No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



lunes, 8 de octubre de 2012

La paranoia. (Hojas sueltas del diario de una galeanista).

La paranoia, pecado capital ignorado, es mi favorito.
Me pasaba desde chiquita. Mi mamá me torturaba con que los pajaritos le contaban cosas, y yo tan ingenua que pensaba que ella era bilingüe o yo una idiota que no sabía hablar con ellos, que me faltaba tanto de esta vida para poder andar por ella con los hombros llenos de galardones de batallas, sin importar si eran por triunfos o derrotas, porque a los derrotados también se los premia.
Porque lo intentaba, me sentaba, ponía el culo en el pasto, miraba las ramas verdes y les decía cosas. Esperaba un “pío-pío” como para sentirme que estaba viva, porque la única forma de sentirse viva es cuando a una la escuchan.
Pero el silencio también es respuesta, a veces la más cruel, otras la más cómoda y convincente. Y entonces comenzaba a perseguirme, a sentirme una paranoica que, por una razón que desconocía, no era digna de conocer la verdad de los pajaritos. Era indigna de sus secretos, de lo que veían del mundo. ¡Cómo si el mundo se viera de forma diferente cuando una puede verlas de arriba! ¡Si una está arriba; no forma parte! ¿De qué manera puede el observador saber más que el observado? Supongo que existe una manera; para hacer hay que saber observar.
A veces me paseaba como una idiota por debajo de los árboles, abriendo de par en par mis brazos, simulando ser un avión para el resto de los humanos, pero con la esperanza de que ellos me mirasen como un par. Que se dieran cuenta que estaba simulando el vuelo de un pájaro, queriendo levantar vuelo, queriendo que el viento me de dirección.
Pero nada, y entonces las noches eran la sucesión de sueños con aves y los días, la obsesión de abandonar toda actividad por no poder concentrarme: andar con la cabeza llena de pájaros, imaginarios, con alas suaves, coloridas. ¡La niña de los pájaros en la cabeza! Y soportar a mi madre diciéndome: “Vos tenés pajaritos en la cabeza. Pronto no vas a saber si vas o venís”.
Hoy en día tengo una vista espléndida desde el ventanal de mi trabajo, y a veces, me quedo mirando a los pajaritos y digo en voz alta: “qué animal pelotudo”, procurando que mis compañeros me oigan, para intentar disimular este traje rosa pálido que me desnuda cuando me detengo demasiado en ellos y la paranoia comienza a piarme cerca de la oreja izquierda.
Porque me pregunto si ellos comprenden todo, si me están observando con esos ojitos pequeñitos de semilla. Entonces abro la ventana, intento acercarme y los miro con atención. Les muevo la mano y les digo cosas, pero no se inmutan. Y yo atino a decir: “Qué pajarito de mierda”, para ver si reaccionan…
Temo, sí; tengo miedo. Una día está paranoia va a marcharse, y todo será mucho más difícil.
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