No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



sábado, 10 de marzo de 2012

De la bitácora de Salgraño, el capitán (qué abandono el barco).

Yo me sabía la formación de todos los equipos de la primera división, todos. Mientras más raros eran los nombres, mejor me los acordaba. Y, a pesar de que luego las estadísticas me aburrieron, en aquel momento, sabía, además,  otros datos increíbles e inútiles. Como la cantidad de goles que había metido Arsenio Erico en los campeonatos argentinos, o Guillermo Stabile en el mundial del 30 o la delantera del Racing de Córdoba del 82`. Y datos raros más raros aun, siempre hay que recordar esos, para impresionar al mundo, ignorante de datos tontos: como que el trinche Carlovich pudo haber sido el mejor jugador del mundo, o que en el 78, el club Piraña ganó el campeonato de la divisional D, y al año siguiente le ganó a J.J. Urquiza la final, ganando el campeonato de la C.
Es que a mí también me gustaba el futbol. Maradona, me parecía más grande que los Beatles, y por lo tanto que Jesucristo. Es que el mundo, se parece a una número cinco. Me obsesiona lo redondo. Nada más sano que competir corriendo atrás de una número cinco y gritar: ¡Orsai¡ ¡orsai! Como ley de último recurso, sin tener la menor idea de que quiere decir. Ahí esta bien el futbol, porque no vale pararse al lado del arquero, y esperar que venga una pelota furtiva para mandarla adentro, hay que moverla, moverla hasta que se de la oportunidad para embocarla al arco.
He pasado por todos los estados del jugador de futbol. Desde el que no puede parar una sola pelota, y es malo, muy malo, hasta el que tiene clase y te cuelga la pelota en el ángulo en un tiro libre. Porque Salgraño, supo tener dominio, era capaz de clavarte un gol desde un corner. De defensor férreo, seguro y con responsabilidad, al delantero que es capaz de meter un gol de chilena. Porque hubo una época, en la que era capaz de tirar esa acrobacia en cualquier parte de la cancha, y todos estaban pendientes de eso. ¡Salgraño! ¡La chilena! Y yo les respondía, saltando, y elevando mi pierna derecha por los aires, calculando el momento justo para pegarle un latigazo a la redonda y que vaya para donde tenga que ir. La costumbre de la chilena, la abandoné por cuestiones físicas, porque luego del impacto, Salgraño caía pesadamente sobre el césped, y vaya si duele. Gente temeraria los chilenos, con mucha resistencia al dolor.
Me acuerdo de aquel día de gloria confusa, íbamos perdiendo por goleada,  cinco a uno. Hasta que pasa. Atacábamos por la izquierda, y me mando por el medio. Cuando mandan el centro, me dí cuenta que ya estaba pasado. Y lo pienso. ¡Y sí! Me doy vuelta lento, y mirando la pelota, me inclino hacia atrás, y cuando la siento en el lugar justo, salto, y le meto la chilena a la pelota. No la agarré del todo bien, la roce con la punta del botín, pero fue suficiente para cambiarle la dirección, que se eleve y caiga como un globo, por atrás del arquero, adentro del arco. ¡Gol de Salgraño! Y levantamos, pensamos que se podía. Usted nos hubiese visto. Parecíamos unos locos que no entendían lo que era competir, gritando un gol que nos ponía cinco a dos abajo. Como aquel primer gol de un equipo argentino ante los inventores del futbol, los ingleses, que para festejar, pararon el partido y se metieron en un bar por unas copas. Al regreso, siguieron el partido, con la diferencia de 10 goles abajo. Aquel gol de chilena, era la defensa del buen futbol, del buen jugar. Después de ese impulso, levantamos, empezamos a rodar la pelota, pero no hubo caso, nos embocaron dos más y terminamos siete a dos abajo. Pero en el aire, quedó una sensación de falso triunfo. A pesar de las ganas, no se atrevieron a cargarnos, porque Salgraño, les había clavado un golazo de chilena, los había humillado. ¡Empate moral!
Pase momentos de futbol compulsivo, en que solo me importaba que jugar, y era capaz de improvisar un partido de tres contra tres en el living de una casa, rompiendo adornos y vidrios, o levantarme temprano un sábado para jugar un campeonato insufrible. Porque Salgraño, ha sido capitán de su equipo, aunque nunca supo bien, si elegir saque o arco.
Todavía no peino canas, pero, a veces, el espejo me devuelve una, y yo me pongo un poco romanticón, (como la mirada de la Condesa d`Haussonville, o cuando la libertad guía al pueblo),y las pienso que son como recuerdo por cada uno de los labios de señorita, que maleducadamente me dijo que ¡no! ¡no! ¡no! E incluso me amenazó de muerte genital si no quitaba mis labios de ahí. Y yo aquí, tan sin ellas, que nunca  pude dedicarle un ¡gracias! Para qué quisiera yo una señorita que me ande diciendo que saque los labios de aquí o de allá, no logro entenderme, no logró entender, para que quisiera yo una cana como recordatorio. Y entonces, me la arrancó, con fuerza, tirando seco, sabiendo que luego volverá. Como vuelven los recuerdos de las mujeres. De las malas, porque las buenas uno las olvida rápido. Mi abuelo decía: La donna è come un coltello, y a pesar de que tuve que recurrir a un diccionario italiano-castellano, es cierto;  si sirve, te corta y te deja una marca, una cicatriz, y si no sirve, no te deja nada.
Ahora, ya no pienso que Maradona era tan grande, pero me sigue gustando esa historieta, me gusta. Porque en el fondo, me hubiese gustado ser Maradona, y tomar cocaína, pero, de cagón, de cagón que soy, ni pruebo. O meterles un gol a los ingleses y decirle: “¡Toma! ¡Acabo de devolverle el equilibrio al mundo! ¡Vos te quedaste con las Fuckland y me mataste cientos de compatriotas, pero perdiste la copa! Ahora sí que la guerra tuvo sentido”.
Porque ahora, me pudrí del futbol, todo es comercio. Y todo es agresivo. Y no importa que ruede la pelota, y se mueva, y se mueva. Salgraño, defiende el valor de la pelota al piso, y a tocarla y tocarla, lujo, taco, gambeta, caño. Y ganar, pero ganar jugando bien. Menotista de alma.
Hemos perdido el romanticismo del juego. Y el juego del romanticismo.
A Salgraño, le parece, que, a veces, se usa el futbol como descarga, y que lo que importa no es la pelota. Pero, en definitiva, siempre es así, porque uno no se enoja con nadie, más que con uno mismo. Y entonces, necesita descargar. ¿Lo habrán pensado? Lo que necesita el futbol, es poner el ojo en la pelota, y no en la camiseta. Poner el ojo en la pelota, y no en la camiseta. Cuando pase eso, vamos a tenerlo de nuevo con nosotros, porque esto que veo, no es futbol. Parece, es muy parecido, pero no lo es.
Lo lamento, lo lamento en mi alma, menotista, pero Salgraño, el capitán, abandona este barco. Así, no va, así, no. Me duele que llore la redonda, me duele.
Y nos olvidamos de la pelota, que parece un mundo abandonado y triste, aunque igual la seguimos cagando a patadas. Porque tiramos una línea en el medio, y nos ponemos de un lado, o del otro, y nos puteamos, nos maldecimos entre nosotros. Parecemos políticos. Qué somos mejores, que ellos son peores, que ellos esto, que aquellos. La olvidamos, y cuando la olvidamos, nos descuidamos a nosotros mismo.
Adios.
Salgraño, abandona.
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