No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



domingo, 10 de julio de 2011

Elogio a la dinámica.


Estoy paradito en la puerta de Aixa. Como buen estudiante, esperando por mis clases de canto. Hace frío y es noche de invierno. Estoy esperando que termine la clase anterior para poder entrar, por lo que se que puedo estar un par de minutos en la puerta.
Abro el libro que llevo, me inclino sobre mis pies; parado, a la luz de los faroles de la calle. Esta parte de Palermo, es casi tranquila, la traza de las calles es totalmente despareja y asimétrica, casi como un pequeño Parque Chas, y los edificios son grises y antiguos.
Cuando abre la puerta, me descubre, muy elegante, leyendo un libro, parado, y con la luz de la calle sobre la cabeza.
Mientras se ríe, sorprendida por la imagen, me dice:
-¡¿Qué haces ahí?!
Me doy vuelta y le devuelvo una sonrisa, me doy cuenta de la imagen de la que estaba formando parte, y digo rápido, sin pensar:
-¿Viste que imagen romántica? Le estoy haciendo propaganda a mi país. Imaginate que justo me ve un turista. ¡Qué buena impresión se llevaría de Buenos Aires! Diría que los argentinos son adictos a los libros y leen hasta en la calle, a la luz de un farol.
Poco importante que estaba leyendo. De hecho la imagen sería igual de romántica si fuese el Mein Kampf de Hitler. Uno nunca sabe cuando puede terminar siendo la tapa de Times.
Varias horas atrás, había estado escuchando a alguien que había vuelto de un viaje por el exterior. Y me aburrió con las constantes comparaciones con Argentina.
La imagen que uno se lleva de los lugares que visita, constituye una realidad subjetiva. Sin importar que tan buen observador sea uno. Y en un punto esa imagen vale, y mucho. Muchas veces es lo que te dispara un montón de pensamientos y sensaciones.
Pero, por otro lado, me molesta el absolutismo, la generalización y la extrapolación.
En la universidad, un profesor nos decía que el temario de su materia contempla cerca de trescientos temas, y él sólo tomaba tres. Si el alumno no conocía un tema, él podía extrapolar que no sabia cien, por lo tanto, no estaba en condiciones de aprobar la materia. Y mi cabeza disparó insultos que desconocía hasta ese momento,
Podría caminar por las callecitas de Buenos Aires, con el aire pegándome en la cara, sin darme cuenta de la historia que transpiran los edificios. De las ires y venires, de la angustia que ahoga un vaso a media carga, del corte de leche del café de cada confitería, del llanto mudo del acróbata de circo de cada esquina, de la cara ácida de las mujeres en el subte, balanceándose en cada curva.
Podría ver el teatro Colón, sin ver los cartoneros revolviendo la basura. Apretarme los billetes en el bolsillo cuando una mujer se me acerca a pedirme una moneda, con su cara triste. Respirar en la misma bolsa de pegamento de los chicos de Retiro. Ver el Frente de la Esma, sin tener idea que sucedió dentro.
O resbalar hacia abajo por Corrientes, y sorprenderme con el obelisco. Confundirme el Congreso con un museo de cera.
Y aun así, podría no saber nada, del descontento de los artistas que no tienen lugar para expresarse, o de los oficinistas que se entristecen frente a un monitor, de los hombres infieles que se meten en los prostíbulos, de las mujeres, solitariamente acompañadas, que se mudan a Palermo, de la rabia de los taxistas en un paso a nivel, de la melancolía del jubilado que se sienta en una plaza de Flores, deseando que el diablo le ofrezca un pacto para volver a ser joven, y no caminar el mismo camino.
No me animaría decir que nos conocemos. Aunque si, que a veces, nos intuimos mutuamente.
Las ciudades la hacen y deshacen sus habitantes, y la cambian constantemente. Una ciudad es un elogio al dinamismo. Cuando estamos de paso, sólo eso, estamos de paso. Nos llevamos lo que queremos, lo que podemos, lo que nos dejan, ni más ni menos.
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