No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



domingo, 20 de octubre de 2013

Llantario.

llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado. ..
FGL.

Goyo, goyito, pretendiendo catarsis. Jugando a unir las puntitas de la soga para ver si hay algo atado. La diferencia entre avanzar y quedarse quieto es el llanto, el espasmo íntimo, anidar los bronquios con whisky, pena pasada.
Hablar en castellanto, mezclar las palabras con mocos y lágrimas, limpiar los amores con pañuelos babosos, usados y viejos. Empastar los recuerdos, ¡pulirlos con pañuelos y llanto! Limpiar los amores con obsesión psicológica, psicosomática, pensarlos, recorrerlos. Gastarlos, hasta dejarlo brillante,  Goyo; casi como sin uso. Amor envuelto en celofán, amor nuevo, regalado, pulido a lágrima seca. Amor que se esconde en los cuadros de Goya, en las canciones de Jaques Brell, en las letras Gelman, en Gelman.
Igual Goyo, cuando llorás lo hacés ver todo tan pornográfico, tan condicional, tan perverso, unís las historietas con un antojo, por qué la libertad. Pero la libertad debe ser otra cosa, algo más amplio y más limpio, más lindo, más sano, menos mental, más de pecho. Algo parecido a la voz de los bajos de ópera. Pero no, ellas; las mezzo-sopranas mezquinas, absurdas, perversas, te cambian el cuentito.
Goyo, mirás el libro pensando que la tenés clara, que descubriste la trampita, como si todos los libros fueran el libro. Todos los libros; el libro: el mismo. El conflicto, los personajes, siempre la mismo, la misma historieta. Todas las tetas; la teta. Todos los pañuelos; el pañuelo. El pulso herido. 
Lo malo de todo es que se desarma, se rompe, se sangra, te estalla las manos. Y luego todo entero es una sucesión de fragmentos vagos, de recuerdos empecinados en unirse, en montarse al presente, para decirte que estás haciendo lo mismo de siempre.
Caminar Buenos Aires, caminar la vereda toda entera, recorrer las plazas con pañuelos vírgenes, sentarse en plaza Francia y dedicarse a la impunidad. Porque los que lloran son impunes, desvergonzados, pornográficos, quiebran la realidad; la doblan y rompen. Pero Buenos Aires, también tiene que ser otra cosa, una marquita en el corazón, como si fuese una grieta en un tanque de agua, que se extiende, se expande hasta que todo se rompe. Y todo cambia, y es tan distinto, y Goyo te quedás armando. Pensando en la sombra Pizarnik, en las letras de Girondo, en Girondo, en los poemas de las paredes, en Floreal Ruiz. En la voz de Edmundo Rivero, en la milonga. En la melanco.
Melanco, melanco Goyeneche. Enfermo de la nostálgica, un desconfiando en los nombres, mezclándolos. Confundiendo a todas, a tontas y locas, a cuerdas y desatadas, a las perras costumbres, a  los vasos y las botellas. Don Edmundo te pega al pecho una patada de tango, y el resto es puro whisky malo con dos hielitos.
Goyo, goyito, en la puertita del bar de siempre, pretendiendo entrar. Misma puerta, mismo bar, mismo todo. ¿Qué te pasa? Buenos Aires se llama así, nombre de mujer, pero también mujer sin nombre, mujer anónima. No te cuestan los sustantivos propios, lo que te cuesta es despegarlo de la imagen que generás, que te creas a partir de esa imagen (un irónico goyo; cómo si  hubiese otra forma de crear que no fuese con imágenes unidas por hilitos). Esto es así, aquella piensa de esta forma, tienes los labios así, ella es...como si ser fuesen convertirse en una carpeta que se guarda en un fichero. 
El resto es catarsis, escribir. Morir escribiendo, porque sos la sombra, el pulso herido, lo diferente. Hay que ser diferente, distinto, especial, para llorar así, para llorarle a la luna o cantarle, escaparle a lo marimé. Goyo gitanito, romani, rom: huir siempre huir, pensando en la palabra y su peor sombra: la oración. En sus hijas violadas, en las poesías, los versos malditos. Porque alma vagabunda, gitano prestado, corazón nómade, vos no escribís, lo que hacés vos es peor que tanta literatura, lo que hacés es poner ritmo y melodía a las imágenes, a las putas sensaciones, al jazz prohibido, al flamenco malentonado.
Y todo sucede, y es Buenos Aires la que vuelve, la que nunca se va, la que también pasa, la que te encierra, la que te hace tan catárquico. Visceral Goyo, emotivo, equivocado, el visitante, el que pierde. Eso también es Buenos Aires, una pisada en el medio de un camino, una músiquita de jazz de New Orleans, la no-identidad, el imperio mezquino, lo impersonal.
Lo que resta es la puta mística, las putas letras reordenándose, mintiéndote que nunca van a ser más de lo que te parece. Pasar las horas putas, pensando, pensando, pensando; sufriendo porque no aparecen: las imágenes, las letras, las oraciones, las historias. Y todo pasa, excepto lo que tiene que pasar.
Y lo terrible, Goyo, lo innegable, lo que sucede, es esa sucesión de angustia contra la almohada, de arrugarla y romperla, humedecerla de llanto, sin saber con precisión a quién dedicarle ese llantario…

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