“Aunque no podemos adivinar el tiempo que será,
sí que tenemos, al menos,
el derecho de imaginar el que queremos que sea”.
Derecho al delirio. Eduardo Galeano.
Rolando está frente a la ventana. No sabe bien, si es él quien está mirando el mundo a través de ella, o es el mundo quien lo está espiando.
Mundo: Esa burbuja, gris, a veces; en resumen. Con sus partes blancas y sus partes negras. Eso es el mundo. Unas paladas de tierra que Dios ordenó sobre agua. ¿Serían así? ¿Negra y blanca?
¿Y luego Dios?
Rolando presiente que esa burbuja cabe en la palma, de un señor, sin rostro. Con bigotes. Esa es su certeza: los bigotes. Siempre tienen bigotes. Ha de ser para acumular las migas, para que ensortijen ahí, y nos salpiquen cuando ríen. Las migas, las migajas de lo que nos niegan. Y la palma se cierra, presiona.
-¿No es que acaso, un poco, por unos minutos al menos, somos títeres?-piensa Rolando. Y sin estar en contra del arte de actuar, del arte que es la definición del sentimiento, se palpa la espalda, y quiere cortarse los hilos gruesos.
Los hilos se palpan tensos. Es la explicación. No puede cortárselos.
-Nos mantienen con los pies sobre la tierra, porque saben, que así los hilos se mantienen tensos. En cambio, si saltamos, alto, muy alto, los hilos se vuelven dóciles, se destensan.- aprende Rolando. – Eso es la libertad: ¡saltar!.
Rolando, cansado de querer cambiar el mundo, simplemente se dedico a obviar las partes bobas y aburridas, para que el mundo sea lo que él quería: Un puñado de tierra repartida sobre agua, donde hay quienes eligen saltar, y quienes eligen quedarse quietos; todo ante la atenta mirada de unos señores, que de una u otra manera van a intentar prohibir que saltemos.
Rolando, salta. Rolando, elige saltar.
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