No deseo ser realista, pretendo escribir música pero con palabras, porque los recuerdos suceden con música. Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero no quisiera ser un prestidigitador común. Pese a todo, no he podido determinar, si quiero mostrarles la verdad con la apariencia de la ilusión, o por el contrario, la ilusión con la apariencia de la verdad.....las palabras me preceden, me sobrepasan. Tengo que tener cuidado: sino las cosas se dirán sin que yo las haya dicho. Así como un tapiz está hecho de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir solo uno....mi enredo surge porque una historia está hecha de miles de historias....



lunes, 30 de julio de 2012

Las quejitas.


Alguien se quejó: ¿Cuándo voy a aprender que la gente no cambia?
Si fuese así, si la gente no cambiaría, tampoco cambiaría la persona que escribió, por lo tanto; nunca lo aprenderá.
Pero si la gente cambiase, la que escribió aprendería; por lo tanto también habría cambiado. Por lo tanto, se puede afirmar que la gente cambia.
He aquí un pequeño dilema, o una simple mentira. Uno aprende lo que quiere.

domingo, 22 de julio de 2012

T.O.C. II


Camina desnudando al misterio, dejándolo como una pareja sorprendida en plena acción romántica bajo un puente por una manada de turista. Cualquiera adivina qué está haciendo. Camina eludiendo las líneas de las baldosas. Por loco, por loquito. Le pasan las señoras a su lado y lo miran raro, le miran los pies machucados de bailarina de asfalto que se desforman y amoldan a un trayecto poco claro que se improvisa paso tras paso.
Hasta aquí la versión oficial, la que se presenta en las tapas de los diarios que la gente lee para evitar poner atención al mundo, para convencerse de que la realidad es una partecita, es el té sin el saquito que se seca al costado. Aquellas que ignoran la labor de Rolando, o en su defecto, lo tildan de loquito. Rolando evita las líneas de las baldosas porque supone reacciones terribles si acaso él las tocara.
Rolando cree que a cada línea de baldosa que toca una peca deja de alunar una cara, un bichito de luz apaga su culo, las enredaderas se ponen lisas, las metáforas se escriben con signos de pregunta, un poeta se vuelve político, o un economista utiliza la ley de la oferta y la demanda para explicar la pobreza.
Este mundo está sostenido por pequeñas acciones, pequeñas manías, pequeños sueños, de tipos que pasan desapercibidos o que muchos tildan de gente rara. Incluso de aquellos que cuentan las palabras de este texto, y si es un número par, suspiran aliviados…

lunes, 16 de julio de 2012

T.O.C.


Todas las mañanas Rolando prende la radio, toma mate y mira por la ventana. Entre cebada y cebada mueve la bombilla. La da vuelta para hacer durar la yerba. En realidad lo hace para seguirse el juego.
El juego que realiza es el siguiente; calcula a ojo la cantidad de agua que pone en el termo para que la cantidad exacta de mates sean dieciocho. Ni uno más ni uno menos. Por lo general gana, pero a veces se queda corto y otras se pasa. Algunos días se enoja con lo que escucha en la radio, se desconcentra y rebalsa varias cebadas, haciendo peligrar la legalidad del juego. Cuando termina, sin importar el triunfo o la derrota, hincha sus pulmones de aire y luego suelta un suspiro fuerte que se transforma en un soplido, en un huracán bebé verdoso y húmedo.
Rolando cree que ese huracán bebé sigue su rumbo y es lo que hace girar el mundo. Luego se marcha, se pierde entre el resto de la gente que ignora su labor y lo empuja en el subte o le pide un moneda. 

sábado, 14 de julio de 2012

Las canas.


Todavía no peino canas pero, a veces, el espejo me devuelve una y yo me pongo un poco romanticón (como la mirada de la Condesa d`Haussonville) y las pienso que son como recuerdo por cada uno de los labios de señorita que maleducadamente me dijo que ¡no! ¡no! ¡no! E incluso me amenazó de muerte genital si no quitaba mis labios de ahí. Y yo aquí, tan sin ellas que nunca  pude dedicarles un ¡gracias! Para qué quisiera yo una señorita que me ande diciendo que saque los labios de aquí o de allá, no logro entenderme, como tampoco logró entender para qué quisiera yo una cana como recordatorio. Y entonces, la arrancó con fuerza, tirando seco, sabiendo que luego volverá, como vuelven los recuerdos de las mujeres. De las malas, porque las buenas uno las olvida rápido. Mi abuelo decía: La donna è come un coltello, y a pesar de que tuve que recurrir a un diccionario italiano-castellano, es cierto;  si sirve, te corta y te deja una marca, una cicatriz, y si no sirve, no te deja nada.

Nota: Repasando post antiguos encontré este pequeño texto que formaba parte de un texto largo. Me gustó y lo recorté. Creo que voy a hacerlo más seguido, bajo la etiqueta de "Una vez escribí esto".

lunes, 9 de julio de 2012

Alicia, los balcones, las ventanas y los pájaros. Desarrollo colombínico.


Alicia, asomada a la ventana, se cree parte. Se descubre en los valles escondidos. Ve sombras cuando el sol está marcando el mediodía, flores en las hojas otoñadas de los sauces, y resabios marrones y aplastados en las flores del jacarandá. La acusarán de neutra, de incapaz de tomar posiciones.
El mundo funciona así; dando vueltas para centrifugarte, confundirte y dejarte de un lado o del otro. Y uno tan inocente, tan niño, que cree que ha elegido, y lo único digno que puede hacer es defenderse.
Alicia se asoma y ve pájaros. Pájaros en los cables, en los árboles. Callados. Amordazados. Nada más triste que un pájaro amordazado. Los pájaros fueron los primeros músicos de este mundo cuando todavía la música era la simple combinación de sonidos y no la amalgama de fragmentos pasados que luego confundimos con tanta onomatopeya, con tanta industria, que nos convencieron de otra cosa.
Pensá con música Alicia. Pensá. No te limites a las palabras o las imágenes. Hubo tiempos de pájaros más vivaces, más alegres. Hoy andan con la rabia agarrotada, tiempos de pájaros guerreros. Hoy es tiempo de pájaros que cantan bajo, pero cantan.
Sospecho actitudes crípticas, terroristas y simbólicas. Sospecho que los pájaros están interpretando una sinfonía, cada cual por su lado, solo falta aquel que las dirija, que las haga sonar al unísono.
Y sin embargo, Alicia se apoya en la ventana con un tanto de miedo. Miedo a que la música se acabe. Hoy más que nunca: no escuches a tus miedos, Alicia, escucha a los pájaros.
Ellos no solo cantan, también hablan. La dinámica del chisme. ¿Te lo contó un pájarito? Al fin y al cabo, un chisme es un recuerdo hecho historia, hecho cuento, literatura mundana.
¿Necesita este mundo más personas que interpreten a los pajaritos? ¿O solo menos gente que los utilicen como escudos? Lo que cuento también forma parte del recuerdo, en algún lado, en cierto tiempo. No he decidido si hacer cargo a los pájaros es cobardía, o forma parte de una estrategia de ahorcar un realismo que solo termina entristeciéndonos frente a un ventana cerrada un día de invierno con el frío queriéndose meter por las hendijas.
Entregarse al realismo es dejar rengo al niño que empuja dentro, al que imagina, al que descree de algunas cosas y da fuerzas para creer en otras.
Estás loca Alicia, los pajaritos te hablan. Si algunos escuchasen lo que te dicen, les dirían locos a ellos. Pero lo cierto es que te suena muy coherente. Tan coherente que preferirías el silencio para que no te señalen con el dedo y te persigan. El silencio es lo único que nos defiende cuando nos obligan a decir aquello que se contradice con lo que pensamos.
Alicia comprende: Necesitamos balcones, o al menos ventanas, para ser parte, para asomarnos, pero sobretodo para que la brisa nos cachetee suave en la cara y nos sintamos pájaros. Un balcón es un simulador de pájaro.

viernes, 29 de junio de 2012

Alicia, los balcones, las ventanas y los pájaros. Preliminar.

Al mirar por la ventana se ve un poco el mundo. De igual forma por un balcón francés, cuyo nombre debiera parecernos un chiste.


Subjetividad, Alicia; solo ojos aburridos verían lo mismo una y otra vez. Abrí los ojos, como se abren los frascos; con fuerza o incluso forzándolos. Golpeate la córnea contra el borde de una mesa, o hace fuerza contra tus párpados envolviendo un repasador en tu mano.
La belleza es una manifestación de subjetividad, Alicia. Las ramas de los árboles que tapan el cielo, te bellacean los ojos. Nos bellacean a los dos. Ve belleza. Bebe belleza. Forza al mundo, agarralo del asa. Achina los ojos neutros, y miralo a lo oriental. Meditación transcendental. Mirar más allá del discurso, transponerse de tal forma que las palabras no funcionen como un obstáculo, o una restricción para el pensamiento.
No es lo mismo un balcón que una ventana. Y un balcón francés termina siendo una ventana hasta el piso. Un disfraz (lindo, muy lindo), para los que nos empobrecimos mirando las estrellas, porque lo bello es como el crimen, no paga.
Una ventana es para mirar al mundo. Un balcón es para invadirlo, ser parte sin compromiso. Y un balcón francés es la mentira que nos atormenta. Porque tenemos el remedio, pero nos quedamos leyendo el prospecto, debatiéndonos entre el asome y la invasión.
Alicia se asoma a la ventana; porque asomarnos por la ventana es lo que le da sentido a la misma. Una ventana es inútil sin nadie que se asome. No hay ningún riesgo en asomarse por una ventana. ¿O no?

viernes, 22 de junio de 2012

Alicia y las preguntas.


Habrá otras soluciones pensó Alicia, agazapada en la cama. Habrá otros mundos, otras canciones, pájaros que vuelan de otra forma.
Pero se aburría, y miraba el techo. Se preguntaba cosas luego.
¿Qué harán los techos cuando se aburren? ¿Miraran personas?
¿Habrá estrellas paranoicas que se sienten perseguidas por los soñadores?
¿La luna escribe poemas sobre poetas?
¿Es posible que un día se acaben las distintas combinaciones de sílabas que componen el universo de los sonetos? ¿Nos encontraremos ahí en el fin poético del Universo? ¿O haremos trampas inventando letras nuevas?
¿Cuándo alguien hace un truco de magia, llora un defensor del realismo?
¿Decir “sentimientos encontrados”, es lo mismo que “encontrar sentimientos”?
Las preguntas cuelgan del techo. Alicia: Vivir es algo que sucede. Un hecho involuntario, si uno no pone atención.

viernes, 15 de junio de 2012

Los hilos.

La luna se nos parece, che. Mitad tan clara, mitad oscura. Pensás en la luna  y en verdad no podés pensar en ningún color, porque hay un color que es color luna.
No me digas que es gris, porque no veo diferencias entre eso y clavarme un cuchillo en la espalda. Decime plateada, a lo sumo. Y sí, al final, es más fácil ser que parecer.
En fondo nos gustaría ser lunosos, y no lunáticos. Pero es lo más cercano que podemos estar. Pero nos contagiamos de esto que nos rodea, que nos dice que tenemos que aceptar que el tiempo le pertenece a los relojes.
Al final, solo nos queda un album de instantes fijos. Y lo único que podemos hacer es condensarlos, imagen a imagen, y unirlos con un hilito. ¿Sabés que es eso? Eso es literatura, pero también es recuerdo, es melancolía, es poesía, es aprender. ¿Donde está la diferencia? La diferencia está en ese hilo.
Eso, también, es la vida de los otros. Fragmentos de fotografías. Unidas por hilos. Imposible asimilar el verbo sino a través de fragmentos. Si no fuese por esos fragmentos, todo sería un realismo absurdo, destructivo.
¡Ay Mondrian!  El arte se volverá innecesario cuando estemos en lo real absoluto. Porque la creación siempre está ligada al ejercicio de pensar y, sobretodo, al ver que la luna se nos parece. Nada tiene que ver con lo absoluto. 
Donde habita lo real, no hay lugar para la magia. Yo sueño esos hilos. Salivosos, transparentes, invisibles, azules, verdosos, trenzados. Imaginarlos, sentirlos, transpirarlos. Anhelo esos hilos con la total perdida de solemnidad. Y que seamos así; enamorados de la luna, como los toros, abandónicos.
Hoy, que el mundo está sostenido por tus hilos, tengo un miedo lunoso, hermosamente lunoso, pero plural, muy plural.

jueves, 7 de junio de 2012

Res, non verba.



Y aquello de pensarlos amantes era tan raro como llamar músicos a quienes armaban cajitas musicales. Pero no importaba, porque los títulos no importaban, había que darle importancia a los verbos, a las acciones, no a los sustantivos o a los adjetivos. Res, non verba.

miércoles, 6 de junio de 2012

Invocación del sueño XI


Imposible dormir. Buenos Aires tampoco lo hacía, siempre estaba con sus ojos de faroles, de luces de calle, de hombres revolviendo basura y jóvenes gritando que el mundo sería siempre igual, que no habría lugar para un suspiro revolucionario o un golpecito de corazón que intentase cambiar el color del cielo. Pensando que era correcto que el cielo no fuese siempre celeste, que a veces debía ser gris. Como si hubiese un principio o reglamento de fundación de una ciudad moderna que le expropiaba la capacidad del azul del cielo. Nos conformábamos con el cielo de noche, cuando era imposible determinar el color del cielo, al menos en esos días que la luna, caprichosa y celosa, se mostraba poco para tener prestigio.

sábado, 2 de junio de 2012

Cielo.


El cielo es el punto más cercano entre dos lugares. Creo. Supongo. Sugiero. Escribo para jugar (como siempre, sin palabra no hay juego).
Quisiera decirte que mires el cielo, que es nuestro punto en común. Vos ahí, tan lejos, por la propia decisión tuya de estar así: lejos
Quise pensar que el cielo es igual es todos lados…y ahora no lo sé. No sé si el cielo es igual en todos lados. Sospecho que sí. Le habría sugerido a Dios que así lo fuera, si hubiese tenido la oportunidad.
Habría agregado algunas sugerencias más y un puñado (pequeño, tan pequeño que apenas quepa en una uña de bebé) de imposiciones. Al final de cuentas, la vida es una fuente de opresión pero también de poder de negociación para nosotros, los que nos disponemos a hacer uso y, de cuando en cuando, abuso. Dios fue el primer burgués del mundo. Sabía Él, sin nosotros no hay mundo, pero nuestros sindicalistas suelen ser tan idiotas y corruptos. Sin embargo, nosotros, el hombreletariado, le ponemos el hombro. Vivimos sin exigir, pensando que solo cuesta eso: vida.
Tal vez un día nos organicemos en serio. ¡Enseriamente! Piquetes celestiales, ofrendas a reglamento, huelga de rezos caídos. Yo le hubiese llevado la escalera a Machado para quitar los clavos.
El cielo es el mismo, me convenzo. Para todos, en todos lados. Lo que es distinto es el ojo. Teoría de las nubes filtrantes. Vaso medio lleno, vaso medio vacío. No importa el vaso, me importa el contenido. Me gustan los vasos con whisky, no con agua.
Wilde decía que todos estamos en el arroyo pero que solo algunos miramos las estrellas. ¡Qué lindo sería que mirásemos las estrellas! Aunque sea así, uno tan lejos del otro.
Sospecho que a este mundo lo controlan los colectiveros, los peajes, los ferroviarios y las empresas aeronáuticas, que nos ponen trabas para que estemos uno al lado del otro.
Estamos cerca, a pesar de todo. Nos une este cielo, a veces celeste, a veces negro plateado. Miralo, mirame, mirémonos…(linda).

domingo, 27 de mayo de 2012

Los balcones.


Adorar los balcones. Adorarlos por el viento que sopla en nuestra cara. Se les ha escapado a los religiosos, a las constituyentes. No se ha leído acerca de ellos, nadie ha hecho canciones, refranes o poemas.
Adorarlos por su masa de cemento, madera y hierro. Adorarlos porque son el preludio del vacío. Un elogio al equilibrio. La paz en los balcones, los balcones de paz. Pararse. Tomarse un minuto.
Habrá un tiempo arriesgado, de todo o nada, donde abandonaremos los cordones, y el equilibrio será ahí, en los balcones, con el riesgo de una caída al vacío. Madurar tiene sus riesgos, linda. Esto se decirnos niños nos cae tan simpático que nos hace sonreír, pero es insostenible.
Hay balcones por todos lados en esta ciudad. Puntos panorámicos.  Vaya a saber usted, vaya comprender si formamos parte. Sonría, nunca sabe quién puede estar observándolo.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Como Dios manda.


En la esquina de Medrano y Rivadavia hay un bar. Yo estoy ahí, mirando. Como se mira el tiempo: sin observar el reloj. Y los veo, porque mirarlos es mirar la hora, lo que sucede, el pulso de la vereda, la el nudo de la calle.
Son dos. Se miran y se besan. Son besos sin trampa, con principio de vuelo bajo para luego elevarse, andar por el aire calmo, liviano y lento.
Confundidos, complotados. No puedo apreciar donde termina ella, donde empieza él. Se mienten cosas tan lindas que podrían hacerse verdad.
Como Dios manda. Ellos se besan como Dios manda.
Yo no sé si Dios así lo manda, no he tenido ninguna epifanía acerca de esto. Tal vez, Él prefiere quedarse al costado, como casi siempre parece. Pero ni mierda, si Él manda hacer cosas así, pues tal vez deberíamos ir a tomar un café o un whisky algún día. Sospecho que podemos hacer grandes negocios.

lunes, 21 de mayo de 2012

Rabioso.

A veces ando así, un poquito rabioso,
defiendo cosas que nadie defiende,
escribo cosas que nadie lee, y no importa.
Me gustaría cambiar el mundo, sí,
pero me conformo con mucho menos,
me conformo con no arruinarlo tanto.



lunes, 14 de mayo de 2012

No pensarla.


No le pienso, compréndalo.
¿Para qué? ¿Para descubrirle los ojos como almendras a usted también? ¿Incluso a pesar de que se cortaría su brazo izquierdo antes de probar una? ¿Qué quiere? ¿Quiere que comprenda que carga estrellitas en el pie? ¿Qué le sulfura la miel y el vino por las yemas de las manos?
Sí, lo sé. Conozco a qué saben sus labios, estaba con usted cuando los probé. No lo olvide. Pero no pienso en ello, tampoco. ¿Qué quiere que comprenda? ¿Qué hay que besarla en puntas de pies para evitar que los dragones se despierten? ¿Qué hay que invitarla con la cadera tenue e inocente para que se deje llevar? ¿Qué debería prestar atención al hecho de maltratarle los breteles?
¿Usted sospecha acaso, lo mismo que yo? ¿Sospecha que esto que puede pasarnos es absurdo, vulgar, frágil, repetido y cursi? No pretendo la inmortalidad, incluso sospecho de sus intenciones (las de la inmortalidad), pero le temo a las historias vulgares, las que podría leer en una revista de peluquería.
Le he mentido, no sospecho aquello. He notado las notas, los do re mi que le salen de los párpados cuando pestanea. Por eso no le pienso. Porque las he visto sonar con tanta simpleza que me ha parecido natural, y por lo tanto no me ha despertado sorpresa. Escuché como engola la cornea y canta impostando la voz desde nervio óptico. La voz del ojo nunca desafina. ¿Con qué tipo de sentimiento pretende que ande por el mundo luego de esto?
No le pienso. Compréndalo. Sé que carga pecas en el pecho, en la espalda pero no en la cara. Y no me escudo en ninguna regla ni excepción que sugiera no pensar a este tipo de mujeres. No estoy atento a las leyes de la cognición, mesurada o no, por lo tanto desconozco si debería ser destinatario de algún castigo. Desconozco si al no pensarla usted deja de existir, y solo es capaz de andar en vida al primer momento que le dedico una neurona. Así ando por el mundo, obviando el cogito ergo sum.
No le pienso. Ni siquiera lo intento, no me hace falta, ya la he comprendido con los ojos apenas la observé, no necesito dedicarle ni siquiera un instante de parloteo entre neurona y neurona…
No le pienso, y agradezca. No vaya a ser cosa que un día de estos me encuentre pensándola tanto que termine por ponerme incómodamente enamorado…usted me entiende…no me haga decirlo. Nos desconocemos lo bastante bien como para comprender que sería inevitablemente encantador, pero también desnivelado e inconfortable.
Asumo que hay una excesiva metafísica en esto de no pensarla.

jueves, 10 de mayo de 2012

Vacío.


A veces me pasa.
A veces me quiero tonto. No me quiero. Me olvido. De Galeano, de Sartre, de Cortazar, de Zola, de Bioy Casares, de Beckett, de Saramago, de Hesse, de Tenessee Williams, de Wilde.
A veces me pasa. Ahí me siento vacío, y nada. Sí, nada. Al tiempo me entusiasmo. Y pienso con qué demonios me voy a volver a llenar; para volver a sentirme tan vivo que me vengan ganas de cosas raras, revolucionarias, como enamorarme.
A veces pasa que me revoluciono. Me enamoro. Me pongo rabioso, y me ocupo de las flores, defiendo a las hormigas, me dedico a seducir a las cerezas y salgo a la calle a tirarle papel picado a las señoritas de rulos. Pero luego se me pasa, me vacío, me olvido, me aburro.
Entonces las hormigas, las flores, las cerezas y las señoritas de rulos me resultan insípidas y en blanco y negro. Hasta que aparece; la letra sumada a la otra y a la otra.
Vivir; termina siendo eso, ir vaciándose de a poco, goteando, ir desinflándose, con la única obligación de volver a llenarse luego. Suelo dudar que vivir sea eso, pero me es ¡irrenunciable! 

lunes, 7 de mayo de 2012

Marcas.

He estado borracho. Muchas veces, pero casi nunca he sido un borracho escandaloso. Lo digo para desligarme de algún manto de irresponsabilidad. Utilizo ahora, esta técnica de decir algo chocante para luego alivianarlo, pero con la duda de si estar borracho es escandaloso y la certeza de que no me importa demasiado ni quiero aparentar ser un rebelde.
No he utilizado al alcohol como fuente de coraje. Borracho he seguido siendo el mismo tonto, con la misma inteligencia, solo que más lento, más parsimonioso. Definitivamente más alegre, y un tanto menos melancólico.
Pasa que tengo marcas, vos me entendés porque también las tenés. Algunas la ves, otras no. Mirame, mirate. Somos marcas. Las que hemos hecho y las que cargamos. Las invisibles y las que no queremos ver.
Me veo el pie izquierdo, y tengo una marca. Yo he aprendido que lo que espero de esta vida, es poder contar historias. Dejame contarte, entonces, de esta marca.
Borracho, caminando por La Pedrera en Uruguay en pleno carnaval tuve otra vez la necesidad de ir al baño. Algunos entenderán. La borrachera y la necesidad de orinar van de la mano. Independientemente de lo que uno tome.
Yo siempre he festejado los carnavales. El problema es que casi siempre los he festejado en soledad, o en forma íntima. Excepto esa vez. Si usted conoce los carnavales uruguayos, me entenderá.
La Pedrera rebalsaba de gente. Alegre. Borracha. Feliz. Gente disfrazada. Máscaras capaces de burlar o seducir al Dios Momo. Si usted lector me hubiese visto. No me creería capaz de tanta, tanta felicidad.
La necesidad de orinar me hizo alejarme de las amigas con quien estaba. Siempre he pensado que este acto es un hecho íntimo. Y debe respetarse la intimidad en estos casos. Más aún si nos distancia la diferencia de géneros.
Pero claro, aún cuando me declaró un borracho no escandaloso, no puedo desligarme de la torpeza que afecta a mis actos, la cerveza, el whisky, el ron y el fernet.
Me alejé de ellas, me alejé de la gente. Con tanta vergüenza, con tanto civismo, que no caí en cuenta que un borracho no es capaz de mantener equilibrio y orinar al mismo tiempo. No fue buena elección orinar sobre una zanja, manteniendo mis pies separados, en equilibrio inestable, y me fui al demonio, me caí sobre la zanja y me lastimé el dedo gordo del pie izquierdo.
Sangre. Sí, claro. La sangre me indicó que era bastante pelotudo. La ley del carnaval nos indica que no andemos presos en las patas. Razón suficiente para andar en ojotas. Leiv motiv de mi herida. Sangre.
Vaya a saber uno donde metí exactamente la pata. Lo único objetivamente cierto era que ese dedo chorreaba sangre. ¿Y entonces? Entonces me fui a buscar a mis amigas.
Borrachas. Ellas también estaban borrachas. Y yo por culpa del alcohol, no supe si era tímido o extrovertido, pero les conté lo sucedido.
Borracha, ella, que tomaba cerveza en un vaso de plástico, y se confundió porque la llamaban doctora y me tiró cerveza, para limpiarme la herida, para que corra la sangre, para desinfectarla. La llamaban doctora porque era abogada. Pero fue poética. ¡Al estilo Bukowski! ¿Acaso existe otra forma de curar las heridas que no sea con cerveza?
Ustedes no entienden, porque solo son lectores. Grado menor en esta historia. Ustedes son pasivos. Sí…ella era tan linda, ustedes se hubiesen dejado echar alcohol fino en una fractura expuesta.
Me veo el pie izquierdo y veo marcas, recuerdos de carnaval. Sonrió entonces, porque aquella vez también sonreí y no siento razones para no hacerlo ahora mismo…claro que dolió. Claro que duele, aún, como el resto de las cosas lindas que se han terminado. Lo importante es no escandalizarse. Ni siquiera por el alcohol.
Espero algunas borracheras más. No las planeo con demasiados instructivos o reglamentos, desconociendo si me encontrarán en solitario o acompañado. Desconociendo su grado de escándalo. Sospechando que alguna me encontrará con el vaso apoyado sobre mi frente. Deseando que los hielos le den la temperatura justa al Jack Daniels y hagan más amable su gusto. Leí por algún lado que los pueblos bárbaros beben sus cereales, que los nobles beben sus frutas. Pues la solución será buscar el equilibrio entre la civilización y la barbarie.
Sospecho que lo único que puedo esperar de ellas son marcas. Escandalosas, o invisibles. Sospechosas, incomodas de explicar. Despertar con la cabeza hinchada, las muelas ardiendo, las manos vacías y un inventario de lugares huecos. Pensando que lo único que nos lastima es el hielo de los tragos. Y sonreír, estúpidamente.
Lo que resta es la negociación entre la psinapsis y el hígado. La confrontación del deber y querer, de la razón y el corazón. Andar borracho es andar un tanto desnudo, traspasar muros, hacerse inmutable, inmune, de creerse inmortal, aún a cuesta de envenenarse un poco. Andemos borrachos entonces, cargando el perfecto equilibrio entre una actitud bélica y pacífica. 
Me miro las manos, los pies. Me miro la cabeza y veo marcas. Ellas dejan marcas. Es así. Innegociable. C`est la vie.

martes, 1 de mayo de 2012

Usted trabaje, y le aviso.


Ojo, ojito, que el trabajo no dignifica por sí mismo.
Lo que dignifica es realizar una tarea que te desafíe, que te estimule, intelectualmente, físicamente. Que te motive. Que te ahogue las ganas de martillar el despertador, y termines acariciándolo como si fuese una señorita pecosa. Que te haga un mejor ciudadano.
Lo que dignifica es amar al trabajo. Elegir porque uno lo ama, y no amarlo porque uno lo eligió.
Lo que dignifica es, incluso a pesar de que no te guste, que te de la satisfacción de poder mantener económicamente a los tuyos.
Lo que dignifica es poder no darle a cada uno el valor de su salario.
Lo que dignifica es aprender a respetar el trabajo ajeno, y no vivir mirando cuando dinero ganan los demás.
Lo que dignifica es no trabajar como una mula, abstraída de todo lo que pasa alrededor. Entender que hacés, para quien, y que representa en el mundo.
Lo que dignifica es respetar la capacidad de los que se prepararon pero también la de los que no lo hicieron. (El hombre es lo que hace con lo pudo y quiso aprender de lo que le quisieron enseñarle. Pensá que nuestro sistema de educación, gratuito y pagado entre todos, educó a Favaloro, pero también a Videla).
Te hablaría de pasión, pero es una palabra peligrosa, porque la he visto en las manos y en los ojos de gente que nos ven como números, que se dedican a estafarnos, a psicopatearnos con la intención de vendernos algo, que se satisfacen solo por el dinero. (Pensá, ¡pensá! Los directivos de TBA estuvieron dispuestos a gastar menos plata en mantener los trenes, solo para que la empresa gane más, con la sola excusa de que nadie los controlaba…pensar que en estos tiempos está de moda la responsabilidad social empresaria).
Feliz día, a los que hacen de su jornada de trabajo, ya sea con su intelecto o con su físico, algo que no sea infame, a los que hemos caído en una trampa y nos damos cuenta que la única forma de vencerla es trabajar por la gloria y no por el dinero.
Al resto, a los que se dedican a ver a los otros como números, o como mercados potenciales, o amenazas, que te guían hacia un sistema de eficiencia donde lo único importante es la ganancia, no, ni mierda… primero aprenderemos a dignarnos por lo bueno, luego nos indignaremos con lo malo.


Nota al pie: Mucho mejor leer las palabras del sudaca renegau. 

Hay que elegir.

Cuando era chico, cambie mil veces de equipo de fútbol. Al principio era de San Lorenzo, por estímulo de mi padrino. Todavía tengo una camiseta de aquella época, diminuta y hermosa. Roja y azul con la marca de las tres tiras. Y después empecé a cambiar de cuadro como de remera durante un período de tres o cuatros años. De Boca a River, de River a Racing, de Racing a Independiente, de Independiente a Boca, y así. Mutando por motivos absurdos, como partidos perdidos o jugadores que parecían más o menos simpáticos.
¡El descubrimiento del horror! ¡El niño que cambia de cuadro como de calzoncillo merece la muerte en la hoguera! No es algo que me ha marcado, con el tiempo me hice hincha de algún cuadro, lo mantuve, y he ido a la cancha, pero lo abandone. Mitad desilusionado y mitad aburrido por la postura que debe tomar un hincha de fútbol. Me gustan los chistes, y disfruto del humor negro. Pero cuando los chistes se tornan en serio y el humor negro pasa a ser realidad negra, dejo de sentirme a gusto.
Porque tu identidad, depende de lo que elijas. Sí, puede ser. Se ve. No es lo mismo quién eligió a los Stones que a los Beatles, ni el color rojo al color azul. Porque, a pesar de todo, todavía existe quien es ama porque elige y no al revés.
A la edad, mal que mal, cuando uno siente que empieza a ser hombre, no por la simple disposición de pelos toscos, gruesos y negros en los lugares más o menos esperados, sino por la simple imposición del mundo de empezar a dejarte a tu propia suerte; uno ya lleva varias elecciones, inconcientes,  o concientes. Las pequeñas batallas. Y aquella adrenalina de poder elegir, aunque con la presencia panóptica de los padres, se vuelve esencia de vida.
Y con el tiempo uno se da cuenta que es libre de elegir cada día más. Incluso puede elegir entre una patada en el culo o un bostezo en la frente. Y ambas, tendrán el mismo efecto, o parecido. Y duelen lo mismo. Y lo digo recordando las veces que se me han bostezado en la cara, con el gesto apático y la mirada tratando de perderse en lo primero que pase. Aprendí, entonces, a hablar lo justo y necesario. Y no dedicarle energías a los bostezantes.
Y hay que elegir, como si fuese una ruleta, y uno tendría que hacer una apuesta. Porque este azar, esta aletoriedad de los caminos trazados, que te da la tranquilidad de no poder encontrar la causa de de los hechos que te llevaron hasta ese punto.
Tal vez eso sea el azar, la imposibilidad de predecir, la dificultad de explicar. El azar da calma. Libra de culpas, es mucho más fácil pensar que no existen causas que expliquen los caminos. Para desligarnos, para transformarnos en objetos.
Y yo, tal vez, hasta aquí lo acepto, como acepto que un político puede ser eficiente y corrupto, de mala gana, muy mala gana, pero ¿sabés cuando me siento un completo idiota? Cuando tengo que elegir entre Paul, John, Ringo o George.
Y seguro habrá suelto algún clasificador dispuesto a etiquetarte de acuerdo a tu elección. Y los que se sienten diferentes, eligen a George. Tal vez, no tan convencidos, simplemente, porque sienten la necesidad de sentirse diferentes. Cuando me pasa eso, cuando quiero sentirme diferente, simplemente, salgo y le sonrió a cualquier persona que me cruzó. Eso es revolución.
Yo hubiese elegido a Paul, estoy casi seguro. Por Eleanor Rigby, o Dig a pony, o The long and widing road. Aunque por momentos, no estoy tan convencido, porque esa idiotez que me crece dentro, que me lleva siempre a tender querer defender a los más indefensos, me hubiese visto obligado a elegir a Ringo.
Hoy pienso que elegir uno de aquellos cuatro es tan idiota como elegir entre un balazo en el corazón o en la sien, porque, librándome de cualquier interpretación poética, ambas te matan. Y aquí, es lo mismo. Lo bello, es bello, justamente por eso, por bello, no se elige. Es como tratar de definir objtivamente el color azul o el color rojo. Es imposible. Al menos, sin aburrirse con las longitudes de onda y la refractancia de la luz. Porque no quiero vivir en un mundo donde existan campeonatos para todos. Porque tengo miedo de elegir a John y que un fan de George me diga que no entiendo nada. ¡Cómo si hubiese algo que entender! ¡Yo no quisiera entender nada más que lo mínimo y necesario! ¡Mientras menos entienda mejor! Y lo mejor que me puede pasar es poner un disco de los Beatles, y que sea aleatorio, como la distribución de pecas en una cara. Yo quisiera disfrutar de lo bello, del arte, sin la obligación de decir mejores o peores, ni buenos ni malo. Simple.
A veces lo intento, sí, a veces, quiero definir el color azúl, y ahí, yo me suelo acordar de los ojos de María. Y así, me es fácil porque, ¿qué sería de la poesía con la prohibición de la comparación? Y aún así, si a algo le escapo es la multiplicidad de ejemplos para definir algo.
Hoy estoy crecido. Y puede que los que pueden elegir entre Paul, John, George y Ringo estén en problemas. ¿Habrá una trampa al final de todo esto? ¿Una que no nos permita ver que elegir no siempre tiene que ver con la libertad? Porque todos hablamos de libertad, y nadie puede explicar qué quiere decir. Y me asusta que un iluminado se limite a agarrar el diccionario, se limite al tecnicismo. Cuando se habla de tecnicismo, no se habla de sentido común. Basta ver a los abogados defendiendo a los asesinos. ¡Tecnicismos! El hueco entre ladrillo y ladrillo, el que te deja pasar de un lado hacia el otro.
Yo no elegí dejarme invadir por ese mirar mirar mirar mirar a María e inventar un idioma nuevo, uno que intentaba imitar, de alguna forma, más no ser cacofónicamente al castellano. Donde “Zo mamediado gella” tuviese algún sentido.
Yo no elegí que María no entendiese ni una puta palabra de aquel idioma ni pudiese adivinar que carajo quería decir con eso de “Zo mamediado gella”.
Yo no elegí que otros ojos, tan azules como los de María, simplemente me produjesen un: no-mirar-no-mirar-no-mirar.
Yo no elegí que aburran los diccionarios y su línea recta que dice que esto es esto y aquello y aquello. La muerte de la imaginación.
Yo no elegí este puñado de pecas que me representan. Este inventario de manchas marrones que se dispersan, que son azarosas y únicas. No elegí vestirlas, ni sufrirlas, ni defenderlas. Ni elegí la causa común de los pecosos.
Yo no elegí dudar, vivir ardiendo en preguntas, saltando de peca en peca, como quien salta a un acantilado.
Yo no elegí la lluvia, la que me cala hasta los huesos cuando salgo, cuando algo me impulsa a la calle. O cuando la calle me expulsa.
Yo no elegí aquellas cosas, y sin embargo, soy tan libre como cualquiera. Tan libre como para tener que levantarme temprano y trabajar, y votar cada cuatro años, o decir que dos franjas celestes horizontales en un trozo de tela blanca con el dibujo de un sol en el centro me hace compatriota de cuarenta millones de personas. Pero es que aún, yo soy más libre que eso, porque yo me siento compatriota de todo aquel que tenga como objetivo ser buen tipo y se identifique con una bandera que diga que es importante ponerse en el lugar del otro y que crea que para ser justo, hay que darle a cada cual lo que corresponde. Me siento compatriota de todo aquel que defienda la idea de que somos lo que hacemos, de lo que quisieron enseñarnos y sobretodo de lo quisimos y pudimos aprender. Y que nos define lo que hacemos, pero somos chiquitos y por lo tanto lo que hacemos es diminuto, mínimo, pero hay que hacerlo bien, con amor. Amor al acto. Soy compatriota de los que aceptan que el pensamiento, los actos y las palabras no pueden coincidir siempre, pero lo intentan y cuando fracasan, lo vuelven a intentar, y si vuelven a fracasar, fracasan mejor. Porque por más que la quiera, la bandera, a la larga, no es más que un trozo de tela.
¿Qué me hablan de libertad, si apenas puedo con está terrible sensación, con este sin poder entender que es estar vivo, si María, sigue siendo tan María como siempre, como fue la primera vez que la vi?
Yo gritaría: ¡Libertad! Pero me estaría mintiendo. No somos tan libres, apenas estamos sueltos, y nuestra libertad se limita a elegir entre el tiro en la sien o en el pecho, cuando tenemos suerte y no somos víctima de uno por la espalda. Pero no es tan grave. No. Porque he descubierto que lo único que nos hace verdaderamente libres es amar. Sin limitarme al hecho seductor-copulativo-reproductor.
Ya estoy grande para creer que alguien me va a poner en una isla desierta, y aún así, en su último gesto de humanidad por este humilde y torpe trapecista, le permita elegir tres discos.
¿Y sí eso pasase? Pues elegiría tres discos, supongo, no soy necio. Pero descreo que en esa isla exista un tocadisco. Y mis días serían así, la terrible angustia de saber que tengo lo que elegí, pero no lo que necesito…que me falta algo…

Nota al pie: Hace unos días venía charlando en el auto con Bernabé, y me dijo: “La libertad no existe”, y yo agregué: “lo único que nos hace libres”, y terminamos al unísono, “es el amor”.  Como ya tenía estás palabras escritas, no pude pensar más que lo único que hice es darle oración al sentir común, no sé si de todo el mundo, pero sí al de mis compatriotas. Pues va dedicada a Bernabé entonces, y a los que descubrieron su gotita de libertad. Porque esto que puede leerse tan fatalista y melancólico, también puede ser todo lo contrario. Tiene usted la libertad de interpretarlo como quiera.

sábado, 21 de abril de 2012

Postludio a la canción de Alicia.

Cantan las ranas luego del agua y lo que le sorprende a la gente no es el canto de las ranas, digo, que las ranas canten, sino que lo hagan luego de la lluvia.
¿Quién no necesita de vez en cuando un temporal? Agua limpieza olvido recuerdo renovación encuentro cambio desorden orden transmutación sed.
Se fue la lluvia, y se va Alicia, a dar vueltas las tortugas que quedaron boca arriba, por más linda que sea, la lluvia siempre deja un desastre húmedo que hay que ordenar de alguna forma, en algún momento.
Canta Alicia: “Sobre la entrada de alerces, las huellas se marcan sin rumbo; es todo lo que necesito para seguir”.

lunes, 16 de abril de 2012

Canción de Alicia y la lluvia

pianissimo umido

Llueve que llueve. No hay nada malo en la lluvia. Lagrimitas del cielo. Lo malo es perdérsela, salir con un paraguas negro para cubrirse, sin la necesidad de ofrecerle a la lluvia un terreno cómodo como una madeja de pelos o un sweater.
Nadie pone atención a la cara de las nubes, cuando la lluvia cae sobre el piso. La lluvia necesita gente que la soporte. Una lluvia que cae sobre el piso es una lluvia que ha sido derrotada.
Lo mejor de la lluvia sucede cuando uno no anda preocupado por contar la cantidad de gotas, cuando no cae en reglas aburridas de analizar cuantas gotas son una lluvia. Cuando a uno ni se le cruza por la cabeza pensar que, por ejemplo, cien gotas no es una lluvia, pero basta con solo una gota adicional para que lo sea. Lo mejor sucede cuando, simplemente, uno se entrega a ella. Al mojar, mojarse, mojarnos, sin preocupar, preocuparse, preocuparnos por la posibilidad de resfrío o gripe. Lo que enferma no tiene que ver con la lluvia.
Lo mejor de la lluvia sucede cuando uno no intenta adivinar donde cae cada gota y la evade, todo lo contrario, sucede cuando uno se le anima a sentir la ropa pesada y estallar en risa cuando de pasada uno se observa en una vidriera y se ve despeinado. Cuando la lluvia desordena y desestructura los peinados coquetos que llevamos.
Lo mejor de la lluvia sucede cuando uno ya no recuerda las reglas para comportarse los días de lluvia, y se encuentra de golpe con las excepciones. Pero no aquellas vulgares, comunes, que confirman las reglas, sino las excepciones que las hacen dudar. Las excepciones que confunden a las reglas, las dejan patas para arriba, con un vacío existencial, y la certeza de deber reconfigurarse.
Y entre medio de tanta lluvia va Alicia, pensando   que no puede adivinar donde cae cada gota singular que analizadas en conjunto forman parte de la lluvia. Y lo más importante, es que no  relevante donde caen, sino formar parte del objetivo de la lluvia. Porque debe haber alguien que dirige las gotas. Un obrero obstinado, preciso y responsable que analiza donde descargar cada una de las gotas de lluvia.
Piensa Alicia: ¡Es lindo imaginar que detrás de lo aleatorio de las gotas, hay  alguien, tan vulgar y simple como uno, que establece donde debe caer cada gota!
Y si adivina el momento, Alicia se para, mira hacia el cielo, se acomoda el pelo, como puede, porque la lluvia achata los bucles, solo de momentos, para convertirlo luego en una madeja de rulos, de pelos apelmazados que se entrelazan y dan un volumen inesperado.
Y de repente, se le ha dado al cielo por resplandecer, por brillar alternativamente como preámbulo de un estruendo fuerte.
Y Alicia mira al cielo y sonríe, por las dudas. Porque piensa, que este terrible fogonazo no puede ser más que el mundo intentando sacar una fotografía. Y ella acepta salir despeinada y pero no con mala cara. Al fin y al cabo, una fotografía es la perpetuidad del presente. La unidad de tiempo más pequeña que existe.
La lluvia es para los que caminan sonriendo, aún sin paraguas, para los que cantan, cantan, cantan bajo ella, sin el miedo paralizante que las cuerdas vocales se humedezcan y se vuelvan una seda de silencio, un espasmo gutural sordo.
La lluvia es para Alicia.

domingo, 15 de abril de 2012

Preludio a la canción de Alicia y la lluvia.

Hay algo definitivamente malo en salir de tu casa con un paraguas sin lluvia. No puedo explicarlo con claridad. 
No quisiera limitarme a los casos de aquellos que creen en el pronóstico del tiempo como algo certero, ni a quienes son capaces de maldecir al Servicio Meteorológico Nacional ante la sucesión de pronósticos fallidos. A quienes entienden la Climatología como una ciencia que nos debe exactitud y certeza. Y aún así, no me permito bajo ningún motivo desconfiar, o creer que existen meteorólogos dispuestos a confundirnos, a tomarnos el pelo generando paranoia, decretando que estamos a minutos de una nevada feroz.
Sin demasiados fundamentos, me permito una ligera desconfianza hacia quienes planean sus días de acuerdo al pronóstico del tiempo. Hacia quienes no están dispuestos a salir a la calle, sin revisar y dar por cierto lo que la recopilación de datos establece como probabilidad. Incluso sin caer en la posibilidad de aquellos meteorólogos que, víctimas de un mal día, intentan burlarse de nosotros y enfurecernos de miedo ante la posibilidad de un granizo, una nevada o una tormenta eléctrica. Yo pienso que nos hace falta un temporal de cuando en cuando.
No emitiría opinión acerca de la incomodidad de andar cargando del brazo un paraguas de mango curvado en un transporte público, como si estuviésemos paseando a una dama del siglo pasado.
Los hombres con paraguas de mango curvado son misteriosos. Nunca se sabe bien, donde termina el hombre y donde empieza el paraguas. Y en el fondo, lo único que los obliga a cargar un paraguas es la necesidad de pasearse con un objeto fálico. La necesidad de una tercera pierna que les sirva de repuesto. Un hombre con paraguas, aumenta de estatura, casi tanto como uno con tiradores, o corbata, o un habano.
Quisiera evadir comentarios acerca de los que utilizan paraguas diminutos, que esconden entre caja toráxica y antebrazo. O de quienes utilizan paraguas de colores. No tengo opinión acerca de ellos. Tal vez lo hagan en un esfuerzo de colorear el mundo. Un hombre se define por su paraguas, o incluso por la falta del mismo.
Si fuese un poco más valiente, utilizaría un paraguas de un color bien chillón. Y en otra parte del mundo, cual espejo, alguien escribiría que desconfía de quien intenta corromper el orden del mundo utilizando un paraguas de color chillón. Porque es lógico que lo que me despierta antipatía o recelo sea defendido por otro. Será que el mundo funciona como espejo, y en algún lugar del mundo, tal vez en Asia, alguien escriba en contra de las pecas. Tal vez, nunca logremos ser, ni tan buenos, ni tan felices, ni tan malos, ni tan desgraciados. Vaya a saber uno, quizás este punto forma parte de algún contrato firmado por Dios y el Diablo.
Dentro de la complejidad de convenciones existentes, se dice que lo que en algunos lados es crisis, en otros es oportunidad. E incluso peor, que hay quienes generan crisis porque se ven beneficiados por esas circunstancias.
Entre la lluvia y el piso (en ese momento encuentro algo raro la frase “bajo la lluvia”) la mayoría somos paraguas. Somos la resistencia a la lluvia, peleando en forma abstraída uno del otro. Cada cual pelea con su paraguas, sin poner atención en el resto. Cada cual se arregla como puede. Un paraguas no se comparte, no al menos con un desconocido.
Así creemos, que esta pelea de paraguas contra la lluvia, en forma separada nos salva. Y lo extraño es que la lluvia se las arregla, se une al viento y cae desde arriba pero también de costado, inclinada, o incluso a veces de abajo.
A pesar de todo lo dicho, pienso que hay algo definitivamente malo en salir de tu casa con un paraguas sin lluvia, pero no puedo explicarlo con claridad.  

sábado, 14 de abril de 2012

Revista Periplo Abril.

La revista Periplo del mes de Abril se basa en lo "mínimo", pinchando en el enlace pueden leerla online


http://issuu.com/revistaperiplo/docs/abril_2012


Sino, desde el siguiente pueden leer la versión en PDF y bajársela a su disco.


http://www.revistaperiplo.com/numero%20XIV/ABRIL%202012b.pdf


Si buscan, encontrarán los dos textos que escribí especialmente para este número.

jueves, 12 de abril de 2012

Alicia y la luz.

La cuadra había pasado tres días sin luz.
Era tarde, muy tarde, pasada la medianoche y Alicia leía Verano y Humo de Tennesee Williams alumbrándose con una linterna. Y entre las voces de John y Alma, escuchó los gritos de alegría de sus vecinos.
-¡Volvió la luz!
Alicia se levantó y fue hasta la habitación de sus padres, encendió la luz y gritó con alegría.
-¡Volvió la luz!
Los padres se movieron lentamente, abrieron los ojos pegados de sueño y ante la luz eléctrica sonrieron.
-¡Ah! ¡Volvió la luz!...bueno…apagala y anda a dormir Alicia.
A veces el mundo no está dispuesto a festejar las pequeñas cosas.