No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



domingo, 14 de agosto de 2011

"No hay en el mundo
nada bueno que en su origen
no contuviera una infamia."
Anton Chéjov.

Fuego. A veces, se siento fuego en las venas.
Goyeneche lo sintió. Desde el momento que cruzo la puerta. Esa mañana sería diferente. Lo sentía en la piel de los brazos. Miro las oficinas, miro las plantas, miro los despachos, miro las carteleras, miro las máquinas de café, las máquinas de agua.
Se sentó en su puesto de trabajo, y permaneció unos segundos. Fue desde ahí que el goyo lo vio a Felipe Celsio, su jefe, contando plata, mucha. Vio como luego la metió en un sobre, y ese sobre en el segundo cajón de su escritorio.
Lo sabía, ese sobre debía ser de él. ¿Robar? ¿A quién? Ese dinero era mal habido, lo sabía, era una coima.
Se detuvo a pensar si era justo. Cuando no hay justicia, ¿se puede realizar justicia por uno mismo? ¿Qué tan bien o qué tan mal estaría si se adueñaba de ese dinero? Sabía que era justo que no ellos lo conservaran, pero no estaba seguro si estaba mal de adueñarse. ¿Importaría el fin que le diese al dinero?
Pensó en la diferencia entre delito y pecado, en como se confunden y se mezclan. Sería delito que se adueñase del dinero, pero ¿sería pecado? Si usase el dinero para una causa noble, con que cara Dios podría mirarlo, y señalarlo con el dedo y acusarlo.
-Hasta Diosito esta de mi lado- dijo.
Recordó el cuento de Chèjov, comprendió aquello de que todo lo bueno en su origen en una infamia. Estaba dispuesto a entregar, en cualquier caso, su reputación, su honor civil, a fin de lograr su sueño.
Espero. La paciencia es el arma de los grandes, de los que aspiran la gloria. Lo sabía.
El momento llego, la oficina se vació, sólo quedaban él, y algunos pasos hasta el segundo cajón del escritorio de Celsio que tenía el sobre con el dinero, el sucio, mal habido, lleno de perjuicios, y pecados. Simplemente caminaría hasta el escritorio, abriría el cajón, y tomaría el sobre. Cerraría el cajón y se iría.
Al tomar el sobre se detuvo. Se tomo un segundo, como quien se relaja antes de ejecutar una sinfonía. Contó hasta cuatro y no dudo, se bajo la bragueta, y orino sobre el escritorio de Felipe Celsio. Sucio, amarillo, y espumoso. Repartió su orina por las patas del escritorio, por los cajones, y por todo los lugares que dio abasto. Guardo el sobre en el bolsillo y se fue, sonriendo se fue.
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