No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



lunes, 16 de abril de 2012

Canción de Alicia y la lluvia

pianissimo umido

Llueve que llueve. No hay nada malo en la lluvia. Lagrimitas del cielo. Lo malo es perdérsela, salir con un paraguas negro para cubrirse, sin la necesidad de ofrecerle a la lluvia un terreno cómodo como una madeja de pelos o un sweater.
Nadie pone atención a la cara de las nubes, cuando la lluvia cae sobre el piso. La lluvia necesita gente que la soporte. Una lluvia que cae sobre el piso es una lluvia que ha sido derrotada.
Lo mejor de la lluvia sucede cuando uno no anda preocupado por contar la cantidad de gotas, cuando no cae en reglas aburridas de analizar cuantas gotas son una lluvia. Cuando a uno ni se le cruza por la cabeza pensar que, por ejemplo, cien gotas no es una lluvia, pero basta con solo una gota adicional para que lo sea. Lo mejor sucede cuando, simplemente, uno se entrega a ella. Al mojar, mojarse, mojarnos, sin preocupar, preocuparse, preocuparnos por la posibilidad de resfrío o gripe. Lo que enferma no tiene que ver con la lluvia.
Lo mejor de la lluvia sucede cuando uno no intenta adivinar donde cae cada gota y la evade, todo lo contrario, sucede cuando uno se le anima a sentir la ropa pesada y estallar en risa cuando de pasada uno se observa en una vidriera y se ve despeinado. Cuando la lluvia desordena y desestructura los peinados coquetos que llevamos.
Lo mejor de la lluvia sucede cuando uno ya no recuerda las reglas para comportarse los días de lluvia, y se encuentra de golpe con las excepciones. Pero no aquellas vulgares, comunes, que confirman las reglas, sino las excepciones que las hacen dudar. Las excepciones que confunden a las reglas, las dejan patas para arriba, con un vacío existencial, y la certeza de deber reconfigurarse.
Y entre medio de tanta lluvia va Alicia, pensando   que no puede adivinar donde cae cada gota singular que analizadas en conjunto forman parte de la lluvia. Y lo más importante, es que no  relevante donde caen, sino formar parte del objetivo de la lluvia. Porque debe haber alguien que dirige las gotas. Un obrero obstinado, preciso y responsable que analiza donde descargar cada una de las gotas de lluvia.
Piensa Alicia: ¡Es lindo imaginar que detrás de lo aleatorio de las gotas, hay  alguien, tan vulgar y simple como uno, que establece donde debe caer cada gota!
Y si adivina el momento, Alicia se para, mira hacia el cielo, se acomoda el pelo, como puede, porque la lluvia achata los bucles, solo de momentos, para convertirlo luego en una madeja de rulos, de pelos apelmazados que se entrelazan y dan un volumen inesperado.
Y de repente, se le ha dado al cielo por resplandecer, por brillar alternativamente como preámbulo de un estruendo fuerte.
Y Alicia mira al cielo y sonríe, por las dudas. Porque piensa, que este terrible fogonazo no puede ser más que el mundo intentando sacar una fotografía. Y ella acepta salir despeinada y pero no con mala cara. Al fin y al cabo, una fotografía es la perpetuidad del presente. La unidad de tiempo más pequeña que existe.
La lluvia es para los que caminan sonriendo, aún sin paraguas, para los que cantan, cantan, cantan bajo ella, sin el miedo paralizante que las cuerdas vocales se humedezcan y se vuelvan una seda de silencio, un espasmo gutural sordo.
La lluvia es para Alicia.
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