No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



jueves, 1 de diciembre de 2011

Ellas dormían, yo no.

  Mientras ellas dormían. Yo no.
   La habitación era una enredadera de bichos, invisibles, que nos mordían. En esa casita chiquita, perdida, sus pulmones silbaban por el tabaco, pero dormían. Yo no podía. Y ya era tarde. Demasiado. ¿Serían las ganas tontas de querer despertarla con un beso, para decirle que no volvamos? Para decirle, quedémonos acá, tontos y enamorados, irresponsables. Sacudirla y susurrarle: no te duermas sin soñarme. No lo hagas. Que las otras hagan lo que quieran, que nos acompañen o se vayan, da igual, no me molestan, pero vos, no, vos quedate, conmigo. Pero no lo hice, como no hice tantas cosas.
   Como no le arranqué la ropa por el miedo a que no tenga que ponerse; como no le habité los párpados, como no le escribí en las paredes que no recordaba tanta felicidad en las manos, o en los ojos, o en la cintura.
   No pude. Simplemente salí. Me senté en la puerta de la casa. Y mientras ellas dormían, me di cuenta, que había otros como yo, que no dormían, que no soñaban. Ellos, como yo, se resistían al sueño.
   Yo me resistía al sueño porque me daba cuenta que lo que soñaba, no podía ser mejor de lo que estaba pasando.
   Y me prendí un cigarrillo, y me tomé el vino que sobraba, hasta marearme, solo. Fue una de las pocas veces que pensé que todo el mundo iba a estar de acuerdo conmigo siempre, sin darme cuenta que él es tan grande, que no puede estar bien con todos, todo el tiempo. Solo por momentos nos sonríe, y hay que aprovecharlo, porque nunca se sabe cuando puede cambiar de  humor y ponerte cara de galletita húmeda. Y negarte todo. Es raro. Porque el mundo somos todos, juntos, pero por separado, cada uno no es un pedacito de mundo.
   Y yo me quede ahí, mirando lo que podía ver del mundo, sintiendo que me hacía feliz, mientras algunos dormían. Los otros, los que eran parte de ese mundo que estaba despierto: gritaban, cantaban, bebían. Si hubiese tenido valor, habría saltado la pared que nos separaba y me les habría unido. Hubiese sido aburrido. Lo único que podía hacer, era contarles de ella. De sus bracitos cortos, de sus espasmos, de sus besos de lengua viva, de su voz gutural. De cómo estaba ahí, sin entender demasiado como se habían dado las cosas. Así suceden las cosas lindas, sin que uno tenga un plan.
   Me quedé ahí, en la puerta de la casa, fumando y tomando, pensando. Sabiendo que si me iba a dormir, al otro día el mundo sería igual, pero tal vez, sólo por un día más.
   Varios meses después me doy cuenta, el mundo va solito, nos necesita a todos, pero ninguno es tan imprescindible como para que deje de girar.
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