No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



lunes, 7 de mayo de 2012

Marcas.

He estado borracho. Muchas veces, pero casi nunca he sido un borracho escandaloso. Lo digo para desligarme de algún manto de irresponsabilidad. Utilizo ahora, esta técnica de decir algo chocante para luego alivianarlo, pero con la duda de si estar borracho es escandaloso y la certeza de que no me importa demasiado ni quiero aparentar ser un rebelde.
No he utilizado al alcohol como fuente de coraje. Borracho he seguido siendo el mismo tonto, con la misma inteligencia, solo que más lento, más parsimonioso. Definitivamente más alegre, y un tanto menos melancólico.
Pasa que tengo marcas, vos me entendés porque también las tenés. Algunas la ves, otras no. Mirame, mirate. Somos marcas. Las que hemos hecho y las que cargamos. Las invisibles y las que no queremos ver.
Me veo el pie izquierdo, y tengo una marca. Yo he aprendido que lo que espero de esta vida, es poder contar historias. Dejame contarte, entonces, de esta marca.
Borracho, caminando por La Pedrera en Uruguay en pleno carnaval tuve otra vez la necesidad de ir al baño. Algunos entenderán. La borrachera y la necesidad de orinar van de la mano. Independientemente de lo que uno tome.
Yo siempre he festejado los carnavales. El problema es que casi siempre los he festejado en soledad, o en forma íntima. Excepto esa vez. Si usted conoce los carnavales uruguayos, me entenderá.
La Pedrera rebalsaba de gente. Alegre. Borracha. Feliz. Gente disfrazada. Máscaras capaces de burlar o seducir al Dios Momo. Si usted lector me hubiese visto. No me creería capaz de tanta, tanta felicidad.
La necesidad de orinar me hizo alejarme de las amigas con quien estaba. Siempre he pensado que este acto es un hecho íntimo. Y debe respetarse la intimidad en estos casos. Más aún si nos distancia la diferencia de géneros.
Pero claro, aún cuando me declaró un borracho no escandaloso, no puedo desligarme de la torpeza que afecta a mis actos, la cerveza, el whisky, el ron y el fernet.
Me alejé de ellas, me alejé de la gente. Con tanta vergüenza, con tanto civismo, que no caí en cuenta que un borracho no es capaz de mantener equilibrio y orinar al mismo tiempo. No fue buena elección orinar sobre una zanja, manteniendo mis pies separados, en equilibrio inestable, y me fui al demonio, me caí sobre la zanja y me lastimé el dedo gordo del pie izquierdo.
Sangre. Sí, claro. La sangre me indicó que era bastante pelotudo. La ley del carnaval nos indica que no andemos presos en las patas. Razón suficiente para andar en ojotas. Leiv motiv de mi herida. Sangre.
Vaya a saber uno donde metí exactamente la pata. Lo único objetivamente cierto era que ese dedo chorreaba sangre. ¿Y entonces? Entonces me fui a buscar a mis amigas.
Borrachas. Ellas también estaban borrachas. Y yo por culpa del alcohol, no supe si era tímido o extrovertido, pero les conté lo sucedido.
Borracha, ella, que tomaba cerveza en un vaso de plástico, y se confundió porque la llamaban doctora y me tiró cerveza, para limpiarme la herida, para que corra la sangre, para desinfectarla. La llamaban doctora porque era abogada. Pero fue poética. ¡Al estilo Bukowski! ¿Acaso existe otra forma de curar las heridas que no sea con cerveza?
Ustedes no entienden, porque solo son lectores. Grado menor en esta historia. Ustedes son pasivos. Sí…ella era tan linda, ustedes se hubiesen dejado echar alcohol fino en una fractura expuesta.
Me veo el pie izquierdo y veo marcas, recuerdos de carnaval. Sonrió entonces, porque aquella vez también sonreí y no siento razones para no hacerlo ahora mismo…claro que dolió. Claro que duele, aún, como el resto de las cosas lindas que se han terminado. Lo importante es no escandalizarse. Ni siquiera por el alcohol.
Espero algunas borracheras más. No las planeo con demasiados instructivos o reglamentos, desconociendo si me encontrarán en solitario o acompañado. Desconociendo su grado de escándalo. Sospechando que alguna me encontrará con el vaso apoyado sobre mi frente. Deseando que los hielos le den la temperatura justa al Jack Daniels y hagan más amable su gusto. Leí por algún lado que los pueblos bárbaros beben sus cereales, que los nobles beben sus frutas. Pues la solución será buscar el equilibrio entre la civilización y la barbarie.
Sospecho que lo único que puedo esperar de ellas son marcas. Escandalosas, o invisibles. Sospechosas, incomodas de explicar. Despertar con la cabeza hinchada, las muelas ardiendo, las manos vacías y un inventario de lugares huecos. Pensando que lo único que nos lastima es el hielo de los tragos. Y sonreír, estúpidamente.
Lo que resta es la negociación entre la psinapsis y el hígado. La confrontación del deber y querer, de la razón y el corazón. Andar borracho es andar un tanto desnudo, traspasar muros, hacerse inmutable, inmune, de creerse inmortal, aún a cuesta de envenenarse un poco. Andemos borrachos entonces, cargando el perfecto equilibrio entre una actitud bélica y pacífica. 
Me miro las manos, los pies. Me miro la cabeza y veo marcas. Ellas dejan marcas. Es así. Innegociable. C`est la vie.
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