No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



jueves, 10 de noviembre de 2011

Los ladrones de pecas.

¿Han notado que el bien más preciado y, a la vez, despreciado para un pecoso son sus pecas? Ellos no las cuidan, ni llevan un inventario. Pídanle a un pecoso que se toque un peca; no va a ser capaz, no va a poder. Un pecoso no es conciente de las pecas que porta. No las registran. Apenas notan cuando las van perdiendo, o cuando las van ganando, porque sepan ustedes, que casi nadie nace pecoso. O al menos no se le es revelado hasta entrado un poco en vida. No es algo que he pensado anteriormente, ni lo he preguntado, pero ¿han visto alguna vez un bebe pecoso?
Las pecas se ganan. Las pecas te tocan en suerte. Las pecas te despiertan un día, al otro lado de una línea que se traza en el mundo. Porque, sepa usted, que se tienen pecas o no se tienen, no se puede ser pecoso a medias, o medio pecoso. Se es lo que se es: pecoso, o el resto. Las pecas son un castigo y un beneficio. Son la ventaja de quienes las portan.
La peca es una mancha. Una manchita en la piel, la deja el sol, para recordarnos que estamos vivos. Los simplistas, dirán que son marrones, como habrá gente que diga que la Gioconda, es el cuadro de la cara de una mujer, o un poema de Oliverio Girondo, es un cúmulo de palabras que no se entienden. Porque en este mundo, hay gente que sólo quiere  respuestas. Pero algunos nos gustan las preguntas, y mejor si nadie puede responderlas. Y puede que las palabras de Oliverio no se entiendan, pero si suenan lindas, así, combinadas, por mi parte, es suficiente, no necesito más.
Yo veo en un peca, un abanico de marrones, claros y oscuros, de montecitos y valles impalpables. Pero no me quedo sólo en el marrón, yo veo todos los colores en esa peca, porque yo la vida, la veo en color, un pecoso, ve la vida en colores. El resto, ve la vida monocromática. Una peca es un pequeño universo de piel, amontonada. Por ser un despreciado tesoro, las pecas despiertan envidia. He escuchado varias historias de ladrones de pecas. Ellos andan al acecho, pendiente del descuido de un pecoso. Atacan de noche, por lo general, las de sábado, pero también las del resto de la semana.
¿No es la calamidad más terrible que ha de soportar una persona? Justo cuando comienza a llevarse bien con sus pecas, un ladrón de pecas lo sorprende, en mitad de la noche, y no es capaz de aceptar otra cosa, que no sean las pecas, las suyas. Imposible engañarlo con dinero, tarjetas de crédito u otras cosas.
¿Qué queda de un pecoso, cuando es atacado por un ladrón de pecas? Una cara limpia, sin manchas escandalosas. Un lienzo aburrido y de un color constante. Una hoja en blanco, borrada, con las manchas de la goma.
Los ladrones de pecas son oportunistas, disfrazados de personas comunes. Viven de la espera y tienen la necesidad de robar pecas, como nosotros tenemos la necesidad de respirar. Ellos existen, créanme.
De día, hacen cosas como ser abogados, o supervisores de ventas. Uno no lo advierte, es imposible saber que son ladrones de pecas, aunque a veces les brillan los colmillos. Tienen familias normales, parecen buena gente. Respiran el mismo aire que nosotros, toman los mismos colectivos, usan las mismas escaleras y se tropiezan con las mismas baldosas levantadas.
La noche en que Laura fue atacada por un ladrón de pecas, hacia calor, había una luna redonda y luminosa, y el cielo estaba estrellado, como un cielo pecoso.
El caminito que bordea a la vía, sobre Moldes en el barrio de Belgrano, no parecía un lugar para tener miedo, sino más bien para conservar la atención.
Centrada, a la distancia justa entre vereda y cordón, Laura caminaba, pie detrás de pie, sin prestar atención a que un ladrón de pecas, la seguía, acompasando sus pasos.
No tenemos certezas de cómo ellos atacan. Algunos de mis compañeros, explican que mucho tiene que ver lo que el pecoso este pensando en ese momento, pero no contamos con evidencia para dar por cierta esta teoría.
Lo cierto, es que fue un segundo. El ladrón de pecas rodeo a la Laura, y luego, todas sus pecas se esparcieron como cuando se rompe un collar lleno de perlas. Las pecas saltaron desordenadas, planearon lento por el aire y cayeron. Se desparramaron por toda la vereda, e incluso parte de la calle. Aún hoy, es posible ver, una parte del asfalto pecoso sobre la calle Moldes.
El ladrón de pecas, pudo tomar algunas, en pleno vuelo, y salió corriendo, rápido, salto el alambrado que da a la vía, y se perdió en la noche.
A las pecas hay que cazarlas en vuelo, guardarlas en la mano, y cerrarla bien fuerte. Una vez que tocan el piso, las pecas son inútiles. Por otro lado, un ladrón de pecas, esta más interesado en hacértelas perder que en poder llevárselas. Desconocemos que hacen con ellas. Desconocemos si las guardan como trofeos y cuelgan de marcos en las paredes o si intentan, ellos mismos pegárselas en sus rostros, para intentar mentirse pecosos. Tal vez exista un museo de la infamia, en alguna parte de la ciudad de Buenos Aires, con una exposición permanente de pecas robadas.
Laura quedo quieta, inmóvil, sin pecas, mirando como se perdía el ladrón en el manto oscuro de la noche. Se arrodillo en silencio, mientras algunas personas pasaban a su lado. Pero nadie ayuda a un pecoso que pierde sus pecas. El mundo anda demasiado acelerado, como para detenerse a prestarle atención a un despecado.
Paso la mano por el piso, tratando de tocar sus pecas. No se recordaba intentándolo cuando formaban parte de ella. Trato de levantarlas, trato de tomarlas, de arrancarlas, y aunque sólo pudo despegar algunas, le fue imposible pegárselas a su cara. Por más presión que hacia, las pecas se caían. Y lloró.
Laura lloró, como se lloran las perdidas imprevistas. Lloró, sin pensar en las horas, sin pensar en los días. Cada gotita que se estiraba, que caía, como un bolita de nieve desde una montaña, amontonándose, girando, creciendo, hasta que su propio peso, la separaba de su rostro y moría en la vereda.
Laura aún hoy conserva la tristeza por su la perdida. Es posible vivir sin pecas, pero ¿vale la pena? Laura conocía aquella frase que nos recuerda que uno no da valor a las cosas que tiene hasta que las pierde. Pero de nada sirve. Seguramente quien pensó esta frase, no sabía del dolor que se siente cuando se pierden las pecas. Y sepan ustedes, que uno puede mentir un lunar, pero no puede, por más intento que haga, mentir una peca.
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