No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



sábado, 30 de julio de 2011

Invocación del sueño V

Estamos en una litera, en un tren camino a Galicia. Ante nuestra sopresa, el tren del primer mundo tenía mucho que desearle a un buen tren de nuestro país y mucho de parecido a un tren común.

El viaje había empezado mal. Apenas subimos, me di cuenta que había perdido el bocata que había comprado antes de subir. Y el olor a bocata de tortilla de Seba, se mezcla con el vaho entumecido del vagón.

Habíamos pasado la mayor parte del tiempo que nos fue posible en el vagón buffet, oyendo la conversación de una mesa muy particular. Una cubana, un español, un músico de una orquesta de Galicia que estaba en nuestra litera, y una mujer con su hijo. Los cuatro bebían cerveza, con decisión. La cubana, desafiaba con llevarse a su litera a cualquiera, el español trataba de seducir a la mujer, mientras le compraba gaseosa al hijo, y el músico se reía, y entre pausa y pausa lo miraba a Sebastián y le pedía que cuidará el bajo que había dejado en su litera.

La llegada del guarda, marcó el cierre del comedor, y nos tuvimos que ir a la litera.

Somos cinco personas, en un espacio de dos metros y monedas de largo, por dos de ancho y dos y medio de alto.

A mi me tocó la litera del medio, en la de abajo esta Sebastián. A mi costado hay un viejo, al lado de Sebastián esta el mùsico y arriba del viejo, alguien más.

Puteo para adentro porque no tengo almohada. Mis pies dan contra la ventana, que esta helada. Debe hacer cero grados o incluso menos. Tengo el bolso de mano al lado mio. El olor a mono de la litera es importante. Lamentablemente, creo que me tengo que hacer cargo de una parte, aunque el viejo que tengo al lado, creo que es el que más aporta.

El último pensamiento que tengo antes de dormir es “qué feo tener una pesadilla acá”.

Caigo dormido. Comienzo a soñar. Loco, y raro, como siempre, sin sentido. Sueño con mi madre, con mi perro, con mi guitarra. Finalmente sueño que estoy tirado en un sofa, muy cómodo. Cerca, dando vueltas, hay un condor. Mi hermana esta revoloteando por ahí, y de pasada me advierte del condor, y se va. El condor se empieza a acercar a mis pies. Estoy demasiado cómodo para moverme, pero se sigue acercando. Cuando sueño que esta peligrosamente cerca, intento pegarle una patada. No puedo mover el pie, sigo intentando, no puedo. El condor casi esta sobre mis pies, y yo sigo intentando pegarle una patada, pero mi pie esta inmóvil. Me concentro y finalmente puedo moverlo.

Desgraciadamente, me concentró demasiado y la patada la tiro, no en el sueño sino en la vida real. Tal es así, que le doy una patada a la escalerita de chapa que se usa para subir hasta la litera de arriba de todo.

El golpe es seco y doloroso, me estoy mordiendo el labio para no gritar. Para no gritar lo estupido que soy, obviamente.

Se despiertan todos. Sebastián prende la luz, el viejo pregunta que paso, el músico dice que se debe haber caido algo. Se quedan unos instantes mirando el piso, y para todos lados. Cuando se convencen que todo esta en orden vuelven a apagar la luz.

Me quedo en silencio, tratando de contener el llanto que me provoca el dolor del golpe. Siento el dedo gordo del pie latiendo.

Finalmente me logro dormir.

Cuando me despierto me miro el dedo. De tan fuerte que fue el golpe, se me levanto parte de la piel y esta en carne viva. Todavía me late. Todavía hoy, puedo ver la pequeña cicatriz que me dejo ese golpe.

En el primer momento que puedo, le cuento a Sebastián. Todavía hoy, nos reímos de esa anécdota. Aun no hace falta cambiarle nada. El sanguche sigue perdiendose, el olor a mono de la litera sigue siendo olor a mono, el condor sigue siendo un condor y el golpe, sigue siendo un golpe.

Es raro, a veces lo que uno no puede hacer en los sueños, lo termina haciendo en la vida real.

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