No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



domingo, 12 de febrero de 2012

Ahí, atrás del mercadito.

Ahí vive ella. Atrás del mercadito que atiende, en una esquina de Rosario. Cerca de una de esas calles con boulevard, tan típicas de los rosarinos.
Y levantaba el vaso corto de cerveza, casi caliente, en el patio de su casa. Y confesaba que cerraba el mercadito a las ocho y media y se sentaba ahí, y si hacía calor, se quedaba en corpiño y bombacha, a la ceguera de los vecinos o de quien pasará, y se tiraba agua con una manguera.
“C`est la vie” pensé, deseando poder decir más que una o dos frases en francés, sin que fuera demasiado triste, ni demasiado alegre. Seguí callado.
Seguía, con el vaso, se ría, me miraba, me hablaba, y me creía por callado: bien educado o corto de palabras. Hacía un chiste, largaba una puteada y contaba que se levantaba temprano para recibir las entregas; el pan, las facturas, los lácteos, y algo más, y ahí nomás abría.
En este barrio, decía, todos la conocen, y sabían, que de nueve a nueve y cuarto, había una pausa: diez minutos para desayunar y otros cinco para ir al baño.
Decía que lo único que tenía, eran ellos, sus vecinos, sus amigos, porque sus nietos y sus hijos no le llevaban el apunte. Porque ella, tan trabajadora de lunes a sábado, tenía la costumbre, indestructible, de no trabajar el domingo, de no abrir el mercado, pase lo que pase. El domingo no se vendía, nada. No se vendía una vela aunque se hubiese cortado la luz, ni yerba para algún uruguayo con síntomas de abstinencia. Y contaba que esos domingos, no la visitaban, ni sus nietos ni su hijo. El domingo se la pasaba entre vecinos. El único momentito que le dedicaba su hijo, era durante la semana, cuando le dejaba el pan, casi sin prestarle atención, como si fuera un cliente normal.
Siguió levantando el vaso, con la tranquilidad de quien tiene tiempo para beber, y contó, que la convencieron y la llevaron a una iglesia evangélica.
-Ayer fui a la iglesia, a la evangelista, con Susana, la vecina. Y lo escuchaba al pastor, y pensaba: ¡Cuánta razón tiene este hombre! Y dijo: “Hoy agarren a la persona que más quieran y denle un abrazo, y díganle: te doy un abrazo para alargarte la vida”. Y yo pensé, ese abrazo, se lo tengo que dar a mi hijo. A la mañana siguiente lo agarré, le abrí los brazos anchos, como para abrazarlo todo, y le dije: “Este abrazo que te voy a dar es para alargarte la vida, hijito”. Y él me miró, sin llevarme el apunte, y se dio vuelta y se fue, balbuceando algo mientras se bajaba la bragueta para entrar al baño. Y ahí nomás sentí la voz de otra persona que me dijo: “Dámelo a mi viejita, que a mi me hace falta”. Y le dí un abrazo enorme. Era el repartidor de gaseosas. 
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