No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



martes, 10 de abril de 2012

Cosas de barrio.

Al lado de casa, del lado izquierdo si es que uno se coloca de frente, hay tres casas, una detrás de la otra. Todavía me cuesta un poco decir quién vive en cada cual, pero después de pensar un poco lo logró.
En la que está al frente, vive Esther, una señora grande que enviudó hace diez años. Su esposo tenía un Dodge 1500 muy bien plantado que desapareció de un día para el otro. Supongo que fue vendido como primera decisión de su viudez. La segunda, fue colocar rejas.
En la última casa vivía un matrimonio con sus dos hijos. Hoy, solo sobrevive la mujer. Su esposo murió, y sus hijos se fueron cuando se casaron. Los veo poco, pero los sigo reconociendo a pesar de que el tiempo los puso más gordos y calvos.
En la casa del medio, vive un viejito simpático. Solía salir a andar en bicicleta, creo. A veces, lo veía cuando se subía al techo para arreglar la antena.
Ahora que la rutina me obliga a estar más por casa en horarios convencionales, me suelo cruzar al viejito. Ya no anda en bicicleta, pero a la tarde sale a la puerta, y habla con Esther reja mediante.
Por alguna razón, desde hace unas semanas, cada vez que me ve; abre los brazos, me abraza y me besa como si fuese su nieto, o su hijo. Habló de abrazos pegajosos que duran más segundos de lo indica alguna regla tácita de saludos entre personas que casi se desconocen. Y besos con pellizcos en la mejilla, como se le darían a un nene de cuatro o cinco años, no a un tipo de barba que ya pasó los treinta.
El sábado me lo cruce nuevamente.
-Hoy te vi cuando le llevabas la comida a tu mamá.
Me quedé pensando. Hacía unas horas había hecho asado. Supuse que me vio desde el techo llevando la bandeja.
-Y sí. A veces me toca.-respondí.
-Je. Sí, te ví que le llevabas el tenedor con un pedacito de carne.
La ley del asador, indica que esté tiene derecho a cortar pedacitos de carne para ir probándolos. Me acordé que corté un pedacito y se lo llevé a mi mamá que estaba esperando sentada en el patio.
-Con esas cosas te la metés en el bolsillo. Con una manito en el hombro y un beso, los viejos somos felices.
Unas horas más tarde, me enteré que se llama Alberto y es viudo.
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