No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



viernes, 7 de septiembre de 2012

Serenata de Alicia y la almohada. (II-Llenando el pentragrama)


Alicia y yo a veces nos confundimos, afirmamos que la violencia de género es pegarse con almohadas. Romper lo inmóvil, ceder ante el elogio de la docilidad de una almohada y largar el juego.
Y luego nos ponemos serios, nos dedicamos al rigor académico, a la definición de quienes saben decir, y concluimos entre pipas de tabaco y licores que la violencia contra las almohadas es la única violencia lógica. Violencia amenazadora, intimidatoria. Concentrarse en la violencia del puño, ahorcarlas.
Nos ponemos tan académicos que nos olvidamos de los hechos, de los actos, de las acciones, y conformamos un mundo que se sostiene en palabras donde cada paso puede ser repasado una y otra vez. Explicado hasta el aburrimiento, construido ladrillo a ladrillo para presuponer lo pasado y futuro. Pero hay un momento en que nos miramos profundamente porque nos damos cuenta que aquellas palabras se quedan cortas, nos falsean la mirada.
Sucede que Alicia tiene miedo de las almohadas, porque se pregunta (cuando el terror empieza a estirar los brazos como si se levantase de una siesta): ¿Quién rellena nuestras almohadas? Llámenla paranoica pero yo también lo he pensado: desconocemos las intenciones de los fabricantes de almohadas. Desconocemos si sus fines son solo capitalistas. Desconocemos si utilizan artefactos que controlen nuestros sueños o nos susurren barbaridades cuando entramos en la etapa r.e.m. Y simplemente nos dedicamos a apoyar nuestras cabecitas, confiados. Le entregamos un tercio del día reposándonos inocentes en la cadena de consumo.
Y la violencia se entiende lógica porque Alicia le ha contado tantas cosas, ha ido tan confiada por sus sueños y, sobretodo, ha esperado sus contestaciones. Mundo cruel Alicia, que ni siquiera nos permite la dialéctica entre persona y almohada. Tesis, antitesis y síntesis como forma de entender el mundo, de darlo vueltas y vueltas. Alicia se vació de preguntas y respuestas que salen disparadas a toda velocidad y se chocan contra la pared de tela.
Y entonces; la locura es romper almohadas, romperlas con bronca, para ver de qué están rellenas. Desafiar a Antoine de Saint-Exupéry, ver la esencia de las cosas, ¡con los ojos1. Y luego quedarse tonto, abrazadito a las partes rotas, con los oídos con signos de pregunta, como siempre. Viendo lo que cada uno es capaz de romper. Ver Alicia arrodillada frente a sus pedazos de almohada.
Y después lo que sigue, como si el amor fuese una coreografía de la cual no conocemos los pasos y la improvisamos, a riesgo de mezclarnos los pies, porque nunca ponemos atención. Y Alicia busca una almohada nueva y la abraza, como si el amor se renovase, como si hubiese entendido la coreografía, y nuevamente comenzará a mover los pies.
Y a la larga, todo es ir por un pentagrama, desordenado, improvisando, borrando, pero todo está ahí, con su ritmo, con sus pausas, con sus indicaciones.
Publicar un comentario