como tampoco logró entender para qué quisiera yo una cana como recordatorio. Y entonces, la arrancó con fuerza, tirando seco, sabiendo que luego volverá, como vuelven los recuerdos de las mujeres. De las malas, porque las buenas uno las olvida rápido. Mi abuelo decía: La donna è come un coltello, y a pesar de que tuve que recurrir a un diccionario italiano-castellano, es cierto;  si sirve, te corta y te deja una marca, una cicatriz, y si no sirve, no te deja nada.

Nota: Repasando post antiguos encontré este pequeño texto que formaba parte de un texto largo. Me gustó y lo recorté. Creo que voy a hacerlo más seguido, bajo la etiqueta de "Una vez escribí esto".

lunes, 9 de julio de 2012

Alicia, los balcones, las ventanas y los pájaros. Desarrollo colombínico.


Alicia, asomada a la ventana, se cree parte. Se descubre en los valles escondidos. Ve sombras cuando el sol está marcando el mediodía, flores en las hojas otoñadas de los sauces, y resabios marrones y aplastados en las flores del jacarandá. La acusarán de neutra, de incapaz de tomar posiciones.
El mundo funciona así; dando vueltas para centrifugarte, confundirte y dejarte de un lado o del otro. Y uno tan inocente, tan niño, que cree que ha elegido, y lo único digno que puede hacer es defenderse.
Alicia se asoma y ve pájaros. Pájaros en los cables, en los árboles. Callados. Amordazados. Nada más triste que un pájaro amordazado. Los pájaros fueron los primeros músicos de este mundo cuando todavía la música era la simple combinación de sonidos y no la amalgama de fragmentos pasados que luego confundimos con tanta onomatopeya, con tanta industria, que nos convencieron de otra cosa.
Pensá con música Alicia. Pensá. No te limites a las palabras o las imágenes. Hubo tiempos de pájaros más vivaces, más alegres. Hoy andan con la rabia agarrotada, tiempos de pájaros guerreros. Hoy es tiempo de pájaros que cantan bajo, pero cantan.
Sospecho actitudes crípticas, terroristas y simbólicas. Sospecho que los pájaros están interpretando una sinfonía, cada cual por su lado, solo falta aquel que las dirija, que las haga sonar al unísono.
Y sin embargo, Alicia se apoya en la ventana con un tanto de miedo. Miedo a que la música se acabe. Hoy más que nunca: no escuches a tus miedos, Alicia, escucha a los pájaros.
Ellos no solo cantan, también hablan. La dinámica del chisme. ¿Te lo contó un pájarito? Al fin y al cabo, un chisme es un recuerdo hecho historia, hecho cuento, literatura mundana.
¿Necesita este mundo más personas que interpreten a los pajaritos? ¿O solo menos gente que los utilicen como escudos? Lo que cuento también forma parte del recuerdo, en algún lado, en cierto tiempo. No he decidido si hacer cargo a los pájaros es cobardía, o forma parte de una estrategia de ahorcar un realismo que solo termina entristeciéndonos frente a un ventana cerrada un día de invierno con el frío queriéndose meter por las hendijas.
Entregarse al realismo es dejar rengo al niño que empuja dentro, al que imagina, al que descree de algunas cosas y da fuerzas para creer en otras.
Estás loca Alicia, los pajaritos te hablan. Si algunos escuchasen lo que te dicen, les dirían locos a ellos. Pero lo cierto es que te suena muy coherente. Tan coherente que preferirías el silencio para que no te señalen con el dedo y te persigan. El silencio es lo único que nos defiende cuando nos obligan a decir aquello que se contradice con lo que pensamos.
Alicia comprende: Necesitamos balcones, o al menos ventanas, para ser parte, para asomarnos, pero sobretodo para que la brisa nos cachetee suave en la cara y nos sintamos pájaros. Un balcón es un simulador de pájaro.

viernes, 29 de junio de 2012

Alicia, los balcones, las ventanas y los pájaros. Preliminar.

Al mirar por la ventana se ve un poco el mundo. De igual forma por un balcón francés, cuyo nombre debiera parecernos un chiste.


Subjetividad, Alicia; solo ojos aburridos verían lo mismo una y otra vez. Abrí los ojos, como se abren los frascos; con fuerza o incluso forzándolos. Golpeate la córnea contra el borde de una mesa, o hace fuerza contra tus párpados envolviendo un repasador en tu mano.
La belleza es una manifestación de subjetividad, Alicia. Las ramas de los árboles que tapan el cielo, te bellacean los ojos. Nos bellacean a los dos. Ve belleza. Bebe belleza. Forza al mundo, agarralo del asa. Achina los ojos neutros, y miralo a lo oriental. Meditación transcendental. Mirar más allá del discurso, transponerse de tal forma que las palabras no funcionen como un obstáculo, o una restricción para el pensamiento.
No es lo mismo un balcón que una ventana. Y un balcón francés termina siendo una ventana hasta el piso. Un disfraz (lindo, muy lindo), para los que nos empobrecimos mirando las estrellas, porque lo bello es como el crimen, no paga.
Una ventana es para mirar al mundo. Un balcón es para invadirlo, ser parte sin compromiso. Y un balcón francés es la mentira que nos atormenta. Porque tenemos el remedio, pero nos quedamos leyendo el prospecto, debatiéndonos entre el asome y la invasión.
Alicia se asoma a la ventana; porque asomarnos por la ventana es lo que le da sentido a la misma. Una ventana es inútil sin nadie que se asome. No hay ningún riesgo en asomarse por una ventana. ¿O no?

viernes, 22 de junio de 2012

Alicia y las preguntas.


Habrá otras soluciones pensó Alicia, agazapada en la cama. Habrá otros mundos, otras canciones, pájaros que vuelan de otra forma.
Pero se aburría, y miraba el techo. Se preguntaba cosas luego.
¿Qué harán los techos cuando se aburren? ¿Miraran personas?
¿Habrá estrellas paranoicas que se sienten perseguidas por los soñadores?
¿La luna escribe poemas sobre poetas?
¿Es posible que un día se acaben las distintas combinaciones de sílabas que componen el universo de los sonetos? ¿Nos encontraremos ahí en el fin poético del Universo? ¿O haremos trampas inventando letras nuevas?
¿Cuándo alguien hace un truco de magia, llora un defensor del realismo?
¿Decir “sentimientos encontrados”, es lo mismo que “encontrar sentimientos”?
Las preguntas cuelgan del techo. Alicia: Vivir es algo que sucede. Un hecho involuntario, si uno no pone atención.

viernes, 15 de junio de 2012

Los hilos.

La luna se nos parece, che. Mitad tan clara, mitad oscura. Pensás en la luna  y en verdad no podés pensar en ningún color, porque hay un color que es color luna.
No me digas que es gris, porque no veo diferencias entre eso y clavarme un cuchillo en la espalda. Decime plateada, a lo sumo. Y sí, al final, es más fácil ser que parecer.
En fondo nos gustaría ser lunosos, y no lunáticos. Pero es lo más cercano que podemos estar. Pero nos contagiamos de esto que nos rodea, que nos dice que tenemos que aceptar que el tiempo le pertenece a los relojes.
Al final, solo nos queda un album de instantes fijos. Y lo único que podemos hacer es condensarlos, imagen a imagen, y unirlos con un hilito. ¿Sabés que es eso? Eso es literatura, pero también es recuerdo, es melancolía, es poesía, es aprender. ¿Donde está la diferencia? La diferencia está en ese hilo.
Eso, también, es la vida de los otros. Fragmentos de fotografías. Unidas por hilos. Imposible asimilar el verbo sino a través de fragmentos. Si no fuese por esos fragmentos, todo sería un realismo absurdo, destructivo.
¡Ay Mondrian!  El arte se volverá innecesario cuando estemos en lo real absoluto. Porque la creación siempre está ligada al ejercicio de pensar y, sobretodo, al ver que la luna se nos parece. Nada tiene que ver con lo absoluto. 
Donde habita lo real, no hay lugar para la magia. Yo sueño esos hilos. Salivosos, transparentes, invisibles, azules, verdosos, trenzados. Imaginarlos, sentirlos, transpirarlos. Anhelo esos hilos con la total perdida de solemnidad. Y que seamos así; enamorados de la luna, como los toros, abandónicos.
Hoy, que el mundo está sostenido por tus hilos, tengo un miedo lunoso, hermosamente lunoso, pero plural, muy plural.

jueves, 7 de junio de 2012

Res, non verba.



Y aquello de pensarlos amantes era tan raro como llamar músicos a quienes armaban cajitas musicales. Pero no importaba, porque los títulos no importaban, había que darle importancia a los verbos, a las acciones, no a los sustantivos o a los adjetivos. Res, non verba.

miércoles, 6 de junio de 2012

Invocación del sueño XI


Imposible dormir. Buenos Aires tampoco lo hacía, siempre estaba con sus ojos de faroles, de luces de calle, de hombres revolviendo basura y jóvenes gritando que el mundo sería siempre igual, que no habría lugar para un suspiro revolucionario o un golpecito de corazón que intentase cambiar el color del cielo. Pensando que era correcto que el cielo no fuese siempre celeste, que a veces debía ser gris. Como si hubiese un principio o reglamento de fundación de una ciudad moderna que le expropiaba la capacidad del azul del cielo. Nos conformábamos con el cielo de noche, cuando era imposible determinar el color del cielo, al menos en esos días que la luna, caprichosa y celosa, se mostraba poco para tener prestigio.

sábado, 2 de junio de 2012

Cielo.


El cielo es el punto más cercano entre dos lugares. Creo. Supongo. Sugiero. Escribo para jugar (como siempre, sin palabra no hay juego).
Quisiera decirte que mires el cielo, que es nuestro punto en común. Vos ahí, tan lejos, por la propia decisión tuya de estar así: lejos
Quise pensar que el cielo es igual es todos lados…y ahora no lo sé. No sé si el cielo es igual en todos lados. Sospecho que sí. Le habría sugerido a Dios que así lo fuera, si hubiese tenido la oportunidad.
Habría agregado algunas sugerencias más y un puñado (pequeño, tan pequeño que apenas quepa en una uña de bebé) de imposiciones. Al final de cuentas, la vida es una fuente de opresión pero también de poder de negociación para nosotros, los que nos disponemos a hacer uso y, de cuando en cuando, abuso. Dios fue el primer burgués del mundo. Sabía Él, sin nosotros no hay mundo, pero nuestros sindicalistas suelen ser tan idiotas y corruptos. Sin embargo, nosotros, el hombreletariado, le ponemos el hombro. Vivimos sin exigir, pensando que solo cuesta eso: vida.
Tal vez un día nos organicemos en serio. ¡Enseriamente! Piquetes celestiales, ofrendas a reglamento, huelga de rezos caídos. Yo le hubiese llevado la escalera a Machado para quitar los clavos.
El cielo es el mismo, me convenzo. Para todos, en todos lados. Lo que es distinto es el ojo. Teoría de las nubes filtrantes. Vaso medio lleno, vaso medio vacío. No importa el vaso, me importa el contenido. Me gustan los vasos con whisky, no con agua.
Wilde decía que todos estamos en el arroyo pero que solo algunos miramos las estrellas. ¡Qué lindo sería que mirásemos las estrellas! Aunque sea así, uno tan lejos del otro.
Sospecho que a este mundo lo controlan los colectiveros, los peajes, los ferroviarios y las empresas aeronáuticas, que nos ponen trabas para que estemos uno al lado del otro.
Estamos cerca, a pesar de todo. Nos une este cielo, a veces celeste, a veces negro plateado. Miralo, mirame, mirémonos…(linda).

domingo, 27 de mayo de 2012

Los balcones.


Adorar los balcones. Adorarlos por el viento que sopla en nuestra cara. Se les ha escapado a los religiosos, a las constituyentes. No se ha leído acerca de ellos, nadie ha hecho canciones, refranes o poemas.
Adorarlos por su masa de cemento, madera y hierro. Adorarlos porque son el preludio del vacío. Un elogio al equilibrio. La paz en los balcones, los balcones de paz. Pararse. Tomarse un minuto.
Habrá un tiempo arriesgado, de todo o nada, donde abandonaremos los cordones, y el equilibrio será ahí, en los balcones, con el riesgo de una caída al vacío. Madurar tiene sus riesgos, linda. Esto se decirnos niños nos cae tan simpático que nos hace sonreír, pero es insostenible.
Hay balcones por todos lados en esta ciudad. Puntos panorámicos.  Vaya a saber usted, vaya comprender si formamos parte. Sonría, nunca sabe quién puede estar observándolo.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Como Dios manda.


En la esquina de Medrano y Rivadavia hay un bar. Yo estoy ahí, mirando. Como se mira el tiempo: sin observar el reloj. Y los veo, porque mirarlos es mirar la hora, lo que sucede, el pulso de la vereda, la el nudo de la calle.
Son dos. Se miran y se besan. Son besos sin trampa, con principio de vuelo bajo para luego elevarse, andar por el aire calmo, liviano y lento.
Confundidos, complotados. No puedo apreciar donde termina ella, donde empieza él. Se mienten cosas tan lindas que podrían hacerse verdad.
Como Dios manda. Ellos se besan como Dios manda.
Yo no sé si Dios así lo manda, no he tenido ninguna epifanía acerca de esto. Tal vez, Él prefiere quedarse al costado, como casi siempre parece. Pero ni mierda, si Él manda hacer cosas así, pues tal vez deberíamos ir a tomar un café o un whisky algún día. Sospecho que podemos hacer grandes negocios.

lunes, 21 de mayo de 2012

Rabioso.

A veces ando así, un poquito rabioso,
defiendo cosas que nadie defiende,
escribo cosas que nadie lee, y no importa.
Me gustaría cambiar el mundo, sí,
pero me conformo con mucho menos,
me conformo con no arruinarlo tanto.



lunes, 14 de mayo de 2012

No pensarla.


No le pienso, compréndalo.
¿Para qué? ¿Para descubrirle los ojos como almendras a usted también? ¿Incluso a pesar de que se cortaría su brazo izquierdo antes de probar una? ¿Qué quiere? ¿Quiere que comprenda que carga estrellitas en el pie? ¿Qué le sulfura la miel y el vino por las yemas de las manos?
Sí, lo sé. Conozco a qué saben sus labios, estaba con usted cuando los probé. No lo olvide. Pero no pienso en ello, tampoco. ¿Qué quiere que comprenda? ¿Qué hay que besarla en puntas de pies para evitar que los dragones se despierten? ¿Qué hay que invitarla con la cadera tenue e inocente para que se deje llevar? ¿Qué debería prestar atención al hecho de maltratarle los breteles?
¿Usted sospecha acaso, lo mismo que yo? ¿Sospecha que esto que puede pasarnos es absurdo, vulgar, frágil, repetido y cursi? No pretendo la inmortalidad, incluso sospecho de sus intenciones (las de la inmortalidad), pero le temo a las historias vulgares, las que podría leer en una revista de peluquería.
Le he mentido, no sospecho aquello. He notado las notas, los do re mi que le salen de los párpados cuando pestanea. Por eso no le pienso. Porque las he visto sonar con tanta simpleza que me ha parecido natural, y por lo tanto no me ha despertado sorpresa. Escuché como engola la cornea y canta impostando la voz desde nervio óptico. La voz del ojo nunca desafina. ¿Con qué tipo de sentimiento pretende que ande por el mundo luego de esto?
No le pienso. Compréndalo. Sé que carga pecas en el pecho, en la espalda pero no en la cara. Y no me escudo en ninguna regla ni excepción que sugiera no pensar a este tipo de mujeres. No estoy atento a las leyes de la cognición, mesurada o no, por lo tanto desconozco si debería ser destinatario de algún castigo. Desconozco si al no pensarla usted deja de existir, y solo es capaz de andar en vida al primer momento que le dedico una neurona. Así ando por el mundo, obviando el cogito ergo sum.
No le pienso. Ni siquiera lo intento, no me hace falta, ya la he comprendido con los ojos apenas la observé, no necesito dedicarle ni siquiera un instante de parloteo entre neurona y neurona…
No le pienso, y agradezca. No vaya a ser cosa que un día de estos me encuentre pensándola tanto que termine por ponerme incómodamente enamorado…usted me entiende…no me haga decirlo. Nos desconocemos lo bastante bien como para comprender que sería inevitablemente encantador, pero también desnivelado e inconfortable.
Asumo que hay una excesiva metafísica en esto de no pensarla.