No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



lunes, 9 de septiembre de 2013

Inventario de dos, tres o más cosas. (Las bolitas).

De chiquito tenía una colección de bolitas de cristal. Ojo, yo no jugaba a las bolitas, no, porque yo tuve una infancia triste, muy triste, yo me dedicaba a otras cosas: Mirar la luna, juntar hormigas, vaquitas de San Antonio, mirar flores. 
De chico quería ser floricultor, miraba las flores, las estudiaba. Por ejemplo; la margarita, la vulgar y simple margarita. Hay un montón de variedades de aquello que llamamos margarita: Leucanthemum vulgare; Anacyclus radiatus; Anthemis tinctoria; Bellis perennis; Bellis annua; Bellis sylvestris; Chrysanthemum frutescens; Chrysanthemum leucanthemum; Anacyclus clavatus; Anthemis arvensis; Calendula officinalis; Argyranthemum frutescens.
¿Por qué a las flores les ponen nombres tan raros? No lo sé, pero a la larga sucede lo mismo que con cualquier otra cosa, a la larga sobreviene la simplificación. Primero, hay alguien que le da nombre a las cosas, un nombre justo, exacto, con fundamento, con un sentido. Es ordenado, disciplinado para ordenar las letras, generando una coherencia única, y después: después viene el resto de la gente para arruinarlo todo, con su costumbre de ponerle un nombre nuevo a las cosas, desfigurando todo, dándole una forma nueva, más aburrida, más vulgar. ¿Quién habrá sido el que le dio nombre a las cosas?  Esos nombres nuevos. ¿Quién? Como si todo necesitara un nombre.
¡Yo de chico tenía una colección de canicas, de bolitas de cristal, de colores diversos y distintos tamaños! Era hermoso verlas todas juntas, pero la belleza también estaba en poder mirarlas por separado, una por una, ver como de a poco se sumaban. Les ponía nombres.  Imaginaba que eran mis amigos, era tan solitario de chico. Qué infancia fea, en cambio ellas: eran hermosas, las tenía contadas, una por una. Llegué a tener ciento cuarenta y ocho bolitas, podría haber tenido más, pero ¿para qué? Estaba a punto de empezar a repetir nombres.
Mi primer bolita se llamaba Laura. No era la más linda, pero era la primera. La primera siempre es la más importante. Uno no se da cuenta de la nostalgia hasta que empieza a pensar, a recordar. La nostalgia es asunto de cosas que uno quiere y luego pierde, como si fuese un inventario de dos, tres, o más cosas; cosas que uno atesora. Un día las estaba contando, haciendo el inventario, y conté ciento cuarenta y siete. Me faltaba una, me faltaba Laura, porque el resto estaban todos: Sonia, Mariana, Jimena, Marina, Luciana, Soledad, Melisa, Flavia. Pero faltaba una, faltaba Laura. La busqué por todos pero nunca apareció. Nunca volvió a aparecer. ¿Entonces? ¿Para qué? ¿Para qué quería una colección? Para qué, si me faltaba la parte más importante, me faltaba la primera. No las quise tener más. De a poco se fueron desparramando, perdiendo. Hasta que quedaron poquitas: seis o siete, las miré y no las pude reconocer, no pude acordarme de los nombres…

A lo mejor la vida es la posibilidad de concatenar cosas, de alimentar inventarios. Sumar de a poco, al ritmo que se puede, establecer un orden, prioridades, mirarlas, contarlas, contemplarlas, comparar. Pero, ¿quién le da nombre a esas cosas? ¿Quién las ordena? ¿Quién dice primero ésta y luego aquella? ¿Quién las etiquetas? ¿Quién dice: esta sí, esta no?
Somos prisioneros de una dama caprichosa; la memoria. 
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