No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



miércoles, 14 de diciembre de 2011

De Wilde, Beckett, Sartre, Galeano, y yo mismo.

Oscar Wilde, se la comía. Pero decía cosas sensatas. Decía que un artista es un creador de las cosas bellas, y los que encuentran intenciones bellas en las cosas bellas son los cultivados. Para ellos hay esperanza. Y que la diversidad de opiniones sobre una obra de arte demuestra que la obra es nueva, compleja y vital. Y que todo arte es completamente inútil. La única excusa para hacer algo inútil es que uno lo admire intensamente.
Y vale lo dicho. Porque ser artista, no se enseña. Se enseñan técnicas, se transmiten instrucciones, se entrena, se practica, se ensaya, pero el artista, nace, dentro de uno cuando se aprende a prestar atención al mundo, se entiende la belleza de las cosas, y se las intenta manifestar. Por comparación, asimilación o contraste.
¿A quién le importa que tan bien esta manifestada? Lo importante es que sea digno. Y en eso no entran las opiniones de los terceros. Es difícil darse cuenta desde que lugar te habla la gente. Si algo aprendí, es que, por lo general, una persona habla desde su propio lugar. Cuando se enoja, es porque está enojada con él mismo. Cuando se enamora, es porque está enamorada de él mismo cuando está con otro. Y cuando está contenta, es porque está contenta con él mismo. Y no está mal. Galeano nos enseña que quienes quieren ser objetivos, en realidad quieren ser objetos, para librarse del dolor.
Lo único que siento, es que vale la pena intentarlo, no es tan importante el resultado, no es tan importante el desenlace, lo importante es la trama. Así, como canta Drexler: “Amar la trama más que el desenlace”. En la trama es donde sucede todo lo lindo. Y, a veces, eso no se puede plasmar o transmitir del todo. Pero la magia esta en intentarlo. Samuel Beckett, un groso que hoy es un teatro, dijo: “Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”. Sí, algo así como “Siempre intenté, siempre fallé. No importa, trata nuevamente, falla nuevamente. Falla mejor.”. ¡Intentarlo! La única manera de que el arte sea digno. Porque el arte es digno, o no es nada, es mierda. Imposible de conformar a todo el mundo. Incluso, es tonto. ¿No debiera el arte conformar solo al artista?
Fue Beckett (irlandés como Wilde, y como el abuelo de mi vieja) también quien realizó “Esperando a Godot”, donde aparentemente no pasaba nada. Y sin embargo, era una obra maestra que recurría a los pensamientos del existencialismo.
Respecto al existencialismo, Sartre decía, que en el hombre, la existencia precede a la esencia. Que primero nace y luego es. Que el hombre es lo que hace de él. Yo alguna vez comparé este pensamiento con el hecho de decir que el hombre nace como una hoja en blanco, y que es lo que le pueda y le dejen poner en esa hoja. Caso totalmente contrario al arte. En el arte, la esencia precede a la existencia. Es por eso, que se debe tener las ideas claras, se debe estar convencido de lo que se está haciendo, de lo que se está manifestando. ¿De qué manera sino puede el arte ser digno?
Yo recuerdo aquella hoja perdida en El libro de los abrazos de Galeano acerca de la dignidad del arte. Donde describe una anécdota de haber ido a ver una obra de teatro en Italia y en la función solo estaban él, su esposa, el boletero y el acomodador, y sin embargo, los actores, mucho más numerosos, se brindaron como si estuviese la sala llena. Y finalmente, ellos no pudieron más que aplaudir. Eso es dignidad. A mí me ha pasado, estar frente a un puñadito de personas, ocho, tal vez diez. Y cantar, porque así estaba planeado, y sentir esas veinte manitos aplaudir, y darme cuenta que ese aplauso valía un montón. Porque también me ha pasado de cantar frente a setenta u ochenta, y que solo uno o dos me siguieran el apunte.
En esos tiempos, tocaba con un amigo. Él solía tocar una o dos veces por semana en el mismo bar. Algunos días con el bar lleno, otros con diez personas y alguna que otra vez, solo con el dueño. Él me contó que cinco años atrás, estaba tocando ahí mismo. Habría seis personas en el bar, y en un momento interpretó una versión de Libertango de Piazzola. Cinco años después, una mujer lo ubicó, casi por casualidad, y le recordó esa noche, y le dijo que esa noche había ido con su novio, que había muerto unos meses atrás. Y que siempre recordaron esa noche, y en especial esa interpretación. Uno nunca sabe cuando puede cambiarle el día a alguien y ganarle una sonrisa. Es por eso, que el arte, debe ser digno, o simplemente no ser. Por los artistas, pero también por quienes están ahí, siendo espectadores.
Y sí, Oscar Wilde se la comía, es verdad, pero decía que desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el del actor.
Por eso, cuando me preguntan - ¿para qué haces teatro? – me cansa un poco contestar. Siento que no vale la pena. Por más que considero que puedo describir muy bien todos esos acontecimientos, primero íntimos y luego públicos, que me suceden, siento eso; que no vale la pena explicarlos. Porque lo lindo es sentirlos. ¿Cómo se explica esa aceleración de la adrenalina de saber que “se puedo ir todo al carajo” y quedar como un ridículo frente a otros? ¿Cómo se explica esa duda pulsante de no saber cómo saldrá? ¿Cómo se explica jugar a ser otro un ratito, como para despejarse de esa obligación aburrida de ser siempre uno y pensar de la misma forma todos los días? ¿Cómo se explica ese fueguito de poder repetir los pasos ensayados para darle forma a un sentimiento, que se confunde con el propio y con el del personaje? ¿Cómo se explica que no hay que decir la letra, sino que hay que meterle intención, y decir las cosas con todo el cuerpo, qué hay que abrazar con los ojos, hablar con las manos, callar con los pies, sentir con la mirada? ¿Y esa adrenalina de saber que si tu compañero se equivoca hay que ponerle el pecho e improvisar juntos y remarla? Porque cuando se calla el público y te prenden las luces, estas ahí, sin más que tus compañeros para remarla, sin más instrumentos que lo que practicaste. Nos dejan solitos. Hasta el director, que ayer te estaba comiendo la oreja, se aleja. Y algunos nos miran con recelo, otros con expectativas, otros con envidia, otros bostezando, otros pensando en que no sacaron la basura.
Simplemente, me pongo en egoísta, y no lo comparto con nadie. Que vayan ellos y hagan teatro. Y después me digan. Al fin y al cabo, como también decía Wilde: “Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan solo belleza”.  Prefiero que me miren un poco raro por hacer teatro. También decía Wilde: “Los que encuentran intenciones feas en las cosas bellas son corruptos sin encanto. Ésa es su falta”. 
Yo lo único que espero, es hacer algo digno, como para cuando se pase todo, se me vaya la adrenalina, se me aflojen las piernitas; pueda decir: “Salió lindo, ¿no?”.
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