No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



sábado, 22 de octubre de 2011

La casa violeta.

Estaban borrachos.
Ortamendia, Alves y Goyeneche. Los borrachos son el mejor ejemplo de libertad. El borracho es un héroe de la libertad de expresión.
Así caminaban, por Palermo, libres. Gritoneaban, arrastrando las palabras. Culpa de los vasos vaciados, las vocales eran lentas, los diptongos se desdiptongueaban, los acentos se mudaban y las haches tenían sonido.
La voz del borracho, es diferente a las otras voces. Es gutural, es abisal. Habla de las cosas, como si las cosas estuvieran desnudas. Así como hay un yo, y un súper yo, debiera haber un yo borracho. Un borracho es un resumen de certezas y seguridades, aunque con la motricidad totalmente arruinada. Dice lo que quiere, de la forma que se le ocurre. El borracho es un violador de la burocracia mental como método de control emocional.
A mitad de camino, se acercaron a un cantero para orinar.
-Esta ciudad es hermosa- dijo Alves, sin perder concentración en lo que hacia.
-Esta ciudad, es un elogio al gris. Una bobera. Los mediocres quisieron disfrazarla de Paris o Londres. A esta ciudad le falta color. ¿Alguna vez viste un edificio pintado de violeta? ¿Por qué no reinventamos esta ciudad en color? ¿O no goyo?- Mientras hablaba, Ortamendia giro su cuerpo hacia Goyeneche, salpicándolo de orina.
Poco le importo a Goyeneche, no guardaba espacio para la violencia con tanto alcohol en sangre, e incluso tampoco noto que su propia orina caía sobre sus zapatos.
-El otro día vi una casa pintada de violeta. Creo que era cerca de Plaza Guemes, por atrás de la iglesia Guadalupe- respondió Alves.
-Yo también la vi. Esta sobre Guatemala- agregó Goyeneche.
-Bueno, hay que ir a verla, ¡vamos a ahora!-Dijo Ortamendia, se subió la bragueta y empezó a caminar.
A ritmo alcoholizado, lo siguieron. Las calles de Palermo de esa noche, eran raras. Había lugares oscuros y silenciosos y otros iluminados con continuo ruido de autos.
-Vamos a formar brigadas de colores. Eso es lo que hay que hacer. Los vecinos nos van a ayudar- dijo Ortamendia y luego se llevo las manos a la boca, como imitando un megáfono y le pregunto a Palermo si tenía razón, y se rió fuertemente con el goyo y Alves.
-Sería lindo una casa verde. El verde es un color inteligente. Podríamos hacer una escala. Por ejemplo, yo pintaría de negro las casas de los abogados. Las casas de los financistas podríamos pintarlas de gris. Ellos se merecen una casa gris, y rodeada de casas de colores. Aparte podría saber donde viven, y mearle la puerta.- Dijo Goyeneche.
Al llegar la descubrieron. No habían mentido. Era una casa enorme, al frente, de dos pisos, de piedras. Y estaba pintada de violeta, furiosamente hermosa. Resaltaba. Era como ver una casa subrayada.
Y así se quedaron, en silencio, soñando en colores, y mirando una casa pintada de violeta.


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